Bajaba de noche
por aquel sendero,
solo en mi tristeza,
triste en mi silencio.

El campo dormía,
estaba desierto;
allí moría yo
con mis pensamientos.

Este es el camino
dulce de mis sueños,
este es el camino
que va al cementerio.

Yo vengo aquí siempre,
preparo mi entierro
solo con mi tumba,
solo bajo el cielo.

Pasear aquí
es por donde suelo
cuando me extravío,
cuando desespero

y me falta algo
y noto que no puedo,
cuando estoy vacío
y sé que me muero.

José Mª Roméu. Sábado, 10 de noviembre de 1967. De Recuerdos de mi juventud

Al poeta:

Aquel hombre loco que veíais sonriendo
cuando su vida se llenaba de tristeza.
Aquel hombre feliz y desgraciado
era el poeta.

Aquel hombre que paseaba por las calles
apestando a recuerdos y promesas.
Aquel hombre sin futuro
era el poeta.

Aquel hombre que soñaba en las esquinas
con la mirada a veces cayendo por las escaleras.
Aquel hombre que aprendió a dejar de amar muy pronto,
aquel, era el poeta.

Aquel que confundía las pupilas
con sombras del amor y las estrellas.
Aquel que lamentaba haber nacido,
aquel, sin duda, era el poeta.

Aquel que acarició cada palabra entre sus dedos.
Aquel hombre que murió por impaciencia.
Aquel que quiso capturar el cielo, el mar, el amor, los recuerdos, la pena.
Aquel hombre, sin lugar a dudas, aquel hombre.
Aquel que abandonó los versos y las rimas, las palabras con sentido, el corazón, las noches a solas, las lágrimas.
Aquel hombre que acabó quedándose sin voz,
era el poeta.