No me sale querer como decís que debo.
¿No es posible encontrar alguien con quien poder querer normal?
¿De verdad es necesario hacerse el interesante,
saber manejar los tiempos,
no dar un beso aunque nos apetezca besar?

No me sale querer así.
A mí que me escriban nunca me viene mal
y no me agobia que me quieran ver todos los días,
puedo dejar cualquier cosa a medias o esforzarme en acabarla antes con tal de quedar.

Ya lo sé. Querer es cosa de dos personas
y hay que saberse adaptar.
Pero sé que existe la persona
con la misma forma que yo de querer de verdad.

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El tiempo es la más cruel manera
de saber que falta algo,
que falta algo
y que es imposible reponerlo.

El tiempo es la mirada que se calla
pero mira sospechosa sabiendo lo que ha hecho.

El tiempo está en el punto en el que aún parece que se puede,
aunque es imposible, vencerlo.

Es el tiempo
y no hay nada que hacer:
hemos construido la vida sobre sus cimientos.
Se le puede dar la vuelta a todo,
pero entonces faltará lo que aún tenemos.

Es lo triste de tener,
es lo triste de los sentimientos,
que solo les damos sentido
si duran algún tiempo.

Si entendiéramos que en verdad no duran nada,
que solo ocupan un momento,
sabríamos que amar no tiene dirección
y que el tiempo es solo
una forma de darle una historia a nuestros sentimientos,
y que, por eso, como cualquier  historia,
la vida tiene momentos malos y momentos buenos.

Solo tú eres capaz
de hacer que no importe
que el alma duela.

Solo tú eres capaz
de explicarme por qué
la vida es tan bonita aunque al final se muera.

Solo tú,
porque tú sabes de tristeza,
porque tú sabes que tener miedo no es malo,
que no es malo huir a veces ni siquiera.

Solo tú eres capaz de reconciliarme con las cosas
que nunca he enseñado porque me daba vergüenza.

Solo tú eres capaz de hacer que en el fondo de mi alma
pueda llegarme a creer que alguien me quiera.

Y así ya el miedo
no da tanta vergüenza.
Y que acabe un día no importa
porque solo un día contigo ya mereció la pena.

Hay gente que aprende.
Se sienten raros y aprenden.
No se paran a pensar
que quien tendría que aprender
es el resto de la gente.
Se sienten poco queridos,
pero les aseguran que les quieren
y ellos aprenden;
creen que su manera de querer es peor
porque es diferente.

Y así van cayendo
en la normalidad del resto de la gente,
porque darle siempre la razón al resto
es una de las capacidades que tienen.

Hay gente que aprende.
Y es una pena, pero aprenden.
Por suerte aunque dejan de lado muchas cosas suyas
no se olvidan nunca de querer como ellos quieren.
Por eso algunas veces, a algunas horas sienten
que nadie les quiere tanto como quieren ellos
y aunque enseguida se les pasa y vuelven
en el fondo siguen dando el mismo amor
y encontrándolo en el resto de la gente.

Es solo una milésima de segundo.
Y pasa como con esa llamada
que no da tiempo a localizar.
El alma toca la esencia de la vida,
pero no le da tiempo a mirar.
No le da tiempo a encontrar la palabra
que pueda traerla a nuestra realidad.
Solo a veces si dos palabras precisas
justo en ese momento se llegan a juntar
se puede entender una pizca de esa esencia,
de la verdad.
Y es difícil, pero hay poetas
que consiguen quedarse allí un poquito más
y así les da tiempo a juntar más palabras
y así consiguen a veces acertar.
Cuando eso pasa no hay alma
a la que sus palabras no consigan llegar.
Y esa milésima de segundo
se convierte para siempre en muestra clara
de la eterna belleza de la humanidad.

¡Qué distinto es todo!
A ti sí te veo entre la lluvia.
Estás ahí en las tardes de más tristeza,
en las que de todas las cosas por hacer no me apetece hacer ninguna.

Estás ahí y me puedo quedar mirando a la ventana
porque ahora el tedio de vivir está más lejos que tu figura
y se ve peor y ya tienen sentido los momentos de no hacer nada
porque hasta esos momentos ahora ya nos juntan.

Estás ahí, sí, estás y te veo
hasta cuando se me mete en los ojos la lluvia.

