Dejadme tranquilo ahora.
Dadme un respiro.
Dejadme recobrar el aliento.
Siento como si todo el mundo estuviera muerto.
Siento como si no se pudiera estar más triste.
Pero es solo un momento.
No os preocupéis.
Sólo dejadme tranquilo un rato
Que luego volveré a ser el mismo de siempre,
el mismo que se hace viejo, que se ríe
y que se pone triste de repente.
El mismo amigo, el mismo hijo, el mismo.
Es solo esta canción
que me hace recordar que a veces estoy triste,
más triste que nadie,
más triste que esta canción,
la canción más triste del mundo

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He dejado a las estrellas pensando en tus palabras,
intentando entender por qué fueron las últimas.
He apagado mis pupilas
y he intentado soñar, como cuando escribía entonces, con la luna.
Se me han quitado las ganas de saber en qué pensabas
cuando aún mis promesas eran las mismas que las tuyas
y he apagado mis pupilas
porque pensar con el corazón nunca ayuda.
He dejado de darle a las cosas su importancia.
Todo da igual si aquellas palabras fueron las últimas.
¿Quién me lo iba a decir –y lo pensé–
que esta vez no se equivocaba al llorar aquella luna?
He apagado mis pupilas como quien apaga una lámpara
y he decidido caminar entre tinieblas y a oscuras.
No quiero amar ya a nadie,
no quiero amar a ninguna
hasta que las estrellas me digan por qué aquellas palabras
fueron las últimas.

Mendigo besos por las calles más amargas.
Las chicas me miran sorprendidas al pasar:
«¿Cómo tú andas por ahí pidiendo cosas
que sabes que te regalarían en cualquier lugar?».

No quiero los besos que regalan en cualquier sitio.
Quiero los besos que no se pueden regalar.
Los besos que al darse se comparten entre almas.
Los besos que ella me daba y que ya no me da.

Sé que debería haberlo hecho
Sé que lo debería hacer
Y ahora…
con la tristeza que el viento trajo
y solo vi cuando se fue,
no sé qué debería haber hecho
no sé qué debería hacer.
En el aire hay una sombra
que, por miedo a la respuesta,
no pregunta por qué.
En el aire está mi alma
sabiendo que debería decirle algo a la vida…
sin saber qué.
En el aire hay lágrimas que secó el viento
y que ahora vuelven a renacer.

No me dejes.
El tiempo está muy gris y mi vida es un delirio.
Las voces de mis sueños pronostican días dulces.

No me dejes.
Perdí el sabor del alma entre el sabor de la tristeza.
Confundí el color del mar con el de mi vida.
Me queda solo pensar y dejar que todo fluya.

No me dejes.
Las noches avanzan muy deprisa, casi tanto como los días,
cuando no hay nadie que esperar
cuando vivir es solo recorrer para llegar,
recorrer para llegar sin saber cuánto, sin saber cuándo,
sin saber cuándo y entre los eternos pasos pesados de la soledad del tiempo.
Y el tiempo está muy gris y mi vida es un delirio.
No quiero que sea un delirio solitario.

Por eso, no me dejes, seas quien seas, no me dejes.
No me dejes que deje huir mi alma
por donde yo hui ya hace mucho tiempo.

Las palabras escuecen más que las lágrimas…
y la ausencia y el olvido.

El alma aprendió a llorar
pero no aprendió a olvidar lo que se ha ido.
El corazón fue haciendo caso a las palabras
que el recuerdo le susurraba al oído.

Ni las palabras pueden aliviar
el dolor de un corazón herido.

Con la ausencia se arrugó el alma
y el corazón entró en los días
en los que ya no importa nada.
Los párpados se fueron cerrando
rodeados por cientos de lágrimas,
dejaron de ver lo que un día
puede que se llamara esperanza.

Y la soledad acecha
al que está enfermo de nostalgia.
Y el enfermo cree
que la soledad es la única esperanza.

Puede que dolieran,
sí, puede que escocieran aquellas lágrimas,
pero no hay arma tan poderosa contra el corazón
como la poesía, como las palabras…
como los versos que uno mismo se escribe
para intentar comprender por qué
ya no importa nada.

Elegía a un padre que se fue despacio

Se fue yendo despacio
acostumbrando mi corazón a la tristeza.
En su larga enfermedad
nadie me dio más amor sobre la tierra.

Se fue yendo despacio,
tan despacio que aún parece que estuviera.
Tan despacio se fue
que la muerte se convirtió en su compañera.
Fue cayendo en el dolor para adecuarme
a cualquier sufrimiento que alguna vez tuviera.
Se posó suavemente en los brazos de la muerte
para que nunca en su recuerdo la temiera.

