No voy a seguir insistiendo.
Tú verás.
Ya sé que no siempre es cómodo
vivir con alguien que solo tiene ganas de soñar.
No estás enamorada de mí.
Da igual.
¿Para qué seguir insistiendo en que me acompañes
si ya sabemos que, aunque vayamos al mismo sitio,
nunca va a ser al mismo lugar?

No voy a seguir insistiendo.
Me temo que tú también vas a tener que asumir
que puedes fracasar,
que no solo los que soñamos a todas horas
invertimos en algunas personas tiempo de más.
Me temo que me echarás de menos.
Porque, aunque no es cómodo, siempre da esperanzas
vivir con alguien que encuentra algo bonito
en cualquier parte a la que va.
Me temo  que pasarás por alguno de nuestros sitios
y lamentarás brevemente que nos tuviéramos que separar.
Y, aunque estarás menos triste que yo por ello,
sentirás que al final eres tú quien ha perdido más.

Y no pasará nada, porque no has estado enamorada de mí.
Y yo no era de ti de quien me tenía que enamorar.
Ya somos mayorcitos para saber que en la vida
tener que insistir demasiado en algo
es un claro síntoma de estar perdiendo la verdadera oportunidad.

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Paso de mí.
A veces no me hago caso.
Me es difícil aguantarme
todo el rato.
Que sí, que sí,
que todo lo que hago al final resultará ser malo.
Que sí, que debería ser mejor,
que debería leerme todos los libros de mi cuarto.
Pero paso de mí,
que me sé poner muy pesado.
No me extraña que crea
que la gente se busca excusas para mirarme de lado.
Soy injusto.
Me exijo demasiado.
Muy pocas veces me premio.
Y luego me quejo de que la vida no premie
a los que nos esforzamos.

Lo pago todo conmigo.
Por eso a veces paso.
Me ignoro a mí mismo y no me reconcilio
hasta que no ha pasado un rato.
Al final siempre cedo
y admito que es mejor ponerse siempre en lo malo.
No es difícil convencerme:
basta con mirar a mi ventana
y ver todos los sueños que no la atravesaron.
Pero no hace falta recordarlo siempre;
no hay que ponerse tan pesado.
Es mejor a veces pasar de mí,
que el resto del tiempo me doy la razón demasiado.