No voy a seguir insistiendo.
Tú verás.
Ya sé que no siempre es cómodo
vivir con alguien que solo tiene ganas de soñar.
No estás enamorada de mí.
Da igual.
¿Para qué seguir insistiendo en que me acompañes
si ya sabemos que, aunque vayamos al mismo sitio,
nunca va a ser al mismo lugar?

No voy a seguir insistiendo.
Me temo que tú también vas a tener que asumir
que puedes fracasar,
que no solo los que soñamos a todas horas
invertimos en algunas personas tiempo de más.
Me temo que me echarás de menos.
Porque, aunque no es cómodo, siempre da esperanzas
vivir con alguien que encuentra algo bonito
en cualquier parte a la que va.
Me temo  que pasarás por alguno de nuestros sitios
y lamentarás brevemente que nos tuviéramos que separar.
Y, aunque estarás menos triste que yo por ello,
sentirás que al final eres tú quien ha perdido más.

Y no pasará nada, porque no has estado enamorada de mí.
Y yo no era de ti de quien me tenía que enamorar.
Ya somos mayorcitos para saber que en la vida
tener que insistir demasiado en algo
es un claro síntoma de estar perdiendo la verdadera oportunidad.

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Pues al final yo no era tan difícil.
Al final sabía querer igual que todos.
Soy raro, sí, y me enfado a veces,
pero nada que no vea que hacen otros.
¿Por qué no había encontrado a nadie antes?
Quizá porque nadie me había mirado de este modo.
Quizá porque hay poca gente que sepa distinguir
entre lo que dice uno y lo que siente en el fondo.
Quizá porque no supe venderme en estos tiempos,
y los que no vemos el mundo como una transacción somos muy pocos.
Quizá porque yo nunca he sabido mentir
y antes de presumir he preferido siempre emborronarlo todo.
Quizá porque siempre me he exigido demasiado
y creyéndome abocado a estropear mi mundo
he preferido estropearlo solo.
Quizá porque hasta que tú llegaste
siempre había creído que los demás me consideraban tonto.
Quizá porque solo tú entendiste que no basta con quererme,
que había que hacer que me dejara querer por otro.
Y eso no era tan difícil
o al menos no muy complicado en el fondo:
era ir limpiando cada día,
tarde a tarde, trozo a trozo,
las lágrimas grises que guardé en mi corazón
cuando cada golpe de la vida me parecía una razón más para estar solo.
No era tan difícil.
A ti desde luego te costó muy poco.
Me demostraste que quererme yo era quererte más a ti,
era querernos más a nosotros.

No puedo desaprovechar la oportunidad.
Algo relacionado con la poesía me ha contrariado.
Incluso hasta aquí llegan las reglas de la vida.
En todo se entromete el miedo al fracaso.
No pasa nada. No dejaré de escribir.
Escribiré más si acaso.
Y escribiré para mí.
Y para quien quiera comparar pasados.
Si por algo se cambia
es porque cuesta creerse que pueda existir
alguien que nos aprecie sin cambios.
Ahora volveré a ser más yo
y podré gustar mejor
a los que como yo huyen de lo que supuestamente
nos da más prestigio como humanos.
Volveré aún más a la sinceridad,
a dejar que las lágrimas borren letras si escribo llorando.
Volveré a volcar palabras
y a ordenarlas como pueda con la mano.
Y así me seguirá contrariando todo, incluso la poesía,
pero siempre estaré preparado,
siempre tendré algo que decir
porque el corazón, cuando está a gusto,
no se puede estar callado.

Yo soy de los que no enseñan las cartas
después del amor.
No me gusta enseñar cómo he perdido.
No me gusta que se sepa que con esas cartas
no debí arriesgar.
No me gusta que piensen
que también en esto
vendo trozos de vida antes de haberlos vivido.

Yo no enseño las cartas.
Que quepa la posibilidad
de que no haya perdido,
de que hasta a la persona que más daño me ha hecho
la deje ganar
para que no nos una el sentimiento de no haber podido.

Suelto las cartas bocabajo y me voy.
Y así vivo,
jugando demasiado para ver si un día gano,
pero sabiendo que pase lo que pase
seré yo el que saldrá vencido.

Algún día llegará la persona que entienda
que aposté todo lo vivido
para que ella lo apostara también
y sin mirar las cartas
se viniera conmigo.

