No eran las peleas,
sino las reconciliaciones lo que hacía daño.
Pero yo las necesitaba, las necesitaba.
Debería empezar a sospechar de lo que es tan necesario:
puede ser crucial para la vida,
pero generalmente no es más que un engaño.
¿Era crucial para mi vida?
¿Pude vivir después de que todo hubiera acabado?
Sí,
pero todavía la estoy olvidando.
¿Alguna vez tu corazón ha llegado a olvidar
que debe seguir palpitando?
No lo sé, a veces noto
como si, desde que se fue ella, palpitara más despacio.
Ir más lento no es olvidar,
es recordar sin que el futuro haga daño.
El futuro ahora mismo
es lo único con lo que me siento a salvo.
Entonces es que viviste
cruelmente engañado.
Cada pelea te lo quería decir,
pero el problema de los gritos es que siempre quedan como los malos.
Y las reconciliaciones aprovechan
para seducirnos cogiéndonos entonces de la mano.
Y tú las necesitabas en ese momento, sí,
pero la vida es mucho más larga de lo que parece
cuando creemos que hemos acertado.
Lo suficiente para hacer comprender
por qué eran errores los aciertos del pasado,
por qué era mejor perder
cuando ganar era encerrarse en un triunfo sin resultado.
Ahora entiendo.
Por eso siempre acababa con heridas en las manos.
Hay caricias que no duelen
porque se camuflan tocando por otro lado
y para que no escuezan las cicatrices
es necesario que se sigan camuflando.
Hay que buscar entonces el amor
que sea perfecto sin ser necesario.

Anuncios

Dímelo otra vez, sí.
Me quieres, me quieres, me quieres.
No importa que diciéndomelo
me hayan engañado tantas veces.
Tú lo dices de una manera tan especial…
Podría ser mentira, pero sé que al menos mientras lo dices lo sientes.
Y yo ya me conformo con eso,
con las palabras que son verdad un segundo
aunque luego se desorienten.

Dímelo otra vez, sí.
Me gusta saber que hay al menos un segundo en que me quieres,
aunque luego se te olvide,
aunque luego nada sea lo que parece.
Pero contigo suena a verdad,
suena a que, aunque no lo digas, me quieres,
suena a que por fin he encontrado a la persona
a la que no tendría que insistir para que lo dijera tantas veces.

Pero dímelo otra vez.
Me quieres, me quieres, me quieres.
Que al menos esos segundos pueda sentir
que merece la pena que siga siendo fuerte.

Tal vez debería haber sabido mentirte.
¿Qué me habría costado decirte que podía esperar?
¿Por qué me entró tanta prisa de repente?
¿La última vez no había acabado tan mal?
No sé. Eras distinta.
Por primera vez al equivocarme no me entraban ganas de llorar.
Y además no me entró la prisa, me entraron ganas.
El tiempo y el deseo a veces se distinguen mal.
Tal vez me debería haber callado.
¿Tanto me costaba aguantar un poco más?
Pero es que era la primera vez que después de todo
me daba cuenta de lo que significaba decir te quiero de verdad.
Te lo tenía que decir. Las palabras se peleaban en mi boca
y no había ni un recuerdo que pudiera echarlas para atrás.
Bastante hice malgastando versos
para deshacerme de palabras demasiado bonitas que te pudieran asustar.
Tal vez debería haber sabido
que tú eras distinta, sí, pero que yo era el mismo que asustó a las demás
y que era probable que tú tampoco entendieras
lo que yo era capaz de imaginar tan pronto,
por mucho que esta vez fuera real

Tal vez me debería haber callado, sí,
pero no lo hice. Ya se sabe que yo lo hago todo fatal.
Pero quizá porque lo hago todo mal tú te quedaste.
Eras de las que no se asustan porque las quieran de más.
Eres de las que no temen que las quieran demasiado
porque siempre tienes dentro amor con el que contraatacar.
Y así no te asustaste cuando te dije tantas veces que te quería.
Solo dijiste que me guardara algún te quiero por lo que pudiera pasar.
No había prisa. Tú me hiciste comprenderlo
al enseñarme que lo que parecía prisa era en verdad inseguridad.
Y que si me pongo tan nervioso siempre al principio
es porque siempre me ha dado mucho miedo el final.
Pero contigo es distinto: contigo no hay principio,
porque no tiene principio lo que siempre ha sido real.

¿Por qué te da pena
no haber estado conmigo cuando estuve triste?
¿No te das cuenta de que ahora estás,
ahora que era más fácil que todo empezara a confundirse?

Sí, lo pasé muy mal.
Te habría abrazado como cuando uno aún cree que es evitable despedirse.
Mis lágrimas te habrían parecido granizo
de lo fuerte que lloré para entender lo que es morirse.
Pero no importa. Eso pasó.
Parece que fue suficiente con lo que hice.
Conseguí estirar la pena para que, aun durando más,
cada día fuera una dosis asumible.
Y cuando ya empezaba a ser demasiado larga,
cuando ya estaba harto y empezaba a arrepentirme,
cuando cada día era una prueba más de lo tonto que es vivir,
apareciste.

Por eso, que no te dé pena
no haber estado conmigo cuando estuve tan triste.
Tenía que superarlo yo solo
para que tú llegues ahora con fuerzas para revivirme.

Lo pasé mal, sí.
Te diría que fue terrible.
Pero que no te dé pena.
Quédate con que no hay nada imposible.
Quédate con que estás con la persona que te querrá para siempre
porque ni la muerte fue capaz de destruirle.

