Como las olas, que a golpes van
acercándose a mis chanclas
y las rozan poco a poco
y las arrastran luego lentamente
hasta acercarlas a otras olas
para expulsarlas después.
Como las olas,
que tras ese jugueteo con mis chanclas
finalmente las engullen
y las van llevando adentro
más y más lejos de la orilla
hasta hacerlas desaparecer.
Como las olas,
que aunque empujan hacia fuera
engullen hacia dentro.
Como las olas.
Así es el amor.
Y yo
como unas chanclas en la orilla,
aceptando que me arrastren,
con la sola resistencia
de unos surcos en la arena,
de unos surcos que son solo
caricias que enseguida
las olas borrarán.

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Tengo frío. El día está gris y tengo frío.
El otoño se acaba y se acerca ya el invierno.
Los pájaros también se refugian en sus nidos.

Hace frío. No tienen la culpa mis recuerdos.
El día está muy gris y es normal que tenga frío.

Ya temía yo que con ella terminara
igual que con las otras… hundiéndome en lo mismo.

Todos dicen que soy un cabrón con las mujeres
y yo, por demostrar que no, amo sin sentido.

Le prometí un amor tan eterno como a todas
y lo eterno duró lo que cada una me quiso.

No sé lo que pretendo. Pensaba que era bueno.
Creí que los poetas amábamos distinto.

Al menos la previne. sabía que algún día
terminaría con las demás en el olvido.

¡Pero estaba seguro de que tú eras la perfecta!
¿Por qué no puedes ser tú mi amor definitivo?

Mañana, cuando vuelva a mirarte, o pasado,
te miraré quizás con mis ojos de asesino

y tú sabrás que he vuelto a caer en lo de siempre,
que he intentado demostrar otra vez que soy distinto.

Te juro que las cosas que dije desde dentro
eran verdad… te amaba… yo nunca te he mentido.

Seguramente no me creas pero, aun breve,
mi amor hacia ti ha sido el más puro que he sentido,

por eso deseé que tú fueras la perfecta,
no quise condenarte a ti también al olvido.

Pero mi corazón aún recuerda aquella herida
y ve en todas las chicas a aquella que se la hizo.

Yo nunca te he mentido, no sé decir mentiras…
o quizás sí y es falso todo esto que te escribo…

Tengo frío, sí, tienen la culpa mis recuerdos;
son ellos los que siempre deciden mi destino.

Son ellos los que sacan el frío de mi alma.
Ahora sólo es vaho lo que fueron mis suspiros.

Tengo frío. Da igual que haga frío fuera, siento
que tengo yo la culpa de todo y que es el frío

el dolor que me deja intentar amar sin miedo
y el dolor que siento cuando me quedo vacío.

Y así es con todo.
Lo que un día me emociona,
enseguida lo convierto en polvo.
Es imposible que así
llegue algún día a ser otro.
Es imposible que así
encuentre una respuesta
que lo explique todo.
En cuanto algo me emociona
lo razono.
Y así es con todo.
Y así paso por la vida,
de un episodio en otro
sin llegar realmente en ninguno
a ver el fondo.

y ella echa a temblar: «Yo también te quiero»
Ismael Serrano

Para que no lloraras
no quise ser posesivo
y dejé que te fueras por ahí
aunque quería que quedaras conmigo.

Para que me quisieras
dejé mis celos a un lado
y dejé que hablaras con otros,
que fueras con ellos al cine,
que les cogieras de la mano.

Para que no lloraras
siempre tenía una sonrisa
aunque estuviera enfadado y triste
porque hacía días que no nos veíamos.

Para que me quisieras
dejé de llamarte
para que no te agobiaras
y pudieras tener tiempo para ti.

Para que no lloraras
no grité ni me puse nervioso el día
que te vi besándote con otro.

Para que me quisieras
ni siquiera te dije que te había visto
y para que no te dieras cuenta
pegué uno a uno rápido los pedacitos
de mi corazón roto.

Para que no lloraras
te dejé marcharte aquel día,
¿para qué iba a forzarte
a que te quedaras conmigo si no querías?

