Me esperabas en tu cuarto
viendo en la noche llover.
Tu alma era una rosa
temblorosa y ya sin fe.
Le regalaste a la luna
tus lágrimas de mujer
y le dijiste vencida:
«Yo nunca le olvidaré».
La tristeza más profunda
se escondió bajo tu piel.

Al otro lado del cielo
yo te esperaba sin fe.
Intentaba distraerme
escribiendo en un papel;
pero al verlo tan intacto
me recordaba a tu piel
y escribí sumido en llanto:
«Yo nunca la olvidaré».
Las palabras empapadas
se escurrían del papel.

Tristísima noche aquella.
Tristísimo cielo aquel.
Los dos dijimos a un tiempo:
«Nunca te volveré a ver».
Y la luna apagó sus pupilas
y dijo: «Nunca os olvidaré».

Te da envidia. Eso has dicho.
Te da envidia la gente que me conoció
antes de que tú me conocieras.
Si tú supieras…
Si tú supieras cómo era yo hasta que te conocí.
Era igual, quizás, era el mismo, sí,
pero si supieras cómo era…
Que no te dé envidia.
Si tú supieras…
La gente que me conoció antes que tú
me conoció cuando sin ti yo no merecía la pena,
cuando era como una impresora con el cartucho medio gastado,
que da igual que sea muy buena.

Que no te dé envidia,
como mucho que te dé un poco de pena
no haber estado juntos desde antes,
haber dejado que entre el sueño y la realidad tanto tiempo se interpusiera.

Que no te dé envidia, no,
ni siquiera pena,
que ahora contigo esta impresora que te quiere tanto
está siempre llena.

No te preocupes.
Estoy bien.
No pasa nada si hoy no nos vemos.

Sí pasa,
pero la vida me ha enseñado
a no manifestar mis sentimientos.

Sí pasa
y por no decirte ahora
que no estoy bien,
que te echo de menos,
otro día seguramente saltaré
y tal vez querré que lo dejemos.

Pero no te preocupes.
También estará bien
y no pasará nada si no nos vemos,
porque la vida me enseñó
a enterrar mis sentimientos.

Pero sí que pasará,
te echaré de menos.
Lo bueno es que entonces
cuando ya no estés
asumiré que hice bien
en camuflar mis sentimientos.

¡Qué felices serían viviendo en un mapa
los que viven lejos!
Vivir a un palmo.
Que se mida en centímetros la distancia entre ellos.

¡Qué felices serían!
¡Qué poco les importaría el tiempo!
¿Para qué es tan grande el mundo
si somos solo puntos sobre el suelo?
Igual que los puntos de un mapa,
pero demasiado lejos.

Hay que llegar un poco más lejos.
Somos capaces de más.
No nos conformemos
simplemente con hablar de amar.
Somos capaces de escribir cosas mejores.
Hay que dejar los sentimientos habituales atrás.
Saquemos ese extraño deseo
que a veces tenemos de que todo salga mal.
Saquemos esa envidia
que a veces la persona a la que queremos nos da.
La vida no es mejor cuando estamos con alguien
es simplemente que todo nos da un poco más igual.
Lleguemos al origen de las cosas,
a esa extraña y universal idea que es amar.
No nos conformemos
solo con echar de menos y suspirar.
Dejémonos de orgasmos, de sexo fácil, de fechas, de miradas,
de esas superficialidades que a los poetas de ahora les ha dado por explotar.
Lleguemos al fondo de todo.
Veamos lo que solo la poesía puede dar.
Esas ganas de llorar que incluso en los días más felices
de repente nos dan,
esos momentos que parece que no se han inventado
porque hay dos palabras que a nadie se le ha ocurrido juntar.
Dejémonos de juegos de palabras
que a cualquiera se le pueden ocurrir con solo mirarse un lunar.
Vayamos más lejos, que somos capaces,
que, aunque algunos se empeñan en ver solo la piel, somos algo más.
¿Por qué si no todos los seres humanos iban a haber amado
y el que ha dicho que no siempre se ha tenido que justificar?
¿Por qué todos si no iban a leer poesía
y el que cree no hacerlo un día descubre una pila de sentimientos sin clasificar?
Porque tenemos algo dentro,
algo especial,
algo que hemos camuflado entre palabras correctas y mediocres
y bajo el excesivo gusto que da acariciar.
Y todo porque ese algo se parece un poco a las palabras
y se parece un poco al gusto que una caricia nos da.
Pero no es solo eso.
Es algo más.
Es la capacidad de unirse a una persona
de una manera que ni la poderosa ciencia ha sabido explicar.
Es estar unidos sin contacto,
sin que la muerte, el tiempo, una mano o una sombra puedan separar.
Y eso lo podremos camuflar con muchas cosas,
pero eso es amar.
Y todos lo tenemos en la punta de la lengua;
solo falta que los poetas, o quien sea, vayamos dando sinónimos
hasta encontrar el de verdad.

es lisonja de la pena
perder el miedo a los males
Sor Juan Inés de la Cruz

Las penas envalentonan.
Por eso uno no se retira de estar triste,
igual que en una pelea
uno no para aunque sus amigos se lo piden.
—Yo puedo con todas—
uno a sí mismo se dice.
Y no puede, pero las penas
le mantienen un buen rato peleando para divertirse.
Y le dan mil golpes cargados de miedo del futuro,
pero a la vez le dan un recuerdo bonito con el que cubrirse.
Le envalentonan porque le hacen creer
que ahora que es mayor puede tumbar a los días grises.

Pero no. No se puede vencer a las penas.
Es imposible.
Por eso hay que aprender a asumir
que no pasa nada porque uno de vez en cuando se ponga triste.
Hay que saber retirarse.
Hay que ser humilde
porque no es culpa de uno
que las cosas cambien tanto
según el momento del día en el que se miren.

Me pongo triste los martes.
Será una enfermedad. No sé lo que me pasa.
Tal vez alguna me dejó ese día…
pero la verdad es que no recuerdo que ninguna me dejara.
Siempre fui yo el que no supo entender
que con ser felices bastaba.
Tal vez murió alguien un martes
o quizás es el día en que recuerdo que odio las semanas,
en que recuerdo que el tiempo va pasando
y nosotros como tontos lo ordenamos como si no nos importara.
Tal vez los martes tengo más sueño que otros días.
Hasta he llegado al absurdo de pensar que hubo una Marta.

Me pongo triste los martes. No sé.
Y además sobre las 8. Es una cosa muy rara.
Me entra como agobio por el pecho
y siento que estoy malgastando mi vida haga lo que haga.

Menos mal que ahora tú los martes sabes
que tienes que estar a las 8 puntual en mi casa.
Tú que eres la única que sabe convivir
con las tristes cosas que no sé por qué me pasan.

¿Qué es eso de que solo quieras verme?
¿Tanto amor para luego
conformarte con eso?
¿Tanta fuerza tienen los sentidos?
¿Tan poca cosa somos?
Lo que más te apetece es verme.
Ni cine, ni cena, ni noche de pasión.
Solo verme.
Y a mí verte a ti.
Con eso basta.
No digamos más. Vernos.
Porque hay cosas
que es mejor no decirnos.
Porque hay cosas
que es imposible decir.
Vernos.