Lo que escuece no es que nos dejen,
es que la persona se queje de las cosas que hemos hecho mal.
Dan ganas en esos momentos
de contraatacar,
de decir que la otra persona también ha tenido errores.
Posiblemente más.
Pero entonces caemos en la cuenta
de que eso es lo peor al final:
que no nos dejan porque nos hayamos equivocado,
sino porque no nos querían en verdad.
Por eso no sirve de nada
sacar todo lo malo y protestar,
intentar convencer a la otra persona
de que no es justo porque ella ha hecho más cosas mal.
No. Como mucho podríamos quejarnos
de que no haya sabido aguantar.
Pero si no ha sabido no es porque sea mala persona,
sino simplemente porque no llegó a querernos de verdad.
Si lo hubiera hecho,
por ningún motivo nos habría querido dejar.
Casi, por mucho que escueza, habría que agradecer
que se haya tomado la molestia de explicarnos por qué se va.
Pero lo mejor siempre, cuando se crea que el motivo es injusto,
es dejar que la persona se vaya. Y ya está.

Anuncios

Y ya está.
Hemos pasado
la esquina más difícil de pasar.
Hemos aprendido
que decir las cosas
también es importante para amar.
Ya solo nos queda
dejar la vida pasar
que si yo me quedo pensativo
no dudes ni un segundo en protestar,
que si tú te quedas sin respuestas,
yo me quede sin ganas de preguntar,
que no queramos entenderlo todo
porque eso no es amar:
eso es intentar buscar excusas
para no vivir como los demás,
eso es intentar parar la esfera
sin quererla realmente parar,
eso es quejarse de vivir con algo
sin lo cual no nos podríamos quejar,
eso es creer que un sentimiento
es algo más que un trozo de metal.
Y ya está,
¿para qué queremos mejorar algo
que lo único que hace de esa forma es empeorar?
¿para qué queremos llenar de adornos algo
que está muy bien ya como está,
que ni es nada ni lo es todo,
pero que es algo
y ya está?