Y al cabo del tiempo
cuando ya no podía hacer nada en la distancia
para que me quisieras,
cuando ya lo había tirado todo a la basura,
me llamaste y me dijiste:
“Te quiero”
Yo, aunque ya no te quería,
para que no lloraras te dije:
“Yo también te quiero”.

¿Qué sabrá ella de las puertas
que hay cerradas en mi alma?
¿Qué sabrá
de los caminos que hay en su interior?
¿Qué sabrá de mi vida
y de todo lo que he muerto?
¿Qué sabrá ella
que no sepa yo?

¿Sabrá quizás que algunas veces quise
parpadear para siempre, imitar a una flor?
¿Sabrá quizás que no siempre fue tan fácil
arrancar por las mañanas las lágrimas del colchón?

¿Sabrá quizás que hay puertas que no importa para abrirlas
si nunca nadie las cerró?
¿Sabrá quizás
que algunas de las puertas que cerré esos días
en verdad no las cerraba yo?

Lo sabe, sí lo sabe.
¿Cómo iba a estar aquí, si no,
sentada en esa parte de mi alma
donde tanto tiempo tardé en sentarme yo?

Dices que estás triste pero estás bien:
no se te ve preocupado.

Es que estar triste
no es del todo malo.
Es como tener un cajón vacío
y no saber con qué llenarlo.
Es como andar hacia atrás
sin saber lo que se está pisando.
Es como rascarse uno mismo
sin gusto pero en el punto exacto.
Es como besar a alguien
de quien no se está enamorado.

¿Y todo para qué?

Para empezar de nuevo
y no sentirse fracasado.
Para avanzar sin ver adónde,
pero seguir avanzando.
Para aprender a estar solos,
por si caemos enamorados.
Para saber perder a alguien
sin que nos amargue la culpa de que se haya marchado.
Estar triste no es una opción de algunos.
Estar triste no es innecesario.
Estar triste es la emoción que todos
para encajar los golpes de la vida
necesitamos.

Si esta noche pudiera decirte lo que siento,
llamarte por teléfono y susurrarte al oído
palabras tan lejanas como tu amor del mío,
no estaría escribiendo estos versos que te escribo.

Es verdad que el amor dura solo un segundo
pero su espera es tan lenta… como el olvido.
Y en una de esas noches largas en que lo espero
he deseado tenerte como el día de aquel beso,
en que antes que nosotros, nuestros labios primero,
conocieron lo más profundo de sus secretos.

Y yo aquí ahora, solo, asumiendo que olvidaste
que, escondido en aquel beso, el amor se derramaba,
empiezo a darme cuenta de que nunca lo supiste,
que no lo comprendiste, que no es que lo olvidaras.

Te creíste una más, otro rollo de entre tantos.
No sabías que a veces los hombres también nos enamoramos.
Si esta noche pudiera decírtelo al oído,
decirte que te quiero, jurar que no te olvido,
hacerte comprender que después de tanto tiempo
mis labios aún te esperan cada noche intranquilos.

Si esta noche llamarte tuviera algún sentido
no estaría escribiendo estos versos que te escribo.

Lo sé. Debí decírtelo después de aquel beso
pero a veces el amor tarda en hacer efecto.
Si ya es muy tarde, créeme que lo comprendo,
comprendo que lo dudes, que no creas que lo siento…
La verdad es que a veces yo tampoco me lo creo.

Si pudiera llamarte y decirte lo que siento…
Si fuera tan fácil hablar como escribir versos…

Sé que ya no me quieres, si acaso me has querido,
sé que me dirás que no si hablo contigo.
Solo soy para ti el que te besó en aquel sitio,
al que besaste aquella noche después de haber bebido.

Y ni el día después, ni tras tanto tiempo perdido
te habrían importado estos versos que te escribo.
Por eso, aunque esta noche me atreviera a llamarte,
no te llamaría, para no enamorarme
como la noche aquella en la que me besaste
y al oído con tu dulce voz me susurraste.