Y ahora en mis sueños
noche a noche silencioso entra
y me roba con su sonrisa tan mía
poco a poco los pedazos de tristeza.
Y para que no llore
me recuerda
cuando los dos nos guiñábamos el ojo
y nos poníamos aquella cara de extrañeza.
Y me hace vivir otra vez
los momentos que jamás pensé que volvieran
y me hace sentir otra vez
que en alguna parte, qué más da dónde,
mi padre seguirá siendo el que siempre era

Siento vuestras pasiones en mi mano
y tengo miedo de romperlas en pedazos.
Por eso intento que mis versos
os consuelen convirtiéndose en abrazos.

Que mis palabras sean las promesas
que se cumplen,
que se sienta al leerlas que se besa
a la amada que se escapa y huye.

Siento vuestras vidas en la palma
y las acaricio suavemente con los dedos
porque posarme silencioso en vuestras almas
es todo lo que con mi poesía puedo.

Y así trato de abrazar vuestras pasiones
con versos simples y rimas cotidianas
porque las poesías que estremecen corazones
son las que llegan más humildes y humanas.

Si esta noche pudiera decirte lo que siento,
llamarte por teléfono y susurrarte al oído
palabras tan lejanas como tu amor del mío,
no estaría escribiendo estos versos que te escribo.

Es verdad que el amor dura solo un segundo
pero su espera es tan lenta… como el olvido.
Y en una de esas noches largas en que lo espero
he deseado tenerte como el día de aquel beso,
en que antes que nosotros, nuestros labios primero,
conocieron lo más profundo de sus secretos.

Y yo aquí ahora, solo, asumiendo que olvidaste
que, escondido en aquel beso, el amor se derramaba,
empiezo a darme cuenta de que nunca lo supiste,
que no lo comprendiste, que no es que lo olvidaras.

Te creíste una más, otro rollo de entre tantos.
No sabías que a veces los hombres también nos enamoramos.
Si esta noche pudiera decírtelo al oído,
decirte que te quiero, jurar que no te olvido,
hacerte comprender que después de tanto tiempo
mis labios aún te esperan cada noche intranquilos.

Si esta noche llamarte tuviera algún sentido
no estaría escribiendo estos versos que te escribo.

Lo sé. Debí decírtelo después de aquel beso
pero a veces el amor tarda en hacer efecto.
Si ya es muy tarde, créeme que lo comprendo,
comprendo que lo dudes, que no creas que lo siento…
La verdad es que a veces yo tampoco me lo creo.

Si pudiera llamarte y decirte lo que siento…
Si fuera tan fácil hablar como escribir versos…

Sé que ya no me quieres, si acaso me has querido,
sé que me dirás que no si hablo contigo.
Solo soy para ti el que te besó en aquel sitio,
al que besaste aquella noche después de haber bebido.

Y ni el día después, ni tras tanto tiempo perdido
te habrían importado estos versos que te escribo.
Por eso, aunque esta noche me atreviera a llamarte,
no te llamaría, para no enamorarme
como la noche aquella en la que me besaste
y al oído con tu dulce voz me susurraste.

¡Bah! ¡Para qué engañarme!
Si para no enamorarme te escribo y no te llamo
es porque todavía estoy enamorado
y al escribirte intento que la espera dure menos,
la espera de tu amor, porque te quiero.

A una muchacha quizás muerta

Déjenme recordarla
José Ángel Buesa

Hoy te cogería de las manos suavemente
y te besaría como aquellas veces.
Olvidémonos de las promesas que no se cumplieron
Hoy hace justo cuatro años que sonó un “te quiero”.
Recordemos solamente ese instante
como si no hubiera pasado nada después ni nada antes.
Recordemos nuestros ojos en aquel momento,
sin un rasgo de dolor ni una gota de lamento.
Dejemos a un lado las noches absurdas
de dos almas que se quieren y no están juntas.
Recordemos. Solamente recordemos.
Cada uno en su cuarto o donde estemos.
Y así, otra vez, unidos por aquel te quiero,
quizás volvamos a encender la llama del amor verdadero
y, aunque sea de otros, porque ya no podemos amarnos,
quizás otra vez volvamos a enamorarnos.

No es nada raro. En la vida las cosas pasan:
la gente muere, los amores fracasan.
Y, a pesar de todo, el corazón sigue palpitando
como si no se diera cuenta de lo que está pasando.
Y seguimos sufriendo sin sentido
lo que debió caer en su momento en el olvido.
No hay nada que evite que estas cosas sucedan.
Los olores más amargos son los que se quedan,
como una lágrima en la tinta de un te quiero perdido,
como el olor de la tarde en que asumí
que ya te habías ido.