Me paso el día dando consejos a otros
y luego no soy capaz de dármelos a mí.
Y el primero que debería cuidarse soy yo,
soy el primero que debería darse cuenta de que no basta con sobrevivir.
¡Qué pesado soy con que puedo con todo!
¡Qué miedo tengo de que equivocarme me explique qué hago aquí!
¿Cómo puedo analizar tan bien los problemas de otros?
Será porque los tengo todos dentro de mí.
«Tienes que asumir tus limitaciones», le digo a alguno.
Y yo no asumo ni que un día me voy a morir.
«Cuanto antes la olvides, mejor», le digo a otro.
Y yo la olvidé, sí,
pero no la olvidé por decisión mía,
el tiempo tuvo que tomar la decisión por mí.
«Lo importante —digo siempre—
es que hagas lo que hagas seas feliz».
Y yo no es que no haya sido feliz ni un día
es que siempre he descartado por principio vivir así.
Siempre he creído que ser feliz sería
lo que acabaría extirpándome los sueños de las ganas de vivir.

Y así voy dándole consejos a la gente,
mientras yo los esquivo para no asumir
que soy como todos, que necesito ayuda,
que puede que entienda cualquier problema,
pero que no sirve de nada si no me entiendo a mí.

¿Te ayudo a subir? ¿Puedes?
Yo he subido aquí mucho.
Me subo cada vez que no entiendo nada,
lo cual me pasa a menudo.
No suelo subir con nadie.
Vengo cuando estoy enfadado con el mundo,
cuando no entiendo por qué quiere tener a alguien como yo
que se lo debe todo, pero que no quiere seguir siendo suyo.
Mira qué vistas. ¿No te parece
que se ve todo más claro desde aquí, desde el futuro,
sin la presión de tener que vivir,
viendo los supuestos fragmentos de nuestras vidas todos juntos?

¿Te quieres bajar ya?
Yo suelo estar más tiempo cuando subo.
Me gusta quedarme mirando cómo no pasa nada.
Pocas veces me aburro.
Pero lo entiendo:
no es cómodo ver cómo es todo de absurdo.
Yo por eso cuando bajo trato de olvidarlo
y, si no puedo, disimulo.

Vuelve a subir cuando quieras.
A veces viene bien saber lo que es uno,
viene bien irse al final del todo
para entender que todos los puntos son como el último.
Yo hoy me quedaré un rato más,
pero estoy bien; es solo que a veces me asusto,
me creo demasiado que avanzamos al vivir
y no entiendo que no hasta que no vengo y me subo.

Hay algunos lunes, muy pocos,
en los que me siento como nuevo.
Nada más despertarme me asaltan las penas,
pero yo me las quito de encima con un simple «hoy no quiero».
Salgo a la calle y miro a todos con ternura.
Sonrío ante sus malas caras y no me preocupo por ellos.
¿Alguien se ha muerto porque sea lunes? No.
Aunque sea verdad que lunes a lunes nos vamos destruyendo.
Pero esos lunes ni siquiera eso me importa.
Me siento como cuando llevé a la casa del terror a mis primos pequeños.
Cambió mi perspectiva: simplemente por saber que debía proteger
se me quitaron todos los miedos.
Y así me siento algunos lunes,
como si al final me hubiera ayudado escribir tantos versos,
como si por fin lo entendiera todo.
Al final es posible olvidar también todos los días malos en un día bueno.
Me dan ganas de parar a alguien y decirle: «No te preocupes.
Yo he visto que las preocupaciones son solo sentimientos.
Y los sentimientos no pueden hacernos nada
si no queremos».

