No te preocupes.
Estoy bien.
No pasa nada si hoy no nos vemos.

Sí pasa,
pero la vida me ha enseñado
a no manifestar mis sentimientos.

Sí pasa
y por no decirte ahora
que no estoy bien,
que te echo de menos,
otro día seguramente saltaré
y tal vez querré que lo dejemos.

Pero no te preocupes.
También estará bien
y no pasará nada si no nos vemos,
porque la vida me enseñó
a enterrar mis sentimientos.

Pero sí que pasará,
te echaré de menos.
Lo bueno es que entonces
cuando ya no estés
asumiré que hice bien
en camuflar mis sentimientos.

¡Qué felices serían viviendo en un mapa
los que viven lejos!
Vivir a un palmo.
Que se mida en centímetros la distancia entre ellos.

¡Qué felices serían!
¡Qué poco les importaría el tiempo!
¿Para qué es tan grande el mundo
si somos solo puntos sobre el suelo?
Igual que los puntos de un mapa,
pero demasiado lejos.

Hay que llegar un poco más lejos.
Somos capaces de más.
No nos conformemos
simplemente con hablar de amar.
Somos capaces de escribir cosas mejores.
Hay que dejar los sentimientos habituales atrás.
Saquemos ese extraño deseo
que a veces tenemos de que todo salga mal.
Saquemos esa envidia
que a veces la persona a la que queremos nos da.
La vida no es mejor cuando estamos con alguien
es simplemente que todo nos da un poco más igual.
Lleguemos al origen de las cosas,
a esa extraña y universal idea que es amar.
No nos conformemos
solo con echar de menos y suspirar.
Dejémonos de orgasmos, de sexo fácil, de fechas, de miradas,
de esas superficialidades que a los poetas de ahora les ha dado por explotar.
Lleguemos al fondo de todo.
Veamos lo que solo la poesía puede dar.
Esas ganas de llorar que incluso en los días más felices
de repente nos dan,
esos momentos que parece que no se han inventado
porque hay dos palabras que a nadie se le ha ocurrido juntar.
Dejémonos de juegos de palabras
que a cualquiera se le pueden ocurrir con solo mirarse un lunar.
Vayamos más lejos, que somos capaces,
que, aunque algunos se empeñan en ver solo la piel, somos algo más.
¿Por qué si no todos los seres humanos iban a haber amado
y el que ha dicho que no siempre se ha tenido que justificar?
¿Por qué todos si no iban a leer poesía
y el que cree no hacerlo un día descubre una pila de sentimientos sin clasificar?
Porque tenemos algo dentro,
algo especial,
algo que hemos camuflado entre palabras correctas y mediocres
y bajo el excesivo gusto que da acariciar.
Y todo porque ese algo se parece un poco a las palabras
y se parece un poco al gusto que una caricia nos da.
Pero no es solo eso.
Es algo más.
Es la capacidad de unirse a una persona
de una manera que ni la poderosa ciencia ha sabido explicar.
Es estar unidos sin contacto,
sin que la muerte, el tiempo, una mano o una sombra puedan separar.
Y eso lo podremos camuflar con muchas cosas,
pero eso es amar.
Y todos lo tenemos en la punta de la lengua;
solo falta que los poetas, o quien sea, vayamos dando sinónimos
hasta encontrar el de verdad.

Cómo he podido tener tanta suerte
de haber encontrado a mi persona.
Puede que haya alguna más. No creo.
Me pega más que sea ella sola.

Podría haber vivido en otra ciudad.
Podría haberse asustado cuando le dije: «Hola».
Podría haberme oído mal,
haberse pensado que estaba de broma.

Pero no, porque la suerte es distinta
cuando uno encuentra a su persona.
Uno se siente más guapo, más inspirado,
sus tonterías parecen más graciosas.

Y todo lo que parecía no gustarle a ninguna,
ese defecto que parecía espantar a las otras
de repente se vuelve perfecto y demuestra
lo bonitas que son cuando le importan a otro nuestra cosas.

Cómo he podido tener tanta suerte, de verdad.
Hasta me siento mal de haberme quejado tanto hasta ahora.
Y eso que aún pienso que era bastante improbable
entre tantas tristezas encontrar a mi persona.

es lisonja de la pena
perder el miedo a los males
Sor Juan Inés de la Cruz

Las penas envalentonan.
Por eso uno no se retira de estar triste,
igual que en una pelea
uno no para aunque sus amigos se lo piden.
—Yo puedo con todas—
uno a sí mismo se dice.
Y no puede, pero las penas
le mantienen un buen rato peleando para divertirse.
Y le dan mil golpes cargados de miedo del futuro,
pero a la vez le dan un recuerdo bonito con el que cubrirse.
Le envalentonan porque le hacen creer
que ahora que es mayor puede tumbar a los días grises.

Pero no. No se puede vencer a las penas.
Es imposible.
Por eso hay que aprender a asumir
que no pasa nada porque uno de vez en cuando se ponga triste.
Hay que saber retirarse.
Hay que ser humilde
porque no es culpa de uno
que las cosas cambien tanto
según el momento del día en el que se miren.

