Es solo una milésima de segundo.
Y pasa como con esa llamada
que no da tiempo a localizar.
El alma toca la esencia de la vida,
pero no le da tiempo a mirar.
No le da tiempo a encontrar la palabra
que pueda traerla a nuestra realidad.
Solo a veces si dos palabras precisas
justo en ese momento se llegan a juntar
se puede entender una pizca de esa esencia,
de la verdad.
Y es difícil, pero hay poetas
que consiguen quedarse allí un poquito más
y así les da tiempo a juntar más palabras
y así consiguen a veces acertar.
Cuando eso pasa no hay alma
a la que sus palabras no consigan llegar.
Y esa milésima de segundo
se convierte para siempre en muestra clara
de la eterna belleza de la humanidad.

¡Qué pequeño soy
cuando no valgo para nada!
¿Por qué entonces no desaparezco?
Si soy el umbral
entre la muerte y el nacimiento.
¿Por qué sigo aquí?
Si soy lo justo para sentir
que sobro y que molesto
y que es mejor para todos
si desaparezco.

¡Qué pequeño soy!
¡Qué pequeño!
¡Qué ganas de desaparecer!
Pero es que no valgo ni para eso.
Tan pequeño soy
que no me puede caber nada dentro,
pero algo tiene que haber
para que yo pueda sentirme tan pequeño.

Y ese algo es la esencia de todo,
la esencia que solo ven los pequeños,
los que podrían llegar a desaparecer por los demás,
los que asumen siempre que la culpa es de ellos,
los que consiguen que a pesar de todo,
el mundo siga pareciendo bueno,
los que hacen que tanta gente se sienta grande
gracias a que ellos son tan pequeños.