(Van pasando los años…)
Para los recuerdos lo lejos es imposible.
El tiempo llama a gritos pero no hay manera
de volver al otro lado.
La vida está partida
en momentos del pasado.
Los que se fueron no vuelven
y los que vuelven es que en verdad nunca se marcharon.
Los latidos lo marcan:
Silencio. Latido. Silencio.
Eso da igual para los que nunca se enamoraron.
Silencio. Mujer. Silencio.
Pasado. Latido. Pasado.
En la mano una sombra. Un temor en el pecho.
Ojalá nunca me hubieran besado.
Todo. Latido. Todo.
Todo termina acabando.
Como la vida, como las fotos de mi cuarto,
como las cosas que un día veo
y al siguiente creo que he soñado.
Los recuerdos están tan lejos…
Nadie ha logrado alcanzarlos.
Pero se siguen viendo, se siguen viendo
allí al otro lado
y siguen sonando y siguen oliendo
y siguen teniendo algo que contarnos,
siguen teniendo sabor a vida,
sabor a poder recuperarlos.

Silencio. Latido. Silencio.
Giro la cabeza. Cierro los ojos. Ando.
Me pongo la mano en el corazón.
Noto que me falta algo.
Son más largos los latidos
del que no está enamorado,
del que no tiene la vida partida
en mil pedazos,
del que no tiene millones de recuerdos
y trata de alcanzarlos.

La vida es Silencio. Latido. Silencio. Silencio. Silencio…
El silencio acaba siendo cada vez más largo,
hasta que ni siquiera los recuerdos
son capaces ya de despertarnos.

El amor como la muerte
aletean acechantes en el aire
¡Qué poco amor cabe en la muerte!
¡Cuánta muerte cabe en el amor!

Demasiado tarde para amarte.
Los ojos son estrellas que se quedan quietas
y que solo se mueven cuando ya no arden.

Demasiado tarde para amarte.
Las tardes suelen ser más cortas que la vida
y, sin embargo, fue muy larga aquella tarde.

Demasiada tarde para amarte.
Demasiada al amar a quien la vida aleja
por alguna razón que solo el polvo sabe.

Demasiada tarde para amarte.
Los ojos son estrellas que no dicen nada.
No dicen nada pero parece que hablasen.
Los ojos son estrellas que solo se mueven
cuando, en verdad, ya es todo demasiado tarde.

Todos maduraron.
Yo me divertí durante demasiado tiempo.
Huí de los reclamos de la vida
pero la vida no se cansó de seguir pidiendo.
Todo lo que fui tragando
no pensé que se fuera a quedar dentro.
Ahora parece que voy madurando
y voy entendiendo de qué va esto.

Todos maduraron demasiado pronto
o acaso es que yo fui el más lento.
Cuando descubrí la farsa de mi alegría
ya tenía muchas lágrimas al descubierto.
Me había dado cuenta de que la vida puede ser muy triste
si en vez de tener sueños tenemos sueño
y acabamos madurando como todos
y caemos del árbol sin recuerdos.
Todos maduraron demasiado pronto
dejando de un lado sus sueños,
cansados de una vida que no apetece,
mirando hacia atrás y viéndome riendo,
viendo al que maduró el último,
al que maduró más lento,
al que sigue ilusionado con cosas imposibles
y sigue confundiendo la vida con los sueños.

si el tiempo, en fin, tuviese potestad…

                                                               Felipe Benítez Reyes

No culpo al tiempo de
mi profunda tristeza.

Él se me ofreció
Yo no lo quise.

Él lo puso todo de su parte
mientras yo me hundía en el recuerdo.

¡Ah! El recuerdo
Todos éramos mejores antes

Si el tiempo no corriera tan deprisa
el pasado no se convertiría tan pronto en recuerdos.

No, no culpo al tiempo de
mi profunda tristeza.

No culpo al pasado de cristal
cuando el olvido lo rompe en añicos de recuerdos.

Culpo a la vida
que nos deja demasiado tiempo para recordar.

(No hay dolor que un buen pecho no resista
No hay pena que no quepa en un recuerdo
No hay mal que en un suspiro no se vaya
No hay días que no acaben con el tiempo)

A una madre, de un hijo que pierde a su padre

¿Por qué lloras? No hay nada que no pase.
Acabarás cambiando ese dolor por un beso.
Acabarán brillando las estrellas. No llores.
Desde allí te saludan las almas que murieron.

El amor no se acaba. Era mentira.
Lo único que se acaba son los cuerpos.
Pero a la noche no le importa, sigue apagando
todos los días, para que te quieran, el cielo.

¿Por qué lloras? Hay cosas que no vuelven,
pero mira a esa viuda sonriendo.
Se puso en las heridas de la muerte
tiritas de recuerdos.

Lo sé. Hay muchas veces que es terrible
vivir ciertos momentos
y no hay rincón del alma que no hayas recorrido
para buscar un poco de consuelo.

¿Por qué lloras? ¿No ves nada que tenga
un poco de sentido para ti, un destello
de esperanza en la vida al que agarrarte,
algún verso de amor, de esos que paran el tiempo?

Sí. ¿Para qué parar el tiempo ahora
si lo mejor es que siga corriendo?
Te digo que la vida da sorpresas
y todo lo que quita lo acaba reponiendo.

¿Por qué lloras? Verás qué pronto te llama un ángel
y te cumple un deseo.
Verás qué pronto llega una mirada
y se posa en alguno de tus sueños.

¿Lo ves? Ya son suspiros las lágrimas de antes.
Pronto serán bellísimos recuerdos.
Y luego acabarán siendo palabras que den
a quien como tú llore, aliento.

Dame un abrazo. No es tan malo llorar a veces.
Nadie nos prometió una vida sin sufrimiento.
Y aunque nadie nos dijo nunca por qué morimos,
tampoco nos contó por qué nacemos.

Ahora dame la mano y miremos los dos juntos
aquella estrella que ayer no brillaba en el cielo.
Quizá entiendas que los mismos por los que se sufre tanto
son los que nos dan luego la mano y el consuelo.

¿Cuántas estrellas caben en el cielo
en las noches que paso a solas?
A ti como nunca te importaron esas cosas…

¡Cuántas estrellas me dejaste
en mi ventana rotas
como quien le da a un niño un caramelo
para que deje de abrir la boca…!

Caben demasiadas estrellas en el cielo,
caben demasiadas cosas,
demasiados recuerdos esparcidos por la noche,
demasiados pétalos de rosa.

Caben demasiadas palabras con sentido,
demasiadas imágenes borrosas
y miles de corazones para ti…
pero a ti nunca te importaron esas cosas.

¿Cuántas estrellas caben en el cielo
en las noches silenciosas?
Las contaría una a una
si las pudiera contar todas,
si no fuera una tontería
porque a ti esas cosas no te importan.

Pesaba menos. ¡Dios mío!
Pesaba menos después de escribir esa poesía.
Como si hubiera perdido alma,
como si se me hubieran caído trozos de melancolía.
Pesaba menos. ¡Dios mío! Pesaba menos.
Como si las palabras pesaran, como si pesara la vida,
como si se me hubiera escapado tristeza
en miligramos de poesía.