Como las olas, que a golpes van
acercándose a mis chanclas
y las rozan poco a poco
y las arrastran luego lentamente
hasta acercarlas a otras olas
para expulsarlas después.
Como las olas,
que tras ese jugueteo con mis chanclas
finalmente las engullen
y las van llevando adentro
más y más lejos de la orilla
hasta hacerlas desaparecer.
Como las olas,
que aunque empujan hacia fuera
engullen hacia dentro.
Como las olas.
Así es el amor.
Y yo
como unas chanclas en la orilla,
aceptando que me arrastren,
con la sola resistencia
de unos surcos en la arena,
de unos surcos que son solo
caricias que enseguida
las olas borrarán.
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Y así es con todo.
Lo que un día me emociona,
enseguida lo convierto en polvo.
Es imposible que así
llegue algún día a ser otro.
Es imposible que así
encuentre una respuesta
que lo explique todo.
En cuanto algo me emociona
lo razono.
Y así es con todo.
Y así paso por la vida,
de un episodio en otro
sin llegar realmente en ninguno
a ver el fondo.
y ella echa a temblar: «Yo también te quiero»
Ismael Serrano
Para que no lloraras
no quise ser posesivo
y dejé que te fueras por ahí
aunque quería que quedaras conmigo.
Para que me quisieras
dejé mis celos a un lado
y dejé que hablaras con otros,
que fueras con ellos al cine,
que les cogieras de la mano.
Para que no lloraras
siempre tenía una sonrisa
aunque estuviera enfadado y triste
porque hacía días que no nos veíamos.
Para que me quisieras
dejé de llamarte
para que no te agobiaras
y pudieras tener tiempo para ti.
Para que no lloraras
no grité ni me puse nervioso el día
que te vi besándote con otro.
Para que me quisieras
ni siquiera te dije que te había visto
y para que no te dieras cuenta
pegué uno a uno rápido los pedacitos
de mi corazón roto.
Para que no lloraras
te dejé marcharte aquel día,
¿para qué iba a forzarte
a que te quedaras conmigo si no querías?
Y al cabo del tiempo
cuando ya no podía hacer nada en la distancia
para que me quisieras,
cuando ya lo había tirado todo a la basura,
me llamaste y me dijiste:
“Te quiero”
Yo, aunque ya no te quería,
para que no lloraras te dije:
“Yo también te quiero”.
¿Qué sabrá ella de las puertas
que hay cerradas en mi alma?
¿Qué sabrá
de los caminos que hay en su interior?
¿Qué sabrá de mi vida
y de todo lo que he muerto?
¿Qué sabrá ella
que no sepa yo?
¿Sabrá quizás que algunas veces quise
parpadear para siempre, imitar a una flor?
¿Sabrá quizás que no siempre fue tan fácil
arrancar por las mañanas las lágrimas del colchón?
¿Sabrá quizás que hay puertas que no importa para abrirlas
si nunca nadie las cerró?
¿Sabrá quizás
que algunas de las puertas que cerré esos días
en verdad no las cerraba yo?
Lo sabe, sí lo sabe.
¿Cómo iba a estar aquí, si no,
sentada en esa parte de mi alma
donde tanto tiempo tardé en sentarme yo?
Dices que estás triste pero estás bien:
no se te ve preocupado.
Es que estar triste
no es del todo malo.
Es como tener un cajón vacío
y no saber con qué llenarlo.
Es como andar hacia atrás
sin saber lo que se está pisando.
Es como rascarse uno mismo
sin gusto pero en el punto exacto.
Es como besar a alguien
de quien no se está enamorado.
¿Y todo para qué?
Para empezar de nuevo
y no sentirse fracasado.
Para avanzar sin ver adónde,
pero seguir avanzando.
Para aprender a estar solos,
por si caemos enamorados.
Para saber perder a alguien
sin que nos amargue la culpa de que se haya marchado.
Estar triste no es una opción de algunos.
Estar triste no es innecesario.
Estar triste es la emoción que todos
para encajar los golpes de la vida
necesitamos.
Nunca, nunca otros besos te besarán así
Sara Hübner
¡Cuánta gente advierte a quien le deja
que no encontrará un amor tan grande en otros!
Habla su corazón enrabietado
de que le dejen solo.
¡Cuánta gente amenaza al despedirse
con irse para siempre!
Pero se deja, simulando olvido,
el corazón por si vuelve.
¡Cuánta gente termina convencida
de que solo su amor fue el verdadero!
Y puede ser verdad,
pero lo cierto
es que da igual si fue el mejor:
el que realmente gana es siempre el tiempo.
¡Ay! ¡A cuántos encandila el tiempo!
¡Con qué facilidad se curan muchos solo con vivir!
El tiempo nos sabe decir siempre
exactamente lo que queremos oír.
Pero más valdría detenerse.
Comprender que solo ama el que sabe esperar,
al que no le importa haber desperdiciado amor con otros
porque eso no era realmente amar.
¡Qué cerca está aún el día en que te fuiste
y tú qué lejos!
¡Qué cerca está tu mano de la mía
y tú qué lejos!
¡Qué cerca estás tú todavía
pero qué lejos… qué lejos!
¡Qué tremendamente asimétrico
es el tiempo!
¿De verdad me quieres?
Si soy el viento
que a veces tiene fuerza,
pero luego se calma
y nadie sabe dónde está.
¿De verdad me quieres?
Si soy el fuego
que abrasa con sus llamas,
pero requiere para eso
algo que quemar.
¿De verdad me quieres?
Si soy el agua
que limpia y que refresca,
pero si no se controla
lo inunda todo y puede ahogar.
¿De verdad me quieres?
Si soy la música
que un día calla
y estridente te recuerda
el silencio que antes
no te hacía llorar.
¿De verdad me quieres?
Si soy la extraña visión de la vida,
el que te llevará a un mundo fantástico
del que solo yo
te podré sacar.
¿De verdad me quieres?
Si soy el amor que te amará siempre,
sabiendo que no siempre
le será posible amar.
¡De verdad me quieres!
Porque el viento, el fuego, el agua,
la música, mi extraña visión de la vida,
mi amor terrible,
no hacen más que intentar asustarte
y tú no te vas.
Como el niño que llora
en su cumpleaños.
Bien dicho.
Como el que consigue lo que quiere
y aún siente que le falta todo.
Así estoy.
Así voy desplazándome
de una época en la que me convencí
de que lo mejor era estar solo
a una época en la que no entiendo
cómo pude estar solo tanto tiempo.
Y así estoy, bien dicho.
Como el niño al que la desazón se come
cuando por fin consigue
todo lo que quiere,
como si se perdiera todo con ello,
como si restara.
Como si el día más feliz fuera el más triste
y amar no fuera sino el comienzo
de empezar a tener miedo de perder.
