Lo vi en la ventana

Lo vi en la ventana. Como un reflejo o una imagen. Puede que existiera de verdad. Ya lo había leído en muchos otros cuentos. Aparece. Puede que sea yo mismo. Me escondo debajo de la sábana y lo veo. Cierro la persiana y sigue estando. Por eso creo que soy yo mismo ese monstruo verde que se ríe y que se mueve casi al mismo tiempo que yo.

Seguramente sea mi reflejo. Seguramente lo fuera. Ahora puede que ya sea un mero recuerdo de lo que fue. Es la imagen espantosa de mi infancia que envejece hasta llegar a mí, hasta llegar a mi ventana. Ellos me dijeron: “Por si acaso cómprate un piso alto, adonde no pueda escalar. Para que no te quede la incertidumbre de si eres tú o es otro el que te mira.” Yo no debería sentir esa incertidumbre porque bajo la persiana y sigue ahí, pero la tengo. No debía haberme comprado este piso bajo. Cualquier niño que haya leído esos cuentos puede asomarse a través de la persiana para asustarme.

Voy a salir con la escopeta. Tengo miedo de que sea mi reflejo y me dispare con la suya. Si la noche no fuera tan oscura quizás no existiría hoy ese reflejo. Si la vida no me hubiera llevado a este piso bajo, posiblemente no recordaría la cara de ese monstruo verde.
Estoy dando la vuelta al edificio. La ventana da al otro lado. Atravieso la esquina. Como un fantasma. Me pesa la escopeta. Supongo que a él también. ¿Es él? No es verde. Era el color del cristal. Está de pie mirando hacia la ventana. No me huele. No es mi reflejo. No lleva una escopeta. De repente se gira. ¿Y ese ruido? Me escondo. Corro hacia la puerta. La cierro. ¿Esos ojos? Esos ojos no son reales. Sólo los recuerdo. No es más que un recuerdo. Pero estaba ahí. Las miradas del tiempo no asustan de esa forma.

Vuelvo a mi cuarto. Él sigue mirando hacia donde estaba cuando le vi. Ojalá pudiera dejar de mirar a la ventana. ¿Qué me atrae de ese monstruo? De ese reflejo del tiempo. De ese recuerdo. De esa imagen. Parecía tan normal ahí fuera… Tan normal que su mirada me ha matado. ¿Cómo pudo hacer tanto ruido? ¡Dios mío! ¡Estoy sangrando! ¿Y la escopeta? La debí perder fuera con el susto. La tiene él ahí fuera. ¿Por qué me mira ahora? Yo sé que no es verde. No es un monstruo. Es simplemente un asesino o un ladrón que me ha disparado. Por eso será que estoy sangrando. Nunca había sangrado tanto. Y nunca había llegado a desaparecer el reflejo de la ventana. Estará viniendo hacia mí ahora que ha visto cómo estoy desfalleciendo. Estoy de rodillas y él seguramente ya habrá atravesado la esquina como un fantasma. Le pesará la escopeta. No sé si cerré la puerta. Tendrá llave. Su plan era perfecto. ¿Por qué entra asustado? Sangra. Tiene un disparo en el pecho. Habrá visto a alguien fuera. Yo creía que era él. ¿Por qué ha vuelto a la ventana? Si está dentro conmigo. Está dentro conmigo pero ya no tiene la escopeta. Lo veo en la ventana. Como un reflejo o una imagen. Puede que exista de verdad. Por eso nos ha matado a los dos con nuestra propia escopeta.

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Dos poemas de color verde

Estos son dos poemas verdemente inspirados en Lorca que escribí hace ya algún tiempo:

¡Dejadme subir!, dejadme
hasta las verdes barandas.
Federico Gª Lorca

–¡Dime que me quieres!
–No me dejan tus ojos.
–¡Dime que me adoras!
–No me dejan tus lágrimas.
–Dime que me amas.
–No me dejan tus suspiros.
–¿No me lo dices?
–No, porque eres verde
y tus ojos son verdes
y tus lágrimas son verdes
y tus suspiros son verdes.

***

–¡Dime que me quieres!
–No me deja el corazón.
–¿Entonces no me quieres?
–Sí te quiero, amor.
–¿Aunque mis labios sean verdes?
–A pesar de su color.
–¿Y por qué no me lo dices?
–Porque mis palabras no lo son


Verde viento. Verdes ramas.
Federico Gª Lorca

La sangre es poesía roja,
roja y llena de batallas.
Líquido de amor cansado
y de falsas esperanzas.

La sangre es poesía roja,
roja de vergüenza rara
de la vida adolescente
y el pudor de sus palabras.

La sangre es poesía roja,
roja de muerte lejana,
que, regando el corazón,
quiere con furia alejarla.

La sangre es poesía roja,
roja cuando se me escapa
y la veo ennegrecer
como el miedo de la nada.

Mi poesía es sangre roja,
roja de absurdas palabras
y roja de los latidos
que arremeten contra mi alma.

Mi poesía es sangre roja,
roja y roja en mi garganta.
Yo me limito a escupirla
y a releerla sin ganas.

Mi poesía es sangre roja,
pero tú eres viento verde,
verdes ramas de esmeraldas;
verdes son tus labios tenues.

La sangre es poesía roja
y tú, verde, no la entiendes.
Mi poesía es sangre roja
y aun así, verde me quieres.

Cuanto más busco en el verde
más me desangro en palabras
y más me acerco a la muerte
muy roja sin tu mirada.