Hay algunos lunes, muy pocos,
en los que veo todo lo que me suele asustar
desde lejos
y no me siento tonto por dejarme asustar otras veces.
Me entiendo.
Y es que me creo que lo sé todo del ser humano,
que sé más incluso que el día que me mareé
cuando me dieron el primer beso.
Me creo que sé más que cuando lloro.
Y puede que sea cierto.
Puede incluso que sea mejor
aunque se divirtieran más que yo aquel día mis primos pequeños.
Puede que no haga falta saber
por qué queremos tener sentimientos,
por qué nos reímos cuando contamos
el miedo que nos siguen dando algunos sueños,
por qué nos une tanto contarnos los viernes
el sueño y la tristeza que cada lunes tenemos.
Puede que no haga falta
saber nada de esto.
Puede que estando siempre como yo algún lunes
fuéramos perfectos.
Pero, si algo me hace escribir esos lunes,
si algo de inseguridad me queda por dentro,
es esa tendencia que tiene todo
a ser al final mejor si es imperfecto.

Un día digo una cosa
y otro día digo otra.
Parece que no me aclaro con mis poesías.

Es que es precisamente eso,
hay que explorar todas las partes de la vida.
Hay que taparse la nariz a veces
y escribir aquello a lo que ni de pequeño te atrevías.
Hay que pegar patadas a todas las paredes
para saber cuál no estaba ahí cuando las lágrimas
todavía sonreían.
Hay que odiar y amar,
hay que meter mucho la pata algún día.
Hay que dejarse llamar toda una noche
y poner la excusa de que con la oscuridad no se oía.
Hay que decir completamente lo contrario de lo que uno piensa
para saber cómo somos cuando destrozamos todo lo que nos esclaviza.
Hay que contradecirse, pellizcarse,
reírse con las pesadillas.
Hay que volverse loco leyendo un libro
y dar miedo por tener demasiado grande la sonrisa.

 

Así se estira todo de tal forma
que es luego más fácil caber en la vida
y podemos ser normales sin que nos rocen
los zapatos que nos obligan a ponernos el primer día
para que no notemos con los pies descalzos
que la vida casi siempre por debajo está bastante fría.

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Me voy a vengar escribiéndote.
Te vas a enterar a base de palabras
Vas a ver que no estar conmigo
es perder la oportunidad de entender el alma.

Voy  a desmontar con versos a aquellos
que se atrevan a destruirme al rozarte en la distancia.
Voy a encontrar todas las letras que nos unen
para que inevitablemente sientas que me pronuncias al pronunciarlas.

Me voy a vengar escribiéndote.
Te voy a lanzar tantos versos a la cara
que tendrás que quererme
tendrás que reconocer que no es verdad
que escribir no valga para nada.

Me voy a vengar.
Lo siento, pero voy a hacer trampas.
Ya que el amor no entiende de personas,
tendré que convertirnos en palabras.

Tú lo has querido.
Yo te di todo lo que sé que hacía falta.
Pero te aliaste con la vida.
No sabías que a la vida siempre la destrozan las palabras.

Esta es una de esas noches
en las que la poesía me aplasta.
¿Quién soy yo para escribir?
¿Quién me creo yo para poder hablar del alma?

Esta es una de esas noches
en las que solo el amor me respalda,
en las que si no fuera porque existes
pensaría que después de mí no quedaría nada.

Esta es una de esas noches
en las que lo bueno naufraga,
en las que escribo con la mano dormida
mientras el corazón mira de reojo ya a la cama.

Es una de esas noches
en las que la vida se acaba,
un libro más que termina
una oportunidad menos
para no tener que arrepentirme mañana.

Esta noche
solo el amor me respalda;
solo él me da la razón
de que estuve triste porque hacía falta.

No me gusta el amor con excusas.
No me gusta que me sepas explicar bien
por qué me has dejado de querer un rato.
No me gusta porque me lo creo,
porque perdonar me es muy fácil cuando estoy enamorado.
Y lo malo es que al final no es perdonar,
es llegar a un acuerdo para que el orgullo esté callado.
Y eso luego sale
y es un motivo más para sentir que sigo sin aprender con los años.

