Se veía en sus ojos claramente,
claramente se veía en sus ojos
el reflejo de haber amado antes,
de haber amado mucho, aunque ahora estaba solo.

Se veía en su pecho que tenía
cicatrices de abrazos y de fotos,
momentos que no es verdad que sean felices
después de todo.

Se veía en su piel que no se había
conformado nunca con poco
y que cada historia que tuvo fue una intensa
muestra de amor, pero nada más que un dejà vu en el fondo.

Cuando ella apareció, sí, se veía
que él iba recordando poco a poco,
pero solo recordaba si volvía
a pasar lo mismo, aunque fuera de distinto modo.

Y es que nada sirve para nada
para el que camufla con sonrisas los sollozos,
para el que no encuentra los recuerdos en ningún lado,
a pesar de que en algún sitio deberían estar todos.

Solo sirve fracasar si hacemos
que el amor no cicatrice los felices pedazos de momentos rotos,
para que sigan cortando como cortan,
cuando se rompe, los pedazos de un jarrón precioso.
Solo así es posible recomponer más tarde
aquellos días, aquellas fotos,
aquellos abrazos que pueden parecer los mismos,
pero que así ya son otros.

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