Y yo que creía tener poca autoestima
y aun así creí que ese beso era para mí.
¿Cómo iba a ser —pensé ya tarde—
si a mí me alejan del amor las ganas de escribir?
A golpe de verso fui dándote forma
para demostrar que el amor y la poesía no pueden convivir,
busqué cualquier excusa para sentir de otro ese beso
para que mi autoestima dejara de mirarme y de presumir.
Y es que no podía ser para mí aquel beso
y no podían mis versos de siempre ser para ti.
Tú eras la alegría de estar vivo.
Yo era la sombra de una muerte feliz.
Así conseguí hacer que aquel beso
terminara siendo un error, igual que el día en que te lo di.
Y así le di la razón a mi falta de autoestima
y pude concentrarme otra vez en mi miedo a morir.
Pero pronto cuando ya no estabas levanté la vista del papel y supe
que realmente no importaba si aquel beso era para mí,
que no importaba que no hubieras pensado en mí antes,
lo que importaba fue lo que, pese a mis intentos, conseguimos construir.
Supe entonces que mi falta de autoestima
en verdad no era más que falta de ti.
Y volví y no me costó conseguir darte otro beso.
Dijiste que es que hay cosas que es imposible destruir.
Sin embargo, en tus labios o en tu voz o en mis recuerdos
esta vez sí que supe que el beso no era para mí.
Mi autoestima entonces dijo que cualquiera si se pone puede conseguir un beso
pero que no será para él nunca si no deja que le haga feliz.

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