Poemarios y libros completos

Estos son muchos de mis poemas, cuentos y demás narraciones, publicados aquí para sacarlos del polvoriento olvido que se acumula en mi cuarto:

Luego estamos los que preferimos imaginar (2015)

No es malo estar triste (2015)

La brutal esfera (que es la vida) (2015)

Entre una muerte que nace y una vida que muere (2015)

Lo que queda de 2007

Recorrer para llegar 2007

Canciones y otras tonterías

Sonetos

Poesías 2005

lo que escribió (o la banqueta)

post amorem (2004)

Vosotros que estáis ahí (2003)

agrias y tristes (2003)

el antiella (2003)

Dulce (2003)

Los ojos del mar me inundan

Pepe Frijuana

La magia de las luciérnagas (2002)

Dentrelasrosas (2002)

Cien lágrimas (2001)

Antología (1996-2007) (con algunos versos elegidos por mí, seguramente no los mejores)

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Lo vi en la ventana

Lo vi en la ventana. Como un reflejo o una imagen. Puede que existiera de verdad. Ya lo había leído en muchos otros cuentos. Aparece. Puede que sea yo mismo. Me escondo debajo de la sábana y lo veo. Cierro la persiana y sigue estando. Por eso creo que soy yo mismo ese monstruo verde que se ríe y que se mueve casi al mismo tiempo que yo.

Seguramente sea mi reflejo. Seguramente lo fuera. Ahora puede que ya sea un mero recuerdo de lo que fue. Es la imagen espantosa de mi infancia que envejece hasta llegar a mí, hasta llegar a mi ventana. Ellos me dijeron: “Por si acaso cómprate un piso alto, adonde no pueda escalar. Para que no te quede la incertidumbre de si eres tú o es otro el que te mira.” Yo no debería sentir esa incertidumbre porque bajo la persiana y sigue ahí, pero la tengo. No debía haberme comprado este piso bajo. Cualquier niño que haya leído esos cuentos puede asomarse a través de la persiana para asustarme.

Voy a salir con la escopeta. Tengo miedo de que sea mi reflejo y me dispare con la suya. Si la noche no fuera tan oscura quizás no existiría hoy ese reflejo. Si la vida no me hubiera llevado a este piso bajo, posiblemente no recordaría la cara de ese monstruo verde.
Estoy dando la vuelta al edificio. La ventana da al otro lado. Atravieso la esquina. Como un fantasma. Me pesa la escopeta. Supongo que a él también. ¿Es él? No es verde. Era el color del cristal. Está de pie mirando hacia la ventana. No me huele. No es mi reflejo. No lleva una escopeta. De repente se gira. ¿Y ese ruido? Me escondo. Corro hacia la puerta. La cierro. ¿Esos ojos? Esos ojos no son reales. Sólo los recuerdo. No es más que un recuerdo. Pero estaba ahí. Las miradas del tiempo no asustan de esa forma.

Vuelvo a mi cuarto. Él sigue mirando hacia donde estaba cuando le vi. Ojalá pudiera dejar de mirar a la ventana. ¿Qué me atrae de ese monstruo? De ese reflejo del tiempo. De ese recuerdo. De esa imagen. Parecía tan normal ahí fuera… Tan normal que su mirada me ha matado. ¿Cómo pudo hacer tanto ruido? ¡Dios mío! ¡Estoy sangrando! ¿Y la escopeta? La debí perder fuera con el susto. La tiene él ahí fuera. ¿Por qué me mira ahora? Yo sé que no es verde. No es un monstruo. Es simplemente un asesino o un ladrón que me ha disparado. Por eso será que estoy sangrando. Nunca había sangrado tanto. Y nunca había llegado a desaparecer el reflejo de la ventana. Estará viniendo hacia mí ahora que ha visto cómo estoy desfalleciendo. Estoy de rodillas y él seguramente ya habrá atravesado la esquina como un fantasma. Le pesará la escopeta. No sé si cerré la puerta. Tendrá llave. Su plan era perfecto. ¿Por qué entra asustado? Sangra. Tiene un disparo en el pecho. Habrá visto a alguien fuera. Yo creía que era él. ¿Por qué ha vuelto a la ventana? Si está dentro conmigo. Está dentro conmigo pero ya no tiene la escopeta. Lo veo en la ventana. Como un reflejo o una imagen. Puede que exista de verdad. Por eso nos ha matado a los dos con nuestra propia escopeta.

