Es que es un fracaso.
Es que es haber gastado
—no quiero decir perdido—
mucho tiempo.
Es que es haberse acostumbrado
a no percibir que si se va rápido
el aire parece viento.
Es que es haberlo hecho mal
y encima no poder contárselo a quien siempre le contamos esto.

Es que terminar una relación
es arrepentirse de hacer lo correcto,
es llamarse a uno mismo tonto
por no haberse dado cuenta a tiempo.
Es enfadarse con los que decían que lo dejáramos
y con los que decían que siguiéramos.
Es tener angustia por salir,
pero más por refugiarse dentro.
Es desconfiar del destino
y creer que no sirve para algo todo lo que hacemos.

Si es que terminar una relación
no es solo sentirse solo, dejar de ser querido, estar lejos
es mucho más, es la bronca
que nos echan nuestros padres cuando nos caemos de pequeños,
es sentir que te ha fallado la mejor persona,
que eres torpe hasta para cuidar a quien más quieres, hasta para eso.
Es preferir mirar atrás en vez de al frente
porque hacia atrás se llora, pero se llora menos.
Es no tener ninguna esperanza,
es estar cuesta arriba y poner punto muerto.
Es que nos dé rabia hasta saber
que llegará un día en que nos alegremos.

Es que terminar una relación
es un fracaso. No hay duda de eso.
Pero como en todos los fracasos
se puede aprovechar el momento
para reorganizarlo y configurar bien todo
ahora que habrá que comprarse, como si fuera un móvil, un corazón nuevo.

Para eso no hace falta pensar
que se podría estar peor, que es injusto que nos quejemos,
ni siquiera
que todo lo cura el tiempo.
Hay que aceptar que se ha hecho mal,
que fuimos tontos, sí, que nos lo merecemos,
pero sabiendo que hay que continuar hacia adelante
por mucho que hacia atrás vayamos a llorar menos.

Que en la mochila de la vida
todos tenemos un agujero
por donde cualquier fracaso
siempre se va cayendo.
Si volvemos hacia atrás
nos reencontraremos
el fracaso caído
al volver a andar hacia delante de nuevo.

He fracasado en todo.
Y no.
No es el afán de poeta
de que todo me salga mal para regocijo de generaciones venideras.
No. Es lo que siento,
es el fracaso de no haber escrito
ni un solo verso que me explote en la mano,
es el fracaso de no haber sabido estar callado
más de un día.

He fracasado en todo.
¿Para qué me habré preocupado tanto
para conseguir tan poco?
Soy peor de lo que era antes.
Incluso aunque ahora escriba mejor, que es posible,
soy peor en todo.
Como si todo lo que hubiera hecho hasta ahora
no hubiera servido para nada
sino para cansarme
y estar igual que antes,
pero, obviamente, más cansado.

He fracasado en todo. No hay duda.
Y lo peor y misterioso es que sigo intentándolo.
Quizás sea esa la razón por la que nacemos.
Quizás sea esa la razón por la que un día nos vamos.

Dices que estás triste pero estás bien:
no se te ve preocupado.

Es que estar triste
no es del todo malo.
Es como tener un cajón vacío
y no saber con qué llenarlo.
Es como andar hacia atrás
sin saber lo que se está pisando.
Es como rascarse uno mismo
sin gusto pero en el punto exacto.
Es como besar a alguien
de quien no se está enamorado.

¿Y todo para qué?

Para empezar de nuevo
y no sentirse fracasado.
Para avanzar sin ver adónde,
pero seguir avanzando.
Para aprender a estar solos,
por si caemos enamorados.
Para saber perder a alguien
sin que nos amargue la culpa de que se haya marchado.
Estar triste no es una opción de algunos.
Estar triste no es innecesario.
Estar triste es la emoción que todos
para encajar los golpes de la vida
necesitamos.

A una muchacha quizás muerta

Déjenme recordarla
José Ángel Buesa

Hoy te cogería de las manos suavemente
y te besaría como aquellas veces.
Olvidémonos de las promesas que no se cumplieron
Hoy hace justo cuatro años que sonó un “te quiero”.
Recordemos solamente ese instante
como si no hubiera pasado nada después ni nada antes.
Recordemos nuestros ojos en aquel momento,
sin un rasgo de dolor ni una gota de lamento.
Dejemos a un lado las noches absurdas
de dos almas que se quieren y no están juntas.
Recordemos. Solamente recordemos.
Cada uno en su cuarto o donde estemos.
Y así, otra vez, unidos por aquel te quiero,
quizás volvamos a encender la llama del amor verdadero
y, aunque sea de otros, porque ya no podemos amarnos,
quizás otra vez volvamos a enamorarnos.

No es nada raro. En la vida las cosas pasan:
la gente muere, los amores fracasan.
Y, a pesar de todo, el corazón sigue palpitando
como si no se diera cuenta de lo que está pasando.
Y seguimos sufriendo sin sentido
lo que debió caer en su momento en el olvido.
No hay nada que evite que estas cosas sucedan.
Los olores más amargos son los que se quedan,
como una lágrima en la tinta de un te quiero perdido,
como el olor de la tarde en que asumí
que ya te habías ido.