Me pongo triste los martes.
Será una enfermedad. No sé lo que me pasa.
Tal vez alguna me dejó ese día…
pero la verdad es que no recuerdo que ninguna me dejara.
Siempre fui yo el que no supo entender
que con ser felices bastaba.
Tal vez murió alguien un martes
o quizás es el día en que recuerdo que odio las semanas,
en que recuerdo que el tiempo va pasando
y nosotros como tontos lo ordenamos como si no nos importara.
Tal vez los martes tengo más sueño que otros días.
Hasta he llegado al absurdo de pensar que hubo una Marta.

Me pongo triste los martes. No sé.
Y además sobre las 8. Es una cosa muy rara.
Me entra como agobio por el pecho
y siento que estoy malgastando mi vida haga lo que haga.

Menos mal que ahora tú los martes sabes
que tienes que estar a las 8 puntual en mi casa.
Tú que eres la única que sabe convivir
con las tristes cosas que no sé por qué me pasan.

¿Qué es eso de que solo quieras verme?
¿Tanto amor para luego
conformarte con eso?
¿Tanta fuerza tienen los sentidos?
¿Tan poca cosa somos?
Lo que más te apetece es verme.
Ni cine, ni cena, ni noche de pasión.
Solo verme.
Y a mí verte a ti.
Con eso basta.
No digamos más. Vernos.
Porque hay cosas
que es mejor no decirnos.
Porque hay cosas
que es imposible decir.
Vernos.

Para qué hundirnos en lo malo.
Lo que ya pasó, parece tonto decirlo, pero es pasado.
Veámoslo todo desde el lado bueno.
Qué bien que le dio a otro aquel beso.
Así aprendí que no es malo ser joven,
que a esa edad los golpes aún no recuerdan,
sino que responden.
Qué bien que me dejó el corazón destrozado.
Así aprendí que, aunque apetezca,
el amor tampoco se empieza por el tejado.
Qué bien que perdí tanto tiempo pensando en ella.
Así estuve distraído
y no me preocupé de lo triste que sería perderla.

Para qué hundirme, pues, ahora en lo malo.
Para qué pensar si ese «Te quiero» ya lo dijo
con el corazón mirando para otro lado.
Es mejor pensar que todo eso me hizo fuerte
y que por eso ahora puedo aguantar sin sufrir
más de dos días sin verte.
Es mejor pensar que el tiempo invertido
no hizo más que confirmar que, aun muerto,
se puede seguir estando vivo.
Qué bien que su cuerpo fuera tan suave.
Ahora sé que el tuyo lo es más,
ahora sé que lo perfecto es fácilmente superable.
Qué bien que, aun dejándolo yo, fuera yo el perjudicado,
ahora sé que intentar hacerlo bien pero hacerlo mal
no es tan raro.
Qué bien de verdad que me diera tantos palos la vida
así consideré que era normal no ser feliz
en la edad en que serlo era una simple alegoría.

Lo malo es que aún me siento un poco culpable
de haberle hecho perder el tiempo,
de no haberle dado motivos suficientes para amarme.
Aunque, pensándolo bien, si sufrió o sigue sufriendo por mi culpa,
será porque no se ha planteado las cosas como yo nunca.
El día que se las plantee seguro que dirá «Qué bien
que él supo hacerme sufrir
como le hice sufrir yo a él».
Y así los dos, viéndolo todo desde el lado bueno,
seremos por fin verdaderamente felices
aunque no nos olvidemos.

Pareidolias creo que se llaman.
Reconocer, por ejemplo, imágenes en las nubes.
Y se pueden extender a los sonidos.
Que nadie me culpe.
Yo veía en sus palabras
las formas de los sueños que desde pequeño tuve.
Tenían sus manos
la forma de las piezas con las que resolví mi primer complicado puzle.
Todo encajaba.
Hasta cuando no me quería
yo veía en sus ojos formas dulces,
sus pupilas tenían la forma del beso que no sé si me dio
cuando yo sí la besé en aquel, para mí, mágico Burger.
Por eso, tuvo que pasar un buen tiempo,
hasta que por fin lo supe.
Las cosas no duelen cuando pasan,
ilógicamente duelen cuando se descubren.
No me quería.
De pronto se me empezaron a venir encima todos los lunes.

Pareidolias se llamaban.
Esa ingenua manera de mirar las cosas que tuve.
O quizás simplemente fue que me enamoré
de alguien que cambiaba de forma con la lentitud de las nubes.

Por lo menos, desde entonces, antes de ver formas en las cosas
dejo que el tiempo las empuje
y solo esas que no cambian de forma
son a las que miro, porque sé que no confunden.
Y así esta vez sé que sí me han dado el beso,
aunque esta vez me lo hayan dado también un lunes.

Las palabras escuecen más que las lágrimas…
y la ausencia y el olvido.

El alma aprendió a llorar
pero no aprendió a olvidar lo que se ha ido.
El corazón fue haciendo caso a las palabras
que el recuerdo le susurraba al oído.

Ni las palabras pueden aliviar
el dolor de un corazón herido.

Con la ausencia se arrugó el alma
y el corazón entró en los días
en los que ya no importa nada.
Los párpados se fueron cerrando
rodeados por cientos de lágrimas,
dejaron de ver lo que un día
puede que se llamara esperanza.

Y la soledad acecha
al que está enfermo de nostalgia.
Y el enfermo cree
que la soledad es la única esperanza.

Puede que dolieran,
sí, puede que escocieran aquellas lágrimas,
pero no hay arma tan poderosa contra el corazón
como la poesía, como las palabras…
como los versos que uno mismo se escribe
para intentar comprender por qué
ya no importa nada.