¿Otra vez? ¿De verdad?
Pero si ya tenía
la vida más o menos controlada.
Si ya había aprendido a aceptar
que no pasa nada por estar triste,
que es una cosa de un día,
que se pasa de repente.
Pero nada.
Otra vez con la tristeza de siempre.
No me vale con tener la novia que siempre había soñado,
no me vale tener un proyecto tan bueno a punto de empezar.
Siempre consigo encontrar algo
con lo que preocuparme
y sentir que a partir de ahora
ya no me va a dejar de preocupar.
No es ni siquiera saber que un día todo esto se acaba.
Es como un vacío,
la sensación de que un segundo
es lo mismo que una vida.
Es sentir que vale más lo que no he hecho
que los supuestos logros que he conseguido hasta ahora.
Es precisamente eso lo que me hace caerme mal,
lo que me hace pensar que caigo mal a todo el mundo,
que todos se ríen de cómo vivo por detrás de mí
y lamentan cómo desperdicio mi vida
con lo listo que yo era.
Pero tampoco es que envidie yo sus vidas.
Solo envidio que ellos hayan sabido adaptarse
y por lo menos sepan vivir creyendo estar a gusto
en este mundo en el que asusta de igual manera que todo se acabe un día
como que no se acabe nunca.

¿De verdad fue así? ¿Eso fue todo?
¿Tanto me costaba perdonarte?
¿Por qué los recuerdos siempre actúan
cuando ya es demasiado tarde?
¿Solo porque no te escribí
o porque a ti no te llegó el mensaje?
¿Tanto poder tienen las palabras?
¿Tanto puede influir una frase?

No creo que fuera así. Algo más hubo.
Algo nos tuvo que pasar antes.
O quizás es que para quererse
no basta con admirarse.
No entendimos que los defectos
son inevitables
y que por eso las reacciones
son lo más importante.

Tuvo que ser eso. Por eso me marché,
a pesar de que creo que llegué a perdonarte.
Por eso no te escribí.
Por eso no te llegó el mensaje.
Por eso los recuerdos
actúan tan tarde.
Y es mejor, porque tienen el defecto
de elegir solo las mejores partes,
porque no entienden de la vida,
porque son parciales
y siempre al que recuerda
es al que declaran culpable.

De verdad fue así. Eso fue todo.
Así es como aprendí a olvidarte
y aprendí a esperar
a quien hasta discutiendo supiera amarme.
Y tú no tenías la culpa.
Por eso no me costó perdonarte.
El que ignora los recuerdos
sabe que nunca hay culpables.
Pero sí hay cómplices
cuando el delito es amarse,
cuando la culpa es de los dos
porque el móvil es el mismo por las dos partes,
cuando el futuro es el presente,
cuando los recuerdos son reales
y están desde el principio ahí
y por eso no van a actuar ya nunca tarde.