Esos días que se creen más importantes que otros,
que nos hacen creer que los demás serán igual que ellos.
Esos días con ínfulas de meses, de vidas,
que se creen que no podremos ser nunca felices
solo porque un día lloremos.

El otro día me encaré con uno,
le enseñé aquella tristeza que fracturé en un verso
la tarde en la que un solo mensaje
me hizo querer vivirlo todo
justo después de haber querido estar muerto.

Lo malo es que esos días a veces
consiguen convencerme a base de recuerdos:
los saben ordenar de tal manera
que hacen que mi propia vida me dé miedo.

Intento hablarles del futuro que me espera,
pero hasta yo sé que el futuro nunca es un buen argumento.
Esos días me ganan
y les creo,
pero qué gusto da recordarlos después
y reírse de ellos,
tacharlos con fuerza en el calendario,
ver lo ridículo y absurdo que es
visto desde lejos el tiempo.

Qué gusto da pararse a pensar
también los días buenos,
escribir poesías sin demasiadas ganas
por el deber de preparar para los otros días un buen argumento,
para esos días que se creen tan importantes
a pesar de que mi vida al final siempre ha podido con ellos.

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El tiempo es la más cruel manera
de saber que falta algo,
que falta algo
y que es imposible reponerlo.

El tiempo es la mirada que se calla
pero mira sospechosa sabiendo lo que ha hecho.

El tiempo está en el punto en el que aún parece que se puede,
aunque es imposible, vencerlo.

Es el tiempo
y no hay nada que hacer:
hemos construido la vida sobre sus cimientos.
Se le puede dar la vuelta a todo,
pero entonces faltará lo que aún tenemos.

Es lo triste de tener,
es lo triste de los sentimientos,
que solo les damos sentido
si duran algún tiempo.

Si entendiéramos que en verdad no duran nada,
que solo ocupan un momento,
sabríamos que amar no tiene dirección
y que el tiempo es solo
una forma de darle una historia a nuestros sentimientos,
y que, por eso, como cualquier  historia,
la vida tiene momentos malos y momentos buenos.

Ahora ya que todo pasó.
Ahora ya que ni nos echamos de menos,
que ya tenemos fotos con otros y no pasa nada.
Ahora que todo es distinto, pienso:
¿Para qué sirvió todo?
¿Qué sentido tuvo aquello?
¿De qué sirve el amor
que solo dura un tiempo?
¿Es verdad como pienso ahora
que no fue amor verdadero?
¿Es posible encontrar
el amor eterno?
¿Son los amores más puros
solo los que recuerdan los muertos?
¿Cómo es posible verse tan distinto
en tan parecidos recuerdos?
¿Es que al acabar con alguien
renacemos?
Ahora que ya todo pasó,
ahora que hablo de ti y no me inquieto,
ahora que tiene razón quien decía
que todo lo curaría el tiempo.
Ahora con menos tristeza que entonces.
Ahora pienso:
¿Fue aquello en verdad necesario
para que ahora sea todo perfecto
o podría haber llegado al mismo sitio
directo?
No lo sé.
Solo espero
haber acabado ya el camino
y saber que todo, da igual qué,
fue para esto.

Yo pensé que superar algo
era solo dejar pasar el tiempo
como con una picadura
o como una toalla que se seca con el viento.

Yo pensé que superar algo
no era más que dejar de pensar en ello,
distraerse con la vida,
ir recordando poco a poco
lo que se hacía cuando se tenía más tiempo.

Por eso cuando apareció en sus ojos
la misma silueta que el día que le di aquel beso
tuve la misma sensación
que cuando me caigo en un sueño.

Y entonces comprendí que superar algo
no es solo seguir estando despierto,
no es solo sentarse a esperar,
es andar, andar y caerse al suelo.

Y que es mejor si el tiempo pica
y que es más rápido secarse si hace mucho viento
y que no está mal si nos distrae la vida
con recuerdos.

Solo así
habría podido superar aquello
y al verme reflejado en su mirada
me habría visto igual, pero más viejo.