Y con este quejarme escribiendo
de que todo es en vano,
con estos paradójicos poemas
que no hacen más que dejar claro
que las cosas más bonitas
son las que se nos escapan de las manos,
no para cambiar el mundo
ni para mejorarlo
no para hacer que sea menos triste
ni para sentirnos más humanos,
no para que el mundo sea mejor,
sino para que siga siendo felizmente extraño.

Con este quejarme escribiendo
de la inanidad en la que vagamos,
con este quejarme escribiendo
sigo demostrando
que no importa lo vano que sea todo
que no importa que sea todo vano.
Lo que importa es que seguimos aquí
y que eso no tiene por qué ser malo.

Dos poemas de color verde

Estos son dos poemas verdemente inspirados en Lorca que escribí hace ya algún tiempo:

¡Dejadme subir!, dejadme
hasta las verdes barandas.
Federico Gª Lorca

–¡Dime que me quieres!
–No me dejan tus ojos.
–¡Dime que me adoras!
–No me dejan tus lágrimas.
–Dime que me amas.
–No me dejan tus suspiros.
–¿No me lo dices?
–No, porque eres verde
y tus ojos son verdes
y tus lágrimas son verdes
y tus suspiros son verdes.

***

–¡Dime que me quieres!
–No me deja el corazón.
–¿Entonces no me quieres?
–Sí te quiero, amor.
–¿Aunque mis labios sean verdes?
–A pesar de su color.
–¿Y por qué no me lo dices?
–Porque mis palabras no lo son


Verde viento. Verdes ramas.
Federico Gª Lorca

La sangre es poesía roja,
roja y llena de batallas.
Líquido de amor cansado
y de falsas esperanzas.

La sangre es poesía roja,
roja de vergüenza rara
de la vida adolescente
y el pudor de sus palabras.

La sangre es poesía roja,
roja de muerte lejana,
que, regando el corazón,
quiere con furia alejarla.

La sangre es poesía roja,
roja cuando se me escapa
y la veo ennegrecer
como el miedo de la nada.

Mi poesía es sangre roja,
roja de absurdas palabras
y roja de los latidos
que arremeten contra mi alma.

Mi poesía es sangre roja,
roja y roja en mi garganta.
Yo me limito a escupirla
y a releerla sin ganas.

Mi poesía es sangre roja,
pero tú eres viento verde,
verdes ramas de esmeraldas;
verdes son tus labios tenues.

La sangre es poesía roja
y tú, verde, no la entiendes.
Mi poesía es sangre roja
y aun así, verde me quieres.

Cuanto más busco en el verde
más me desangro en palabras
y más me acerco a la muerte
muy roja sin tu mirada.

¿Cuántas veces me dará tiempo a decirte que te quiero?
¿Cuánto dura la vida?
¿Cuántos días exactos estaré a tu lado?
¿Cuánto durará esta alegría?

Mejor no contar las horas.
Mejor no hacer cálculos en días.
Porque el amor tiene ese don extraño
de hacer que todo acabe durando más de lo que parecía,
de que las horas que pasaron en segundos
al recordar se claven en el alma como días,
como noches en que no estuve a tu lado
aunque en mi pecho apoyada te dormías.

Por eso es mejor no calcular el tiempo ahora,
que no quiero perderte un día
y ver que también  perdí la cuenta:
que llegué a quererte más de lo que creía.

2015-05-25 14.47.47

Pidió que se callaran las estrellas
¿Es una mancha o una sombra lo que tapa mi sonrisa?
Se fue hacia un lado,
vio que la sombra allí seguía.
Comprendió
que el amor cuando se acaba
deja manchas
que no se pueden quitar
ni cuando llega un nuevo día.

20150522_114752

Odia mirar el mar porque es inmenso.
Su infinito camino le estremece
y a cada ola el dolor en su alma crece
inundado de aquel piélago intenso.

Odia mirar el mar porque está solo.
La irónica soledad de sus vientos
toa su corazón entre lamentos
y le deja en sí mismo solo, solo.

Odia mirar el mar porque es del cielo:
estrellas que cayeron azuladas
a la arena amarilla, enamoradas
de su color, luciérnagas de hielo.

Odia mirar el mar porque hace ruido
y le abrasa el silencio de la nada
y obliga a su memoria abandonada
a recordar aquel naufragio. Olvido.

Odia mirar el mar porque es reencuentro
con lo que olvidó una noche de brisa,
con las lágrimas que escondió su risa
y con lo que debió sacar de dentro.

Odia mirar el mar porque otras veces
paseaba con su amada por la arena,
librando a las estrellas de su pena
y alimentando de amor a los peces.

Odia mirar el mar porque está muerto.
Muerto está y siembra muerte a navegantes
que, de su perversidad ignorantes,
no dejaron sus vidas en el puerto.