¡Bah! ¡Para qué engañarme!
Si para no enamorarme te escribo y no te llamo
es porque todavía estoy enamorado
y al escribirte intento que la espera dure menos,
la espera de tu amor, porque te quiero.

No estás y el mundo
sigue siendo igual.
Aún no he perdido
Esa tonta convicción
de que la vida
es lo mismo que la muerte.
Te amaré ahora
como cuando te besaba mientras dormías.
Y será lo mismo.
Será lo mismo hasta que asuma
que hay algo que la muerte arranca,
que no es la misma soledad la de estar lejos
que la de estar vivo.
No es la misma soledad la de estar triste
que la de seguir creciendo.
La de seguir creciendo
mientras tú ya sin raíces
vas perdiendo tus colores
y vas tiñendo de tristeza
los besos que te di mientras dormías,
los besos que para mí eran
el más generoso gesto de amor puro.
No estarás y el mundo
seguirá siendo igual
porque el amor para él
es como esos besos que no siente
al recibirlos
el que está dormido.

Cuando llueve fuera
y yo leo dentro
siento como ajena
la tristeza de este mundo.
Y veo que no es tanto
el sufrimiento de mojarse.

Siento que se puede estar más triste,
siento que se puede estar más seco,
que a veces raspa el corazón
contra la vida
y no hay lluvia
que suavice el rozamiento.

Cuando está lloviendo fuera
y yo leo un libro cualquiera dentro,
me siento protegido,
pero a la vez siento
que hay muy pocas cosas en el mundo
capaces en verdad de protegernos.

Pero las hay
y, por eso,
te voy sacando de la lluvia,
a la vez que entre las líneas de cualquiera de mis libros
te voy poco a poco leyendo.

Siento que las páginas escuecen
como si fueran algo más que palabras con tiempo,
como si sentado
fuera posible viajar más lejos,
como si a las letras con los años
les crecieran más recuerdos.

Todo esto, ya ves,
sea malo o sea bueno,
es lo que siento
cuando llueve fuera
y yo leo dentro.

Siempre hay un motivo para seguir.
Lo único es que a veces es difícil encontrarlo.
¿Por qué si no iba el cuerpo a gastar
tantas lágrimas llorando?
Basta mantener la esperanza de leerse Guerra y paz, aunque seguramente al final no lo leamos.
Basta con que nuestro grupo favorito (los Libertines, por ejemplo)
saque una nueva canción después de tanto.
Siempre hay un motivo para seguir.
Siempre hay algo.
Siempre hay alguien que nos puede alegrar solo con llegar a él pensando.
Siempre hay una palabra que nos puede distraer
al intentar recordar su significado.
Siempre hay un dato asombroso que aprender,
como un bostezo en medio del llanto.
Siempre hay un motivo para seguir:
la curiosidad quizás de adónde nos lleva tanto adelanto.
Podemos creernos las peores personas del mundo,
pero siempre habrá alguien que nos vea distinto de como solemos mirarnos,
alguien que le dé la vuelta a todo,
como si un espejo pudiera abrazarnos. Cuando perdemos toda esperanza,
seguro que hay algo que estamos pasando por alto
por mucho que no queramos reconocerlo
de lo orgullosos que nos ponemos cuando lloramos.
Por eso,
cuando caigamos en el más triste de los estados
lo mejor es animarse
y pensar que algo se nos está olvidando,
que si no no lloraríamos
ni apretaríamos con tanta rabia las manos.
Es verdad que hay momentos
en que todo lo que parecía animarnos
se empieza a ver como engaños estúpidos
con los que día a día nos conformamos,
pero eso es porque en esos momentos
no somos conscientes de lo que en verdad nos mueve de esos engaños.
No son sus historias bonitas.
No son sus buenos ratos.
Es que todas esas cosas son la prueba
de que debajo de la vida hay algo,
algo con lo que no importa que un día sea bueno
y que otros nos parezca injustamente amargo,
algo que siempre da un motivo para seguir,
aunque solo sea para seguir llorando.