El tiempo es la más cruel manera
de saber que falta algo,
que falta algo
y que es imposible reponerlo.

El tiempo es la mirada que se calla
pero mira sospechosa sabiendo lo que ha hecho.

El tiempo está en el punto en el que aún parece que se puede,
aunque es imposible, vencerlo.

Es el tiempo
y no hay nada que hacer:
hemos construido la vida sobre sus cimientos.
Se le puede dar la vuelta a todo,
pero entonces faltará lo que aún tenemos.

Es lo triste de tener,
es lo triste de los sentimientos,
que solo les damos sentido
si duran algún tiempo.

Si entendiéramos que en verdad no duran nada,
que solo ocupan un momento,
sabríamos que amar no tiene dirección
y que el tiempo es solo
una forma de darle una historia a nuestros sentimientos,
y que, por eso, como cualquier  historia,
la vida tiene momentos malos y momentos buenos.

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En respuesta, quizás, a «Se deja de querer»
de José Ángel Buesa.

Lo malo es que no se deja de querer en un momento.
Se sigue queriendo.
No importa saber que estar juntos
es el único camino que no lleva al amor verdadero.
Se sigue queriendo,
y eso es lo malo,
que se siguen conociendo las reacciones de la otra persona
ante los recuerdos.
Y se sigue sabiendo
lo que la otra persona opinará
de las últimas noticias, de los últimos sucesos.
Eso es lo malo,
que el amor se confunde fácilmente con seguir queriendo,
y seguir queriendo a veces,
incluso aunque los dos sigan queriendo,
puede no ser más que el contradictorio temor,
el miedo,
de que en la espera de acabar con esa inútil relación
se vaya con otro nuestro amor verdadero.

Se deja de querer, sí,
pero a veces es peor seguir queriendo.