Esos días que se creen más importantes que otros,
que nos hacen creer que los demás serán igual que ellos.
Esos días con ínfulas de meses, de vidas,
que se creen que no podremos ser nunca felices
solo porque un día lloremos.

El otro día me encaré con uno,
le enseñé aquella tristeza que fracturé en un verso
la tarde en la que un solo mensaje
me hizo querer vivirlo todo
justo después de haber querido estar muerto.

Lo malo es que esos días a veces
consiguen convencerme a base de recuerdos:
los saben ordenar de tal manera
que hacen que mi propia vida me dé miedo.

Intento hablarles del futuro que me espera,
pero hasta yo sé que el futuro nunca es un buen argumento.
Esos días me ganan
y les creo,
pero qué gusto da recordarlos después
y reírse de ellos,
tacharlos con fuerza en el calendario,
ver lo ridículo y absurdo que es
visto desde lejos el tiempo.

Qué gusto da pararse a pensar
también los días buenos,
escribir poesías sin demasiadas ganas
por el deber de preparar para los otros días un buen argumento,
para esos días que se creen tan importantes
a pesar de que mi vida al final siempre ha podido con ellos.

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Yo siempre te voy a querer.
El problema será si tú no me quieres.
No sé si eso es bueno.
No sé si es bueno querer de forma tan segura,
dejar solo en tu mano que esto acabe.
Pero es que yo siempre te voy a querer,
hasta cuando no me quieras,
hasta cuando te hayas ido
y todas las partes de mí
—menos esta que siempre se resiste—
traten de convencerme.
No sé si esto es bueno,
pero nunca sé si lo que siento es bueno.
Al fin y al cabo como el niño al que le gusta lo que no puede comer
yo siempre me he sentido bien
con lo que más daño me hacía.
Y no entendía que el resto de partes de mí me gritaran.
Yo no me sentía bien para ofender a nadie,
me sentía bien porque estaba a gusto.
Me sentía bien porque al fin llegaba a tocar el techo de los sentimientos.
Y me siento bien ahora.
Y quizá un día te vayas.
Y quizá un día dejes de quererme,
pero yo te voy a querer siempre.
Lo único que cambiará cuando dejes de quererme
es que otra vez se pondrán todas las partes de mi cuerpo contra mí
y yo buscaré a alguien para que me dejen tranquilo
como cuando buscaba a otras porque no aceptaba
que no existiera alguien como tú.
Y será peor porque ahora
tendré que olvidar que sí existías

Yo buscaba lejos
porque yo siempre busco lejos

No me podía creer que estuvieras tan cerca.
No podías ser tú ya ahí.
La vida nunca me era tan buena.
Por eso buscaba lejos, siempre lejos,
tan lejos que me salía fuera.
Y no estabas y no te veía, pero te necesitaba,
igual que para que salgan los cálculos se necesita que exista un planeta.

¿Cómo te vi al final?
Seguramente me rindiera.
Seguramente asumí
que era imposible que alguien como tú existiera,
alguien capaz de importarme tanto,
que tumbara en un segundo tantos años de espera,
alguien que consiguiera hacerme olvidar
la rabia de haber estado tanto tiempo andando
en la dirección incorrecta.

Te vi
porque volví a buscar cerca,
en ese cajón donde uno guarda las cosas importantes
y ya no busca en él porque no puede estar ahí lo que no se encuentra,
porque es imposible que esté ahí,
es demasiado bueno para no darse cuenta.

Y estabas ahí,
tan cerca,
Y ahora estás aquí.
Y la vida me alegra.
Y ya no busco nunca lejos
porque todo lo que busco sigue estando cerca.

 

Si por algo merece la pena escribir
es por los que están solos,
por los que sienten,
por los que aún tienen la incertidumbre
de si es verdad
que un día todo se entiende.
Por los que están hartos
de la gente,
por los que son raros,
por la gente a la que divierten,
por los que aún siguen suspirando
porque se creen diferentes,
por los que nunca escribirían
porque es deprimente.

Si por algo merece la pena escribir
es porque a veces
uno querría comprender tan bien la vida
como los que nunca quieren.

