Me gusta la gramática.
Y por eso me gusta la poesía.
O al revés.
Me gustan las palabras milimétricas,
las que con precisión miden
la longitud de la garganta,
el tamaño de mi corazón,
la nitidez de los matices,
las deícticas terribles diferencias
entre los pronombres «tú» y «yo».

Me gusta la poesía.
Y por eso me gusta la gramática.
O al revés.
Me gusta controlar
todos los rasgos que se esconden
detrás de los símbolos escuálidos
a quienes confío mi alma,
a quienes dejo mis recuerdos
como unos padres a su hijo
en su primer día de guardería, fuera de casa.

Por eso me gusta la gramática.
Por eso me gusta la poesía.
Porque cuanto más froto mi tiempo sobre ellas
más nítido veo el reflejo
de lo que se esconde en su interior,
en mi interior,
en mi gramatical ternura,
en las minúsculas sintáctico-semánticas partículas
de mi poético y a simple vista inexistente
instinto de amor.
O al revés:
amor por el instinto
de los poéticos sintagmas
que me permiten disfrutar de la tristeza de ser yo.