No soy nadie.
No soy nadie.

Pero eres alguien, chaval.
Aunque te escondas
en el último rincón de tu existencia.
Eres alguien, chaval.
No hay nada que te libre
de ser parte de este mundo.
Eres alguien, chaval.

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Hay algunos lunes, muy pocos,
en los que me siento como nuevo.
Nada más despertarme me asaltan las penas,
pero yo me las quito de encima con un simple «hoy no quiero».
Salgo a la calle y miro a todos con ternura.
Sonrío ante sus malas caras y no me preocupo por ellos.
¿Alguien se ha muerto porque sea lunes? No.
Aunque sea verdad que lunes a lunes nos vamos destruyendo.
Pero esos lunes ni siquiera eso me importa.
Me siento como cuando llevé a la casa del terror a mis primos pequeños.
Cambió mi perspectiva: simplemente por saber que debía proteger
se me quitaron todos los miedos.
Y así me siento algunos lunes,
como si al final me hubiera ayudado escribir tantos versos,
como si por fin lo entendiera todo.
Al final es posible olvidar también todos los días malos en un día bueno.
Me dan ganas de parar a alguien y decirle: «No te preocupes.
Yo he visto que las preocupaciones son solo sentimientos.
Y los sentimientos no pueden hacernos nada
si no queremos».

Hay algunos lunes, muy pocos,
en los que veo todo lo que me suele asustar
desde lejos
y no me siento tonto por dejarme asustar otras veces.
Me entiendo.
Y es que me creo que lo sé todo del ser humano,
que sé más incluso que el día que me mareé
cuando me dieron el primer beso.
Me creo que sé más que cuando lloro.
Y puede que sea cierto.
Puede incluso que sea mejor
aunque se divirtieran más que yo aquel día mis primos pequeños.
Puede que no haga falta saber
por qué queremos tener sentimientos,
por qué nos reímos cuando contamos
el miedo que nos siguen dando algunos sueños,
por qué nos une tanto contarnos los viernes
el sueño y la tristeza que cada lunes tenemos.
Puede que no haga falta
saber nada de esto.
Puede que estando siempre como yo algún lunes
fuéramos perfectos.
Pero, si algo me hace escribir esos lunes,
si algo de inseguridad me queda por dentro,
es esa tendencia que tiene todo
a ser al final mejor si es imperfecto.

Mi novio no me hace nada
si antes no apaga la luz
(Mi novio es bobo de Nacho Vegas y Free Reega)

Acércate.
Ven a darme un beso,
pero apaga la luz antes,
no vayas a ver mis sentimientos.

Que no te asuste mi tristeza,
aún soy capaz de querer, creo.
Por si acaso no mires, no toques,
quizás tampoco a ti te guste que sea demasiado bueno.

Apaga la luz, que me da vergüenza
que veas mis defectos,
que levantes mi corazón
y veas escondidos debajo demasiados recuerdos.

Ven a darme un beso, sí,
pero apaga la luz primero.
Y cierra los ojos.
No mires muy dentro.

O quizás, antes de que te asustes,
mejor no vengas a darme un beso,
que siento que ni apagando la luz
te apetecerán mis sentimientos.

El tiempo es la más cruel manera
de saber que falta algo,
que falta algo
y que es imposible reponerlo.

El tiempo es la mirada que se calla
pero mira sospechosa sabiendo lo que ha hecho.

El tiempo está en el punto en el que aún parece que se puede,
aunque es imposible, vencerlo.

Es el tiempo
y no hay nada que hacer:
hemos construido la vida sobre sus cimientos.
Se le puede dar la vuelta a todo,
pero entonces faltará lo que aún tenemos.

Es lo triste de tener,
es lo triste de los sentimientos,
que solo les damos sentido
si duran algún tiempo.

Si entendiéramos que en verdad no duran nada,
que solo ocupan un momento,
sabríamos que amar no tiene dirección
y que el tiempo es solo
una forma de darle una historia a nuestros sentimientos,
y que, por eso, como cualquier  historia,
la vida tiene momentos malos y momentos buenos.

No te preocupes.
Estoy bien.
No pasa nada si hoy no nos vemos.

Sí pasa,
pero la vida me ha enseñado
a no manifestar mis sentimientos.

Sí pasa
y por no decirte ahora
que no estoy bien,
que te echo de menos,
otro día seguramente saltaré
y tal vez querré que lo dejemos.

Pero no te preocupes.
También estará bien
y no pasará nada si no nos vemos,
porque la vida me enseñó
a enterrar mis sentimientos.

Pero sí que pasará,
te echaré de menos.
Lo bueno es que entonces
cuando ya no estés
asumiré que hice bien
en camuflar mis sentimientos.

No cometo faltas de ortografía
pero sí me salto los signos de puntuación
cuando escribo poesía
Mi alma tiene prisa
A diferencia del cerebro
el corazón no parece entender bien la sintaxis
No hay puntos entre versos
porque los sentimientos son solo uno
como una fue la que me destrozó
Y a pesar de que ahora tengo más tiempo del que tenía antes
para recordarla
no tengo tiempo para pararme en las comas
y distinguir si este sentimiento es de tristeza
o de pena o de amor por otra o de alegría de que por fin se fuera
Qué más da si como los planetas
y las estrellas
estos sentimientos no son más que restos
del gran sentimiento central que tenía
cuando creía en el amor
cuando era ingenuo y pensaba
que si algo estaba bien
se podía quedar así para siempre

Entre el corazón y la garganta,
en esa parte donde tanto duele guardar cosas
porque no hay donde dejarlas.
Ahí se quedan los últimos tequieros,
los últimos impulsos necesarios para dar un beso.
Por eso duelen más que los demás.
Porque aprietan
y uno no sabe si expulsarlos
como triste aire que cree que tiene un sitio adonde ir
o tragarlos
y esconderlos en el cuarto
donde los sentimientos saltan ilusionados
cada vez que oyen pasos fuera.

Entre el corazón y la garganta,
en esa parte que no está preparada
para guardar cosas para siempre,
en esa parte que no se ha adaptado
a la condición del ser humano de amar a medias.