Deja un rato abierto, por favor,
que entre un poco de tiempo.
De vez en cuando hay que ventilar,
que los segundos enseguida huelen demasiado a recuerdos.
Y no está mal recordar,
pero es mejor hacerlo en un sitio abierto,
donde el aire no se mezcle
con lo que va llegando nuevo.

No, no cierres todavía.
Sí, soy joven, pero en mi cuarto los años pasaron más lentos.
Los que nos entusiasmamos con las cosas
tenemos el problema de crear demasiados recuerdos.

Ya se puede respirar mejor, ¿no crees?
Yo no me daba cuenta mientras estaba dentro.
En verdad fuiste tú la que lo notaste:
el aire de mi cuarto estaba un poco denso.

Sí, ya va haciendo un  poco de frío.
Tranquila, tú quédate ahí. Yo cierro.
Contigo a mi lado no se me olvidará
ventilar cada vez que me cueste moverme por el tiempo.

Y, cuando se vuelvan contra nosotros
los recuerdos que juntos vayamos construyendo,
saldremos fuera a respirar
para que en el aire parezca que son menos.
Así el futuro que nos quede por delante
siempre tendrá un aroma fresco.
Y así vivir será siempre avanzar juntos
aunque juntos poco a poco nos vayamos yendo.

Soy una decepción.
Quizá te imaginas que soy valiente,
que me enfrento de verdad a mis recuerdos
cada vez que escribo que los olvidé para siempre.
Pero soy una decepción.
Lo único que se me da bien es esconderme
y conseguir que no me encuentre nadie
a pesar de que todo el mundo en mis versos podría verme.

Soy una decepción.
Sigo dando abrazos demasiado fuertes.
No aprendo a perder.
Sigo sin creer en la muerte.
Léeme lo que quieras, pero no te ilusiones conmigo.
Yo no daré la vuelta al mundo para entenderme.
Yo soy una persona que escribe
justo a la hora en la que toca ser fuerte.
Por eso siempre tengo una excusa para escribir:
un día malo, una pena, un domingo, incluso una muerte.
Cualquier cosa con tal de hacerme el normal,
a pesar de sentir que así estoy decepcionando a la gente.

Pero ahora lo digo: soy una decepción. No te ilusiones.
Que no te engañe que algún verso mío parezca conocerte.
No te fíes de mí. Soy una decepción.
Escribo en futuro el pasado y en pasado el presente.

O quizá seamos todos una decepción
y es serlo lo que nos une a todos aun siendo diferentes.
Quizá lo que más te guste de mí
es que después de todo me asuste que puedas conocerme.

Invéntame.
No me pidas que sea como quieres.
Invéntame.
Hazme una creación tuya.
Que yo sepa cuándo quieres que haga algo,
que no lo intuya.
Invéntame.
Que todo sea por ti,
que nada haga que sufras.
Si ves que no puedo contentarte,
invéntame,
que por ti puedo desaparecer de nuevo
para que me descubras.

Me paso el día dando consejos a otros
y luego no soy capaz de dármelos a mí.
Y el primero que debería cuidarse soy yo,
soy el primero que debería darse cuenta de que no basta con sobrevivir.
¡Qué pesado soy con que puedo con todo!
¡Qué miedo tengo de que equivocarme me explique qué hago aquí!
¿Cómo puedo analizar tan bien los problemas de otros?
Será porque los tengo todos dentro de mí.
«Tienes que asumir tus limitaciones», le digo a alguno.
Y yo no asumo ni que un día me voy a morir.
«Cuanto antes la olvides, mejor», le digo a otro.
Y yo la olvidé, sí,
pero no la olvidé por decisión mía,
el tiempo tuvo que tomar la decisión por mí.
«Lo importante —digo siempre—
es que hagas lo que hagas seas feliz».
Y yo no es que no haya sido feliz ni un día
es que siempre he descartado por principio vivir así.
Siempre he creído que ser feliz sería
lo que acabaría extirpándome los sueños de las ganas de vivir.

Y así voy dándole consejos a la gente,
mientras yo los esquivo para no asumir
que soy como todos, que necesito ayuda,
que puede que entienda cualquier problema,
pero que no sirve de nada si no me entiendo a mí.

¿Te ayudo a subir? ¿Puedes?
Yo he subido aquí mucho.
Me subo cada vez que no entiendo nada,
lo cual me pasa a menudo.
No suelo subir con nadie.
Vengo cuando estoy enfadado con el mundo,
cuando no entiendo por qué quiere tener a alguien como yo
que se lo debe todo, pero que no quiere seguir siendo suyo.
Mira qué vistas. ¿No te parece
que se ve todo más claro desde aquí, desde el futuro,
sin la presión de tener que vivir,
viendo los supuestos fragmentos de nuestras vidas todos juntos?

¿Te quieres bajar ya?
Yo suelo estar más tiempo cuando subo.
Me gusta quedarme mirando cómo no pasa nada.
Pocas veces me aburro.
Pero lo entiendo:
no es cómodo ver cómo es todo de absurdo.
Yo por eso cuando bajo trato de olvidarlo
y, si no puedo, disimulo.

Vuelve a subir cuando quieras.
A veces viene bien saber lo que es uno,
viene bien irse al final del todo
para entender que todos los puntos son como el último.
Yo hoy me quedaré un rato más,
pero estoy bien; es solo que a veces me asusto,
me creo demasiado que avanzamos al vivir
y no entiendo que no hasta que no vengo y me subo.