Me la encontré de día,
pero olía a noche.
No sé si a la noche en la que intentó besarme
o aquella en la que estropeé su nombre.
Olía a noche.

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Me voy a morir pronto.
Sí, lo he decidido.
No. No me voy a suicidar.
Es morirme lo que necesito.
Es verlo todo desde fuera,
es saber lo que la gente opina cuando me haya ido.
Es saber si de verdad
sirve para algo todo lo que he sido,
si todavía me queda algo que dar
o si puedo estropear todo si sigo.
Me voy a morir pronto.
Sí, ya está decidido.
Aunque si hace falta volveré,
porque esta vez no es un suicidio

Ahora ya en serio.
No me hables de poesía.
No me hables ni de ritmo ni de falta de emoción.
No me digas que tus versos son poesía.
Que el vacío que me dan cuando los leo
es muy distinto
del que sentí el día que ella me dijo adiós.
No me hables de estructuras,
ni de rimas sin color,
que en ellas no cabe ni el trozo más pequeño de mi alma
ni encuentra un rincón donde esconderse del mundo mi corazón.

Me va quedando poco corazón.
Lo voy notando.
Por eso que no se lo dejen otros
me enfada tanto.
Tengo extrañas palpitaciones
que no tenía hace unos años
cuando aún no había arrancado con palabras
tantos sentimientos enquistados,
como si el alma no encontrara lo que busca
en el sitio de siempre al estirar la mano.

Me va quedando poco corazón
No sé si debería terminarlo.
Me da miedo que no quede ningún otro
que al escribir trate de transmitir algo,
que con un solo verso dé ganas de vivir,
aunque el verso sea triste y no sea largo,
alguien que de verdad tenga algo que decir
porque sabe dónde tiene los sentimientos clavados.

Me va quedando poco corazón…
¡Qué poco corazón me va quedando!
Lo noto con solo ponerme
en el pecho la mano.
No sé si algún poeta podrá ya devolverme
aunque sea un pequeño pedazo
de todo lo que por entender la vida
yo me he ido arrancando.

Ya sé que en el fondo era eso
y que nunca se pudo,
y que el beso en tu boca y la mía
quizás se entretuvo.

Ya sé que el amor era eso,
si es que acaso lo hubo,
y que a veces quererse no basta
y que a veces quererse no es justo.

Ya sé que fui yo el que estaba
a tu lado aquel día, el que tuvo
tu mano agarrada algún tiempo,
quizás demasiados segundos.

También sé que te fuiste enfadada
y que mi mano no te sostuvo,
pero el amor solo aguanta si es cierto
y mi alma aguantó
lo que pudo.

¿Otra vez? ¿De verdad?
Pero si ya tenía
la vida más o menos controlada.
Si ya había aprendido a aceptar
que no pasa nada por estar triste,
que es una cosa de un día,
que se pasa de repente.
Pero nada.
Otra vez con la tristeza de siempre.
No me vale con tener la novia que siempre había soñado,
no me vale tener un proyecto tan bueno a punto de empezar.
Siempre consigo encontrar algo
con lo que preocuparme
y sentir que a partir de ahora
ya no me va a dejar de preocupar.
No es ni siquiera saber que un día todo esto se acaba.
Es como un vacío,
la sensación de que un segundo
es lo mismo que una vida.
Es sentir que vale más lo que no he hecho
que los supuestos logros que he conseguido hasta ahora.
Es precisamente eso lo que me hace caerme mal,
lo que me hace pensar que caigo mal a todo el mundo,
que todos se ríen de cómo vivo por detrás de mí
y lamentan cómo desperdicio mi vida
con lo listo que yo era.
Pero tampoco es que envidie yo sus vidas.
Solo envidio que ellos hayan sabido adaptarse
y por lo menos sepan vivir creyendo estar a gusto
en este mundo en el que asusta de igual manera que todo se acabe un día
como que no se acabe nunca.

Como mínimo has hecho
que me vea igual todos los días.
Aún recuerdo los domingos
cuando en el yo de entre semana no me reconocía.
No entendía cómo podía estar
tan distraído con la vida,
cómo podía estar sin recordar que me faltaba algo
durante cinco días.
Era como si fuera otra persona,
como si no fuera yo. No lo entendía.
Me daba rabia dejarme llevar de esa manera
por la alegre e inconsciente rutina.

Pero ahora tú como mínimo has hecho
que me vea igual todos los días
que los domingos no me avergüence
de esa persona que soy entre semana tan distinta
y que entre semana no tema que se acerquen
los estúpidos domingos de ajena melancolía.

Se te oía un silbido en el corazón.
¿O era un lamento?
No era el indicio de una enfermedad.
Se notaba en el silbido un sentimiento.

¿Era grave? No lo sé.
No te dije nada, pero te abracé y te di un beso.
Yo también sé lo que es estar con la persona más querida
y aun así sentir tristeza y miedo.

Ahora pienso en ti y recuerdo con qué pena
el silbido se me metió por el cuerpo,
con esa pena tan vacía
que da el dolor ajeno,
ese dolor que recuerda que hay cosas inevitables
por mucho que otra persona vaya a nuestro lado y la abracemos.

El silbido en tu corazón me hizo recordar
la incertidumbre que todos tenemos
por cosas que al final seguramente no sean nada,
pero que ni un fuerte abrazo consigue a veces que las olvidemos.

Ya no sabes a recuerdos.
¿Has besado a otros?
Ya no sabes a tus besos.
Besaba mejor tu foto.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué has vuelto?
¿Acaso ya sabes lo que es de verdad un corazón roto?
¿Ya has visto que yo era como era
pero al menos era distinto a otros?

Ahora vuelves, pero ya es difícil
que recordemos exactamente cómo era todo.
Esto no es como montar en bici:
las cosas aquí se olvidan pronto.

Puedo hacer como que no sé
que has besado a otros.
Y podemos colocar de nuevo nuestras cosas,
pero para saber dónde iban habrá que mirar fotos,
para saber que ahí había algo
habrá que mirar si dejó algo una marca en el polvo.

Podemos fingir, en fin, que los besos
siguen sabiendo a nosotros.
Pero siempre notaremos
que estamos actuando, que somos
como dobles de nosotros mismos,
que es un escenario todo.

Así que mejor ve a tu cuarto,
desordena todas mis fotos.
Limpia los surcos que los sueños dejaron
en el polvo.

No olvides que aunque estuvimos tan unidos
nos conocimos de casualidad en el fondo.
Dejemos, pues, que la vida nos enseñe
y volvamos a ser nosotros,
aunque ahora sea cada uno por su lado,
que es exactamente como estábamos
antes de estar a punto de no conocernos por poco.