No debí haberte escrito de amor tantas poesías.
El eco de sus lágrimas retumba aún en mi alma.

Si no hubiera cantado las noches en tu ausencia
hoy no me acordaría de que un día te amaba.

Lo sé, se fueron muchas, muchas que deberían
haberte camuflado en un amor de esperanza.

Pero yo ya no espero ni volver a tenerte
aunque una vez fuiste todo lo que esperaba.

Para no haber perdido mi corazón por siempre,
no debí haberte dado mi amor en mis palabras.

Y no debí volver a leerlas una noche
con el alma indefensa en el eco de las lágrimas.

Es tu mano la mano que me dan otras chicas,
son tus ojos los ojos detrás de sus miradas.

Es tu voz el susurro que vuela y me estremece
cuando otras al oído dulcemente me hablan.

Y estás en mis poesías y estás en mis recuerdos
y estás en las sonrisas que veo en otras caras.

En mi cama, despierto, te vigilo, dormido,
te sueño y aún hay alguien que tira de las sábanas.

No debí haberte escrito de amor esas poesías.
No creí que el amor como los sueños se acaba.

No pensé que no sólo acabaría contigo
sino que para siempre con todas se acababa.

Y ya porque te amé no puedo volver a amarte
ni puedo amar a las demás, porque te amaba.

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el antiguo poeta

Salió el poeta al fin de su madriguera
con los ojos ardiendo de poesía.
Buscó a los otros.
Nadie respondía a aquellos nombres.
Se le derramaron en la mano los versos que traía,
como agua en la arena,
como ruido en la melodía.
Cruzó las calles que rimaban
y aquellas que habían perdido la rima en las alcantarillas
Se fueron enfriando los caminos de sus ojos,
la melancolía.
Le secaron la lengua las palabras del polvo,
la triste decepción del que no entiende la poesía.
Cantó en las escasas farolas
que aún conservaban encendidas sus bombillas.
Pero no volvió
a la madriguera
ni a escribir en aquel cuaderno de lo que él había llamado poesía
No volvió a firmar en verso
y tiró en cada papelera
como los trozos de una tarjeta de crédito,
cada una de sus rimas
Y siguió para siempre recorriendo calles,
asumiendo lo que había,
asumiendo que después de todo los poetas eran otros
y no era poesía
lo que por las noches con estúpidas y ridículas palabras
en hojas demasiado blancas escribía.

No me han hecho las piedras de recuerdos
ni me han dado su piel para que llore.
No me dieron su vida de silencio
para que yo me calle
y nunca me enamore.

No le dieron su amor al movimiento
para escapar a un mundo sin colores
ni para ser el sol que está en el cielo
y se queda sentado
lejos de las flores.

No, no me dieron su sangre de desiertos
ni una vida enterrada en los temores.
No me han hecho las piedras de recuerdos.
Me han hecho de promesas
y de amores.

¡Enamórate, rosa!
Ya estoy enamorada.
Si en verdad lo estuvieras,
no estarías tan blanca.

Yo he visto rosas rojas
amantes del amor
y por enamoradas
ése era su color.

¡Ay! No me digas eso,
que yo por el amor
me puse así de blanca,
pues di hasta mi color.

Calamar que a la mar debes tu vida,
no dejes que la tinta te acorrale,
no dejes que lo oscuro que te sale
camufle tu mirada perseguida.

Calamar que al amar diste tu vida,
no dejes que el recuerdo te apuñale,
pues no existe en el mundo quien te iguale
al amar, calamar amoricida.

Calamar, calamar, la tinta es triste,
la negra soledad no es el secreto,
no creas en la oscura mar que viste.

Calamar, calamar, no estés tan quieto,
ve a buscar a la amada que perdiste
pues te amará otra vez, te lo prometo.

Ya no hay nada en el amor que sepa a nuevo
Todo lo fueron alumbrando las estrellas
y ese es el horrible problema que tienen
todas las cosas bellas.

Cuando quise darme cuenta
de por qué ya nunca amaba
esperé a ver si pasaba
de largo la tormenta.

Y a la luz de las estrellas
amé todas las poesías.
Pero me cansé de ellas…
sobre todo de las que más me conmovían.

Y así me pasó con cada cosa,
con cada palabra de amor que me dijiste
Y así me pasó con cada pétalo de rosa
y con las lágrimas que ya
no me ponen nunca triste.

Cuando el cielo vuelve al cauce del deseo
y las estrellas solo son piedras en el fondo.
Cuando el corazón navega con la soledad del viento
y aunque navega entre las flores, navega solo.
Entonces, no hay corazón que alumbre el cielo,
no hay mirada que se gire y diga todo,
no hay recuerdo que aún parezca verdadero,
no hay silencio de cristal que no esté roto.

Y uno empieza a comprender que en la vida
los ángeles solo son ángeles cuando están lejos
y una estrella que titila
puede llevar muerta mucho tiempo.

Y el cielo vuelve al cauce del deseo
y, a veces, el deseo se convierte en certidumbre
y, poco a poco, van perdiendo los secretos
su belleza cuando el viento los descubre.

Quizás no hiciera falta que escribiera
Garcilaso aquellos versos para ti
ni que Bécquer con sus rimas me enseñara
a soñar, a querer y a sonreír.

Quizás se haya quedado hace ya tiempo
la poesía en un tintero sin jardín
y los que sienten no lo saben
y a los que saben ya no les quedan ganas de sentir.

Quizás no debió haberse arrancado
Machado aquella espina por sufrir
porque al hacerlo se la arrancó al mundo
y el mundo poco a poco va dejando de latir.

Y si tu amor es una espina que se clava
y duele… pero hace al corazón latir
yo me clavaré mil espinas en el pecho
y escribiré miles de versos para ti.

Pues si gracias a aquellos que escribieron
mil versos de amor te conocí
para que tú me ames como a ellos,
no tengo más remedio que escribir

y lloraré si es lo que debo
y sufriré si hay que sufrir
porque eso es todo lo que puedo
darte a cambio de hacerme revivir.

Se van mis manos fuertes quedando sin respiro
y el soplo de mi alma pierde su inocencia.

¿Quién va? ¡No le conozco! ¡Es un extraño
que se adueña de mi cuerpo con violencia!

No soy quien fui, quien un día te amara.
Perdí por el camino todas mis reservas,

mis recuerdos de ti, mis estrellas en el cielo
se perdieron todas en la soledad más negra.

No soy quien fui, pero, ¿quién soy si no te amo?
A las puertas de la vida mi nombre te recuerda.

Mi nombre ya no es nada si tú no lo susurras
si tus labios no acarician cada una de sus letras.

Se va mi corazón derritiendo poco a poco;
mi alma, un bulto más, duerme arrugada en la maleta.

Ya no soy quien era. ¡Me robaste! ¿Dónde me escondes?
Ya que no soy quien soy, déjame al menos ser quien era.

Estoy vacío. Tú llenaste mi casa con tus cosas
y ahora ni siquiera tengo mis antiguas penas.

Por eso aprieto fuerte las manos contra el cielo
y odio como nunca a la poesía traicionera

y quisiera borrar todos los versos que te honran
para que en la distancia nunca más te quieran.

Es el final. No tengo nada. Sólo tenía estas palabras
y las desterré a este papel para que no vuelvan,

para que no me recuerden a ti alguna noche
cuando por fin consiga ser quien antes era.

Ya ves, prefiero estar vacío, sin soledad, sin letras,
antes que volver a dejar
que el amor se olvide de quién era.