Por eso tira piedras a sus olas,
porque ellas se llevaron a su amada
de espuma de azucenas encerrada
dejando a las estrellas solas, solas.

Por eso lanza gritos destrozados,
porque el mar robó al cielo los luceros
y sus ojos, que no eran marineros,
murieron en el piélago ahogados.

Odia mirar el mar porque no hay nada.
Nada en su soledad ni en su mentira.
Se marcha desolado, ya no mira
las aguas que mataron a su amada.

Y, odiándose a sí mismo y sin pensar,
vuelve como si nada con las rosas,
que un día le advirtieron virtuosas
que no se enamorara nunca del mar.

Piensa siempre
que por algo pasa todo
y que, si no pasa,
es porque nunca pasaría.

Piensa que no hay nada
en este mundo que no pase
y que al pasar no termine
como se termina un día.

Piensa siempre
que por algo pasa todo,
piensa que, si no, no pasaría.

Piensa que lo malo
es cuando ya no pasa nada,
cuando de pronto pasamos al siguiente día.

Ya, pero ¿por qué eso es
una respuesta?
¿Qué significado tiene
que alguien te quiera?

Sigues sin saber por qué has nacido,
aún te sorprende que la gente muera.
Sabes todavía que no sabes nada
y no encuentras por ahí nadie que sepa.
Sueñas despierto por las noches todavía
y sigues dudando de las estrellas.
Te despiertas cada día esperando algún milagro
antes incluso de acordarte de ella.

Ya, soy consciente de que sigo
sin encontrar la respuesta,
pero la cuestión es que ahora
hago las preguntas de otra manera.
Y aunque sigo no sabiendo nada,
sé al menos que no es solo inexplicable lo que hay ahí fuera,
sé que quizás el amor
es lo que une todo aquello para lo que no hay respuesta.

Estaré así un tiempo distraído.
Por lo menos mientras esté a mi lado ella.

COGER EL VIENTO

Llegué a la vida yo como quien llega
a un sitio que conoce aunque no entiende
Llegué a la vida así, sin voz, sin fechas
llegué con el temor del que se pierde.

Apreté por querer coger el viento
los dedos de la mano siendo niño.
Ya entonces sospeché que no era cierto
que son nuestras las cosas que sentimos.

Quise oler una rosa y por tocarla
entendí que lo bello siempre duele,
que no hay nada en la vida que no traiga
junto a un recuerdo un pálpito de muerte.

Conté una vez de noche las estrellas.
Algún tiempo después volví a contarlas.
Y supe cuando no encontré una nueva
que la muerte no sirve para nada.

Viajé después lo más lejos que pude
queriendo así olvidarme de mi casa
y en ese mundo extraño entonces supe
que peor aún que la vida es recordarla.

Cansado en mis recuerdos me detuve
y dejé que la vida me arrastrara
como un tronco partido que se hunde
inmerso en la corriente que lo baja.

Salí a flote una tarde, de repente
y me agarré con fuerza de una rama
y dejé que pasara la corriente
mientras yo, poco a poco, me secaba.

Seco ya abandoné un día la orilla
y me adentré sin miedo entre las flores.
No me asustaban ya ni las espinas
ni el que haya tantos días como noches.

De rama en rama, flor a flor, anduve
sin querer comprender bien lo que hacía
y así creyéndome feliz estuve
dejándome llevar por la alegría.

Los años que siguieron fueron tristes,
pues si es triste saber que uno está solo,
más triste es si la muerte viene y dice
que aún se puede estar más después de todo.

Perdido y enfadado lloré mucho.
Yo, que un día aprendí que todo es aire.
Yo, que un día aprendí que en este mundo
es inútil incluso lamentarse.

En ese estado estaba cuando vino
a mis ojos su viento y su mirada,
y la dulce fragancia del destino
me demostró que no sabía nada.

Llegó a mi vida así, como quien llega
a un sitio que conoce aunque no entiende
y yo entonces deduje que era ella
el viento que escapó, el rosal que duele.

Llegó para enseñarme que en la vida
no hace falta mirar a las estrellas,
que la muerte no es más que una salida
y que no es importante cuándo llega.

Llegó para enseñarme que la vida
no es ni feliz ni triste ni es perfecta
que la corriente puede arrastrar días
pero a mí  no podrá si estoy con ella.

Llegó para ordenarme los recuerdos
Llegó para enseñarme que no hay nada
que no pueda vivirse en un momento
a pesar de que luego se deshaga.

Llegó para enseñarme que la vida
al fin y al cabo es demasiado larga
y que intentar vivir todos los días
es obviar los segundos cuando pasan.