Dejadme tranquilo ahora.
Dadme un respiro.
Dejadme recobrar el aliento.
Siento como si todo el mundo estuviera muerto.
Siento como si no se pudiera estar más triste.
Pero es solo un momento.
No os preocupéis.
Sólo dejadme tranquilo un rato
Que luego volveré a ser el mismo de siempre,
el mismo que se hace viejo, que se ríe
y que se pone triste de repente.
El mismo amigo, el mismo hijo, el mismo.
Es solo esta canción
que me hace recordar que a veces estoy triste,
más triste que nadie,
más triste que esta canción,
la canción más triste del mundo

He dejado a las estrellas pensando en tus palabras,
intentando entender por qué fueron las últimas.
He apagado mis pupilas
y he intentado soñar, como cuando escribía entonces, con la luna.
Se me han quitado las ganas de saber en qué pensabas
cuando aún mis promesas eran las mismas que las tuyas
y he apagado mis pupilas
porque pensar con el corazón nunca ayuda.
He dejado de darle a las cosas su importancia.
Todo da igual si aquellas palabras fueron las últimas.
¿Quién me lo iba a decir –y lo pensé–
que esta vez no se equivocaba al llorar aquella luna?
He apagado mis pupilas como quien apaga una lámpara
y he decidido caminar entre tinieblas y a oscuras.
No quiero amar ya a nadie,
no quiero amar a ninguna
hasta que las estrellas me digan por qué aquellas palabras
fueron las últimas.

No me vale el argumento
de que todos vamos a morir
y que es mejor vivir felices.

No me vale el argumento
de que los buenos al final
serán recompensados.

No me vale el argumento
de que todo está dispuesto así
desde un principio.

Me vale el argumento
de que todos vamos a morir
y que es mejor sufrir
intentando averiguar por qué morimos.

Me vale el argumento
de que los buenos al final
serán más sabios,
pero no serán premiados
por haberlo sido.

Me vale el argumento
de que todo está dispuesto así,
pero que somos capaces
de cambiarlo todo
de sitio.

Yo no puedo recitar sin llorar.
Soy muy mal poeta.
Yo no soy como los demás.
A mí hay palabras que me saben a piel
y otras que me saben a bayeta.
Y hay otras que escribí con el alma
y que me traen demasiados recuerdos cuando vuelvo a leerlas,
palabras que no sé por dónde salieron
porque cuando quieren volver a entrar
duelen por cualquier sitio por el que lo intentan.

Yo no puedo recitar sin llorar.
Hay palabras que, aun repetidas, todavía aprietan.
Hay palabras que en su momento me sirvieron para olvidar,
pero hoy, carentes ya de rabia, solo recuerdan.

Yo no soy como los demás
o acaso es que los demás saben dominar mejor que yo las letras,
acaso las educaron antes de salir
y yo dejé que fueran saliendo como quisieran.
Me parecía injusto regañarlas:
hubo meses en que solo las tuve a ellas.

Y ahora que han aprendido más de la vida que yo
o que quizás han tenido que descartar menos promesas
o, qué sé yo, ahora que me miran de reojo
me duele mucho leerlas.

¿Ese era yo?
¿Soy el mismo ahora? ¿Cómo se puede echar de menos la tristeza?
¿Es posible que el tiempo
siempre vaya por delante como yo
porque huye de sus letras?

Yo no puedo recitar sin llorar,
pero no veo que el tiempo tampoco pueda.
Los que escribimos para dejar atrás
tal vez no deberíamos haber sido nunca poetas.

Puedo inventar poemas.
Y me salen bien. Son bonitos.
Pero no se pueden comparar
con los que te escribo a ti. Son muy distintos.
Porque contigo es como si le dieras una patada a un balón
y la estallaras porque por un hueco la válvula se había salido.
Tú tocas el alma de mis cosas.
Es como si me mantearas cuando escribo.
Es como verlo todo estando muerto,
pero seguir vivo.
Es como no entender nada al escribir,
pero entenderlo todo cuando ya está escrito,
como sumergirme en las profundidades del amor
y no entender qué he hecho hasta que no he salido.
Contigo es más sencillo encontrar
el camino que he creído tomar cada vez que he escrito.
Contigo sé mucho mejor lo que me pasa.
Sé quién he intentado ser siempre,
contigo.

No me digas que sea menos humilde.
No me digas que tengo que saberme vender.
Los hay que lo hacemos todo siempre mal,
pero al final resulta que lo hemos hecho todo bien.
Si aprendí a ser humilde fue porque la vida
me demostró que celebrar no sirve para nada
porque siempre se vuelve a perder.
Si aprendí a no contentarme con nada
fue porque empecé a encontrar siempre un motivo más para crecer.
Me convencí de que se puede llegar más lejos,
de que hay siempre algo que nos queda por aprender
y da igual que no sepamos vendérselo a otros,
ellos al fin y al cabo se contentan solo con ser.

Pero yo soy humilde porque siento que soy poco,
porque me parecen solo pasos intermedios lo que termina bien,
porque me asusta terminar antes de haber llegado
o haber llegado pero haber hecho el camino al revés.

No me digas que sea menos humilde,
que creerme poco es mi manera de entender
que no quiero venderle a nadie nada
hasta que no sepa verdaderamente lo que es.