Lo siento por desaparecer a veces.
A veces
prefiero no estar,
quiero dejar de seguir haciendo daño
y desaparecer sin más.

No pienses que es que no te quiero.
No pienses que es que te voy a dejar.
Es solo que a veces
pierdo el control de todo
y prefiero no molestar.

Como mínimo has hecho
que me vea igual todos los días.
Aún recuerdo los domingos
cuando en el yo de entre semana no me reconocía.
No entendía cómo podía estar
tan distraído con la vida,
cómo podía estar sin recordar que me faltaba algo
durante cinco días.
Era como si fuera otra persona,
como si no fuera yo. No lo entendía.
Me daba rabia dejarme llevar de esa manera
por la alegre e inconsciente rutina.

Pero ahora tú como mínimo has hecho
que me vea igual todos los días
que los domingos no me avergüence
de esa persona que soy entre semana tan distinta
y que entre semana no tema que se acerquen
los estúpidos domingos de ajena melancolía.

Mi novio no me hace nada
si antes no apaga la luz
(Mi novio es bobo de Nacho Vegas y Free Reega)

Acércate.
Ven a darme un beso,
pero apaga la luz antes,
no vayas a ver mis sentimientos.

Que no te asuste mi tristeza,
aún soy capaz de querer, creo.
Por si acaso no mires, no toques,
quizás tampoco a ti te guste que sea demasiado bueno.

Apaga la luz, que me da vergüenza
que veas mis defectos,
que levantes mi corazón
y veas escondidos debajo demasiados recuerdos.

Ven a darme un beso, sí,
pero apaga la luz primero.
Y cierra los ojos.
No mires muy dentro.

O quizás, antes de que te asustes,
mejor no vengas a darme un beso,
que siento que ni apagando la luz
te apetecerán mis sentimientos.

¿Cómo se puede vencer
a la terrible idea de que se va a morir?
De muchas formas:

Cantando,
con la extraña felicidad
de saber que se está vivo
y no saber por qué.
Con esa sonrisilla maliciosa
del que cree que no merece lo que tiene
pero disfruta con ello.

Escribiendo, leyendo.
Comprobando que todos tuvieron la muerte al fondo
y la vencieron,
dejándose caer en lo bonito que es hacer cosas
sin ningún motivo,
porque sí,
porque estamos vivos.

Riendo, sobre todo riendo,
como el loco que se ríe
atravesado por flechas.
Así se ve lo poco que importa cualquier idea
y más la idea de la muerte,
que es la única que ya no sabremos si era cierta,
y si lo sabemos
querrá decir que la muerte
solo es un paso
de un lado a otro
donde ya no haremos caso
a las locas ideas
inventadas por el hombre
para hacer más épica la vida,
aunque ello haya implicado
temer a la muerte.

¿Cómo vencer a la muerte?
Cantando, riendo,
sabiendo que no se pierde nada.
Y si se siente que se pierde
es porque todo lo que aparenta ser un final
suena a derrota.

Yo la venzo escribiendo
porque así se ve más claramente
que todo no es más que palabras en un papel
y que el precio de disfrutar de la vida
es ser conscientes de que se muere
y el precio de amar
es que el final sea siempre triste y duela.

Si hemos decidido ser así
aceptemos lo que venga
riendo
porque al fin y al cabo ya se sabe
que los más tristes finales
son los que han tenido las historias más bonitas,
los que demuestran
que da igual cuándo llegue
porque por el mismo precio
nos dan la posibilidad de vencer cualquier dolor
y de completar con recuerdos
las historias que se acaban demasiado pronto.

Se te oía un silbido en el corazón.
¿O era un lamento?
No era el indicio de una enfermedad.
Se notaba en el silbido un sentimiento.

¿Era grave? No lo sé.
No te dije nada, pero te abracé y te di un beso.
Yo también sé lo que es estar con la persona más querida
y aun así sentir tristeza y miedo.

Ahora pienso en ti y recuerdo con qué pena
el silbido se me metió por el cuerpo,
con esa pena tan vacía
que da el dolor ajeno,
ese dolor que recuerda que hay cosas inevitables
por mucho que otra persona vaya a nuestro lado y la abracemos.

El silbido en tu corazón me hizo recordar
la incertidumbre que todos tenemos
por cosas que al final seguramente no sean nada,
pero que ni un fuerte abrazo consigue a veces que las olvidemos.

Has vuelto.
Yo sé que no, pero has vuelto.
Te noto en una idea
que me llega justo a tiempo.
Te noto sin que estés,
en todos mis recuerdos.

Algunos dirán que no,
que no vuelven los muertos.
Claro que no vuelven como ellos piensan.
Eso podría dar hasta miedo.
Como vuelven es de la forma perfecta
para ayudarnos sin quitarnos méritos,
como volveríamos cada uno de nosotros
para seguir queriendo.

No. No. No.
No más frasecitas ingeniosas
que no hacen más que seguir mareando la perdiz.
O, al menos, no solo esas frases,
esos versos sin fecha de nacimiento,
sin lugar de origen porque están en todas partes.
Hace falta escribir con ganas
o no escribir.
Escribir creyendo haber hallado la manera
de curar un pensamiento,
de encontrar por fin de dónde viene el ruido
y no taparlo con ingeniosas —a veces— melodías,
con juegos de palabras.