No me gusta tener que entenderlo todo y sonreír;
prefiero sonreír porque estamos de acuerdo en algo,
prefiero que entendamos juntos la vida,
por mucho que el tiempo siempre opine lo contrario.
No me gusta que lo compliques todo
y que no sea al menos para darle esquinazo a tu pasado.
No me gusta que puedas controlar cuándo me quieres,
que quererme no te lleve agarrada de la mano.

No me gusta porque desde que te quiero
ni se me ocurre dejarte de querer un rato.
No me apetece.
Si te quiero es porque solo soy feliz cuando estoy a tu lado.
Si tú pones excusas
será porque no has encontrado en mí lo que yo en ti sí he encontrado.
Pero de momento me creo tus excusas,
que tengo que dejar de quererte antes de aceptarlo,
antes de aceptar que no eres tú,
que tenía razón otra vez mi miedo a intentarlo.
Debo dejar de quererte antes, sí,
es lo necesario,
no vaya a ser que las lágrimas vuelvan a impedirme entender
que encontrar no siempre es llegar a lo que se estaba buscando.

Y yo qué sé si se puede cambiar la vida,
pero vamos a intentarlo.
Vamos a ser los que siempre hemos sido
nada más cerrar la puerta de nuestros cuartos.
Vamos a darle la vuelta a todo.
Total, ¿qué más puede pasarnos?
Hagamos que la vida se amolde a nosotros.
¿Por qué tenemos que ser nosotros los que nos amoldamos?
Pero no te creas que es porque sé que se puede.
Yo nunca lo he intentado.
Nunca había encontrado a nadie por quien mereciera la pena
estallar el futuro contra la cara del pasado.

Vamos a intentarlo, sí,
y que la vida ni se entere de que la hemos cambiado.
Vivamos como siempre hemos querido
y veamos si teníamos razón cuando llorábamos.
Cambiemos la vida a nuestro gusto,
que no nos asuste amenazándonos con separarnos,
que no tenga autoridad en nuestro mundo,
donde la primera regla es ir siempre cogidos de la mano.

Y yo qué sé si se puede
o si como siempre estoy desvariando,
pero solo por haber escrito esto
sé que ya he conseguido arrinconar a la vida un rato.

Me hace falta más;
no me basta con acariciarte.
Sé que es lo que hacen los demás,
pero yo necesito explorar tu sangre.
Necesito ser parte de tus venas;
también por dentro necesito abrazarte.
Puedo escribir y calmarme un rato,
pero necesito que tu piel también me atrape.
Hasta quiero ser tú,
quiero que nuestras células se solapen.

Me hace falta más;
me hace falta asaltarte.
Cada milímetro que nos separa
siento que es tiempo que se nos cae.
Necesito que este abrazo
nunca acabe.
Me duele hasta dormir.
Yo quiero que me sueñes soñándote,
que nada me pueda separar de ti,
que ni siquiera puedan encontrarme,
que crean que somos solo una persona
y que solo tenga que salir de ti para besarte.

Me hace falta más;
me hace falta dejar de llamarte,
que pensemos en nosotros los dos a la vez
y que no se entere nadie.

No te voy a dejar de querer.
Pero te voy a dejar de hablar, sí.
Ahora podré quererte a gusto,
aunque sea sin ti.
Ahora no tendremos que pelearnos
por el sitio adonde ir.
Ahora te podré contar lo que yo quiera,
porque como siempre será contármelo a mí.
A ti ya no te servirá para nada,
pero a mí me encantará quererte así.

Porque no te voy a dejar de querer.
Ya descubrí
que eso es imposible hasta que no pase algo de tiempo.
Primero tengo que dejar de existir.

Y por eso te voy a dejar de hablar.
Inténtalo todo lo que quieras. Ya no estaré aquí.
Me habré escondido donde dicen
que no es tan fácil creer que uno es feliz,
donde el tiempo no pasa más rápido,
pero no deja ni un segundo de alejarse de ti.
Allí encontraré el punto exacto
donde se cruza el futuro con las ganas de morir.
Y así no dejaré de quererte, no;
o quizá deje de quererte, sí.