Fíjate qué tontería:
comprar un aguacate en un supermercado.
No podría haber nada más insulso,
nada más liviano.
Pero al paso de los días
hasta eso puede volverse terriblemente amargo.
¿Por qué me habré acordado justo de eso?
No lo sé.
Quizás algo que haya visto me lo ha recordado.
Lo cierto es que cualquier situación,
cualquier pequeña estupidez del pasado
recuerda amargamente
lo imposible que es aprovecharlo,
y devuelve esa terrible sensación
de ver que realmente al final
ni un aguacate se puede conservar para siempre en la mano.

Nunca, nunca otros besos te besarán así
Sara Hübner

¡Cuánta gente advierte a quien le deja
que no encontrará un amor tan grande en otros!
Habla su corazón enrabietado
de que le dejen solo.

¡Cuánta gente amenaza al despedirse
con irse para siempre!
Pero se deja, simulando olvido,
el corazón por si vuelve.

¡Cuánta gente termina convencida
de que solo su amor fue el verdadero!
Y puede ser verdad,
pero lo cierto
es que da igual si fue el mejor:
el que realmente gana es siempre el tiempo.

¡Ay! ¡A cuántos encandila el tiempo!
¡Con qué facilidad se curan muchos solo con vivir!
El tiempo nos sabe decir siempre
exactamente lo que queremos oír.

Pero más valdría detenerse.
Comprender que solo ama el que sabe esperar,
al que no le importa haber desperdiciado amor con otros
porque eso no era realmente amar.

(Van pasando los años…)
Para los recuerdos lo lejos es imposible.
El tiempo llama a gritos pero no hay manera
de volver al otro lado.
La vida está partida
en momentos del pasado.
Los que se fueron no vuelven
y los que vuelven es que en verdad nunca se marcharon.
Los latidos lo marcan:
Silencio. Latido. Silencio.
Eso da igual para los que nunca se enamoraron.
Silencio. Mujer. Silencio.
Pasado. Latido. Pasado.
En la mano una sombra. Un temor en el pecho.
Ojalá nunca me hubieran besado.
Todo. Latido. Todo.
Todo termina acabando.
Como la vida, como las fotos de mi cuarto,
como las cosas que un día veo
y al siguiente creo que he soñado.
Los recuerdos están tan lejos…
Nadie ha logrado alcanzarlos.
Pero se siguen viendo, se siguen viendo
allí al otro lado
y siguen sonando y siguen oliendo
y siguen teniendo algo que contarnos,
siguen teniendo sabor a vida,
sabor a poder recuperarlos.

Silencio. Latido. Silencio.
Giro la cabeza. Cierro los ojos. Ando.
Me pongo la mano en el corazón.
Noto que me falta algo.
Son más largos los latidos
del que no está enamorado,
del que no tiene la vida partida
en mil pedazos,
del que no tiene millones de recuerdos
y trata de alcanzarlos.

La vida es Silencio. Latido. Silencio. Silencio. Silencio…
El silencio acaba siendo cada vez más largo,
hasta que ni siquiera los recuerdos
son capaces ya de despertarnos.

Te marchaste sin decir lo que esperaba
como una nube pasajera que no llueve.
Huiste por aquellos caminos de nieve
por los que hace tiempo contigo paseaba.

Flotando en el aire se quedaron los besos
que yo, sin dudarlo, te habría regalado;
y esos mismos labios que te habrían besado,
esos mismos labios te maldicen posesos.

No se encontrará tu mirada con la mía.
Las horas serán días y los días años,
y ya mis labios siendo errantes ermitaños
buscarán una ermita para el nuevo día.

Créete que después de tan duro contratiempo
mi alma se ha internado en el mundo de la muerte
y aquel corazón que te pareció tan fuerte
hoy es carne débil marchita con el tiempo.

10.8.01 (17 años)

¿Y si no llego a vivir tanto?
¿Jamás te habría conocido?
¿Es el amor tan frágil
que depende de cuánto vivimos?

¡Ay! ¡Cuánto amor verdadero
se habrá quedado entonces perdido
en ese lugar por el aire
donde habitan los suspiros!

¡Cuánta gente habrá muerto
sin haber vivido!
¡Cuántos se habrán quedado
demasiado al principio!

¡Ay! ¡Cuántas muertes intentan demostrar
que el amor no tiene ningún sentido,
que el ser humano solo es algo
que simplemente se mantiene durante algún tiempo vivo!