No. No. No.
Eso solo sirve para seguir igual de felices,
en esa felicidad dicharachera
supuestamente ingenua, pero tan soberbia
como el que desprecia todos los momentos
que los poetas del pasado
han dedicado a entender la realidad por nosotros,
por la ciencia
y por todos los que siguen insistiendo
en que se nos puede describir con palabras,
con versos viajeros.
Es hora de empezar a mirar los huecos
supuestamente vacíos
de los que en nuestra mayor parte estamos hechos.

Eso es.
Somos el medio por el que se manifiesta lo transparente.
No sé si será gracias al lenguaje
o si el lenguaje no hace más que dejarlo patente.

No sé cómo lo hemos hecho,
si nos eligieron o si surgió de repente.
No lo sé, pero somos la pantalla
en la que se ve lo transparente.
A veces está distorsionado,
a veces no se entiende,
pero así al menos se sabe
que está presente.

Es eso y no otra cosa
lo que debería preocupar a la gente,
lo que habría que estudiar
para entenderlo completamente.

Eso es.
Por eso la poesía a veces duele.
No porque hable de amores perdidos
o de la muerte,
sino porque habla de cosas que creemos atrapar
pero que aún se nos resbalan y se pierden,
porque nos invita a creer,
pero aún le falta una prueba concluyente,
el verso que se pueda ver
aunque todas sus palabras sean transparentes.

Dicen que el amor puede a la distancia,
que puede al tiempo.
¿Es que entonces
nuestro amor no es verdadero?
Siento que cada día que pasa
estás menos cerca, pero igual de lejos:
Siento que se me acaban las formas
de decirte que te quiero,
cosa que jamás me pasaba
cuando estábamos juntos con las formas de darte besos.
Siento que tú también te cansas
de que haya pantallas siempre en medio.
Siento que los días empiezan a ser normales
y que empiezo a estar cómoda en ellos.
Empiezo a recordar cómo sobreviví
los días antes de que me arrancaras los recuerdos.
Siento que no vuelves
y que cada vez duran más los días que nos vemos.
Siento que tu nombre empieza a recordarme a ti
en vez de acariciarte como antes al momento.
¿Es que acaso nuestro amor
no es verdadero?

Sí lo es.
Hemos vencido a la distancia y al tiempo.
Me ves menos cerca
porque me he subido a las estrellas a lanzarte besos.
Ya no encuentras formas de decirme que me quieres
porque solo hay una forma: cada vez que te veo.
No me cansa que haya pantallas entre medias.
Tu corazón se notaba igual con las costillas en medio.
Los días te empiezan a parecer normales
porque uno también se acostumbra a lo perfecto,
a lo perfectos que siguen siendo los días
ahora que sabemos arrancar malos recuerdos.
Y no duran más porque sean aburridos
sino porque en las estrellas pasa más despacio el tiempo.
Por eso mi nombre llega a veces tarde.
Pero es que aquí no hay que hacer caso a lo que vemos.
La distancia está haciendo que entendamos
que las palabras vuelan más despacio que los sentimientos
y que intentar entenderlo todo con palabras
hace que siempre nos sintamos lejos.

¿Aún no sabes si nuestro amor
es verdadero?
Yo lo que no sé es cómo alguien puede saber lo que eso es
sin haber estado cerca de ti y lejos.
Cerca de ti el tiempo no importa porque está parado
y lejos de ti lo acelero yo con mis sentimientos.
La distancia es igual de pequeña a tu lado
que lejos de ti, porque te quiero
y cuando se quiere el corazón late tan fuerte
que no hay costilla ni pantalla ni distancia que pueda detenerlo
que le impida ocupar
el mundo entero.
Y así no tiene que volver nunca a tu lado
porque siempre te tuvo dentro.

¿Estaríamos mejor cerca? Sí, seguramente,
pero no seríamos conscientes, quizás,
de lo mucho que nos queremos.

Ya no sabes a recuerdos.
¿Has besado a otros?
Ya no sabes a tus besos.
Besaba mejor tu foto.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué has vuelto?
¿Acaso ya sabes lo que es de verdad un corazón roto?
¿Ya has visto que yo era como era
pero al menos era distinto a otros?

Ahora vuelves, pero ya es difícil
que recordemos exactamente cómo era todo.
Esto no es como montar en bici:
las cosas aquí se olvidan pronto.

Puedo hacer como que no sé
que has besado a otros.
Y podemos colocar de nuevo nuestras cosas,
pero para saber dónde iban habrá que mirar fotos,
para saber que ahí había algo
habrá que mirar si dejó algo una marca en el polvo.

Podemos fingir, en fin, que los besos
siguen sabiendo a nosotros.
Pero siempre notaremos
que estamos actuando, que somos
como dobles de nosotros mismos,
que es un escenario todo.

Así que mejor ve a tu cuarto,
desordena todas mis fotos.
Limpia los surcos que los sueños dejaron
en el polvo.

No olvides que aunque estuvimos tan unidos
nos conocimos de casualidad en el fondo.
Dejemos, pues, que la vida nos enseñe
y volvamos a ser nosotros,
aunque ahora sea cada uno por su lado,
que es exactamente como estábamos
antes de estar a punto de no conocernos por poco.