¡Cómo te voy a olvidar!
Va a ser memorable.
Sí, trátame con desprecio,
con mucho desprecio,
que así será más épico mi olvido.

¡Cómo te voy a olvidar!
Tú sigue sin quererme,
que lo borraré todo
y no quedará huella de ti.

¡Cómo te voy a olvidar!
Voy a reventar recuerdos.
Desaparecerás completamente
y te arrebataré el papel de héroe
de mi vida.

¡Cómo te voy a olvidar!
Eso: ¿cómo te voy a olvidar?
Cómo te voy a olvidar
si ya debería haberlo hecho
y aún sigues.

¿Qué me pasa?
¿En serio no hay manera de que me libre?
¿No hay posibilidad de que me acuerde
de todas las cosas que me hacen feliz
cuando estoy triste?

¿Cómo se llamarán esas cosas
que uno nunca recuerda aunque no las olvide?
¿Adónde huirán
en cuanto notan el peligro de que las necesite?
¿Por qué siempre parece más cobarde
todo lo sensible?

¿Qué me pasa? ¿De verdad no he conseguido
ni que esas partes de mí a las que les interesa que yo esté bien
me auxilien?
¿Acaso me guardan rencor?
¿Acaso no saben que lo que tanto daño les hizo
a mí estuvo a punto de destruirme?

No sé. Quizá yo mismo las escondo
cuando me pongo triste
para que no las dañe la tristeza con su forma
de explicar tan bien que existen cosas imposibles.
Quizá debería estar más orgulloso de mí,
a pesar de estar a veces tan triste,
y entender que si lo estoy es porque escondo mis ganas de vivir
para que sigan creyendo que cualquier cosa es posible.

Madrileño, no muy feo,
listo, bueno, con el suficiente dinero.
El menos poeta de entre los poetas
y encima de los que ponen rima a los versos.
Soy el menos indicado para tocar el alma,
pero a casi todas horas lo intento.
Siento que no encajo entre los que no encajan,
que soy demasiado normal para lo raro que me veo,
que no puedo quejarme de la vida,
que lo que me hace sufrir es porque juego demasiado con los sentimientos
y que, si se me rompe alguno,
es porque me lo merezco.

De ciudad, ni siquiera fumador,
ese al que los padres ponían como ejemplo.
Alguien que antes de quejarse de las injusticias
trata de ver las que él mismo lleva dentro.
Toda la vida sintiendo que nació para ser otro,
que su mundo era mucho más fácil que todo esto.
Toda la vida complicándome:
siendo poeta, pudiendo ser uno más
de los que felizmente nacen muertos.

No me trates por quererte
como tratarías a alguien para que no te quisiera.
Me tendrás para siempre, sí,
pero haz que no me arrepienta.
Sabes que lo seguiré dando todo por ti,
pero haz que yo también me lo crea.

No me trates por quererte
como me tratarías para que no te quisiera,
que yo te trato a ti por quererte
mejor de lo que me trato a mí los días de menos tristeza.
Te he perdonado siempre, sí.
Es imposible que puedas conseguir que no te quiera,
pero haz que no intente convencerme
cada noche en la que te duermes un poco menos cerca.

No me trates por quererte
como si no quisieras que te quisiera,
que yo quiero quererte siempre
y sé que tú también
aunque a veces me trates como si no quisieras.

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Paso de mí.
A veces no me hago caso.
Me es difícil aguantarme
todo el rato.
Que sí, que sí,
que todo lo que hago al final resultará ser malo.
Que sí, que debería ser mejor,
que debería leerme todos los libros de mi cuarto.
Pero paso de mí,
que me sé poner muy pesado.
No me extraña que crea
que la gente se busca excusas para mirarme de lado.
Soy injusto.
Me exijo demasiado.
Muy pocas veces me premio.
Y luego me quejo de que la vida no premie
a los que nos esforzamos.

Lo pago todo conmigo.
Por eso a veces paso.
Me ignoro a mí mismo y no me reconcilio
hasta que no ha pasado un rato.
Al final siempre cedo
y admito que es mejor ponerse siempre en lo malo.
No es difícil convencerme:
basta con mirar a mi ventana
y ver todos los sueños que no la atravesaron.
Pero no hace falta recordarlo siempre;
no hay que ponerse tan pesado.
Es mejor a veces pasar de mí,
que el resto del tiempo me doy la razón demasiado.