Treinta y uno.
Empiezo a pensar
que voy a ser siempre así,
que va a ser siempre así.
Que no se cambia
aunque se madura.
Tendré que empezar a vivir con lo que ya tengo,
dejar de confiar en que algún día seré mejor,
en que todo era un entrenamiento.

Llevo viviendo desde que empecé.
Es difícil de creer
pero quizás en lo que se cambia es en eso,
en entender por fin que no se cambia,
en aceptar por fin las cosas que tenemos
como nuestra personalidad.
Empezar a ver que somos una figura
como el resto,
que no estamos tan difuminados
como sugieren nuestros pensamientos,
que hay gente que nos ve,
que hay gente que piensa en nosotros
y para los que somos los otros en sus miedos,
que hay quienes probablemente nos tengan envidia
porque nos ven igual que les vemos nosotros a ellos:
desde fuera, sin entender
que todos empezamos a vivir desde el comienzo,
que todos nos preparamos mucho para no cambiar nunca
aunque un día cambiemos
en la forma de entenderlo todo,
de saber que somos algo y que somos ciertos.

Treinta y uno y sigo aquí,
igual de bueno,
o igual de malo, no lo sé,
el caso es que con la figura al fin cerrada en el espejo.
Por fin levanto el brazo izquierdo y no parece
que esté levantando el derecho.

Todo eran sonrisas
hasta que ella vino
con sus ojos enormes
a mirarlo todo,
a enseñarme que la vida
no es solo lo que tengo alrededor.

Todo eran sonrisas
hasta que ella vino
a sacarme las lágrimas
que escondía en mi interior.

Todo eran sonrisas;
no hay más que ver las fotos.

Sí. Todo eran sonrisas
hasta que ella vino aquella noche
a empeorarme a mejor.