Tampoco era por medio del amor.
Ahora lo entiendo.

Nada hay que explique
hacia dónde vamos,
por qué nos movemos.

Por eso da igual
cómo nos coloquemos,
el camino que emprendamos,
desde dónde sople el viento.
Tampoco si fuera posible importaría
que nos quedáramos quietos.

Pero yo sigo aún sin entender
a qué viene pues este remordimiento
que pesa como una bola de plomo
y me presiona el pecho,
este peso que me instiga
a quedarme quieto
a sentir que a pesar de todo
a pesar de mis defectos
a pesar de que sigo sin saber por qué me quieres
a pesar de lo mucho que te quiero,
un peso horrible me obliga a responderte
sin saber ni siquiera
a lo que estoy respondiendo.

Un peso que me obliga a quedarme junto a ti,
un extraño presentimiento,
un anhelo de que otro como yo
sufra mis mismos sentimientos,
una extraña ansia de que tú y yo
aumentemos la cadena de eslabones en movimiento,
de seres que preguntan dónde,
de seres que preguntan cuánto tiempo,
de seres que preguntan por qué
sin saber siquiera
si alguien les está oyendo,
de seres que cumplen una misión,
sin siquiera saber si la están cumpliendo,
de seres que no saben
si preguntar es algo,
porque las preguntas en verdad
las han inventado ellos.

Creo que por primera vez
lo hice bien desde el principio.
Me empecé por enamorar de tus defectos,
los mejores que conozco,
los más divertidos y los más tristes,
y luego ya fue todo fácil.
Cuando menos te quiero
pienso en lo que me gustabas
cuando solo eras defectos
cuando eras mi preciosidad defectuosa,
mi alma gemela,
la muestra
de que lo que más le preocupa a uno desde siempre
es lo que más y mejor enamora luego
al que por fin llega
y te quiere de verdad,
la muestra de que los defectos
son en lo que más gusta parecerse
porque son lo más triste y divertido
que uno tiene.