¡Qué distinto es todo!
Es como ir por encima de las nubes en avión
y que llover solo parezca una cuestión de altura.
Es como llorar y que las lágrimas parezcan
pelos que se caen, como cortarse las uñas.
Tú haces que los días que lo absorben todo
los vea desde fuera con indiferencia pura,
como el que ve caer partes de él por el desagüe
y no le importa porque entiende que esas partes no son ya suyas.

La tristeza es deshacerse de cosas
que luego siempre vuelven a crecer. No hay duda.
Ahora lo sé,
ahora que ya entiendo por qué de vez en cuando llueve,
ahora que a ti sí te veo entre la lluvia.

No me digas que te has muerto, ¿vale?
Déjame vivir con esa ilusión.
Deja que siga apuntándome cosas
para preguntarte cuando volvamos a estar juntos los dos.

No me digas que te has ido para siempre,
que ya empiezo a sospecharlo yo.
Dime, no sé, que han retrasado tu vuelo,
que hay una complicada avería en el avión.

No me digas que ya te es imposible quererme,
deja que lo note poco a poco en lo bajito que va sonando tu voz.
Pero, de verdad, no me digas que ahora ya te es imposible quererme
ni que te has ido para siempre, ni que la muerte te llevó.

¿Por qué va a ser menos el amor de ahora
solo porque ya no den golpes los latidos de tu corazón?
¿Qué tontería es esa?
¿Acaso se reduce a golpes y pensamientos el amor?

No me digas que te has muerto, ¿vale?
Que no quiero caer en la tentación
de pensar que todo se acaba un día porque somos
solo carne que mientras se mueve está viva
y luego ya no.

He dicho muchas cosas.
He hablado del amor.
He creído capturar sentimientos
y algunas veces al leerlos hasta he sentido un poco de emoción.
Me he ido librando de las penas.
Eso, si me he acordado de que al escribir se me calma un poco la voz.
Pero no he sabido condenar palabras al olvido,
para que no me recordaran inútilmente lo que ya acabó.

Ahora, en estos tiempos en que todo encaja,
cuando por fin escribir no es solo vaciar el corazón,
cuando no hay tema que me asuste,
cuando puedo llorar sin tenerme que pedir luego perdón.
Ahora siento al escribir una emoción parecida
a la que sentía al leer los versos más tristes que la vida me arrancó.
Y veo que no era tristeza, que no era pena
ni dolor,
que hay un sentimiento de existencia
más profundo al fondo del corazón.
Es un sentimiento que tienen las personas más felices,
pero también las personas que están tan tristes como llegué a estarlo yo.
Ese sentimiento puede parecer malo o bueno
dependiendo de la situación,
dependiendo de si no saber para qué estamos
se toma como la respuesta que se guarda un malvado dios
o si lo tomamos en cambio como un interesante y libre
signo de interrogación.
Lo malo es que a veces no podemos elegir cómo mirarlo.
Pero sí podemos elegir nuestra reacción;
igual que cuando nos hacen una pregunta
podemos contestar… o no.

Lo bonito es saber que hay un secreto
al fondo del corazón
y que somos capaces de verlo
si somos capaces de ver más allá del dolor.
Porque las cosas nos pueden doler mucho,
puede ser incluso injusto que a nosotros nos pasen tantas desgracias y a otros no,
pero sentir ese dolor demuestra
que estamos en disposición
de ser felices si entendemos que a cualquier pregunta del mundo
se puede responder que sí, pero también que no,
y que decir que no no siempre es malo
por mucho que la pregunta nos la haga el corazón.

Yo he dicho muchas cosas,
hasta he hablado mal del amor
y he sufrido posiblemente demasiado
porque hay penas a las que hasta que no estuve a tu lado no supe decirles NO.
No entendía que decirle no a la muerte, a los recuerdos,
a algunos versos, a la vida que ya se acabó
no es olvidarlos para siempre,
es dejarlos como estaban
cuando la muerte se los llevó,
igual que el que vive lejos de alguien querido
y aunque lo nota no sufre
porque no sabe en verdad que hace ya tiempo que murió.
La vida, pase lo que pase, es siempre vida mientras dura
y a cualquier cosa que demuestre lo contrario basta con decirle: NO.