¿Cómo fue?
¿Estabas tú triste?
¿Estaba yo con ganas de perder?

¿Cómo fue?
¿Dije yo esas palabras?
¿Tanto me dolía querer?

¿Cómo fue?
¿Se puede querer mucho
y mal a la vez?

¿Cómo fue?
¿Cómo pude irme lejos
si lejos era aún un sitio por establecer?

¿Cómo fue?
Recuérdamelo,
porque quiero seguir queriendo,
pero hay errores que no quiero volver a cometer.

Recuérdamelo
aunque fue el día más triste de mi vida,
y por eso lo olvidé.

Recuérdamelo
porque ya me conformo con no perder a otra persona
como perdí a la única a la que he querido querer.

Recuérdamelo.
Sí. Recuérdame cómo fue.
Solo te pido ya eso.
Y después supongo que me iré.

No cometo faltas de ortografía
pero sí me salto los signos de puntuación
cuando escribo poesía
Mi alma tiene prisa
A diferencia del cerebro
el corazón no parece entender bien la sintaxis
No hay puntos entre versos
porque los sentimientos son solo uno
como una fue la que me destrozó
Y a pesar de que ahora tengo más tiempo del que tenía antes
para recordarla
no tengo tiempo para pararme en las comas
y distinguir si este sentimiento es de tristeza
o de pena o de amor por otra o de alegría de que por fin se fuera
Qué más da si como los planetas
y las estrellas
estos sentimientos no son más que restos
del gran sentimiento central que tenía
cuando creía en el amor
cuando era ingenuo y pensaba
que si algo estaba bien
se podía quedar así para siempre

¿Celos? Ja, ja.
Esto no son celos.
Esto es que estoy enamorado de ti,
que hasta te echo de menos cuando parpadeo.
Esto es que el miedo de perderte
bloquea lo que sé del mundo cuando estás lejos.
Esto es que temo que alguien descubra en ti
lo que me hizo a mí seguir viviendo.
Es que temo que mirando a otro
te asuste lo mucho que te quiero.

¿Celos? No sé si serán celos.
No es que me importe que hables con uno
ni que él te intente dar un beso,
lo que me importa es haberte conocido tan tarde
cuando ya todo parece poco tiempo,
cuando ya tengo demasiado amor guardado
y la prisa me obliga a sacarlo poco hecho.

¿Celos? Sí, creo que así los llaman,
pero en verdad son pizcas crudas de amor eterno,
que tiene que adaptarse a mis sentidos,
que tiene que aceptar que existe el tiempo.

¿Celos? Sí, seguramente celos.
Celos de que el amor en ti no se desborde,
de que sean demasiado largos tus parpadeos.
Celos de estar lejos de ti a veces
y que no se te note en la voz ni un poco de miedo.

¿Celos? Sí, celos.
Celos de que a veces me hagas plantearme
si es normal lo mucho que te quiero.

Creo que por primera vez
lo hice bien desde el principio.
Me empecé por enamorar de tus defectos,
los mejores que conozco,
los más divertidos y los más tristes,
y luego ya fue todo fácil.
Cuando menos te quiero
pienso en lo que me gustabas
cuando solo eras defectos
cuando eras mi preciosidad defectuosa,
mi alma gemela,
la muestra
de que lo que más le preocupa a uno desde siempre
es lo que más y mejor enamora luego
al que por fin llega
y te quiere de verdad,
la muestra de que los defectos
son en lo que más gusta parecerse
porque son lo más triste y divertido
que uno tiene.

Entre el corazón y la garganta,
en esa parte donde tanto duele guardar cosas
porque no hay donde dejarlas.
Ahí se quedan los últimos tequieros,
los últimos impulsos necesarios para dar un beso.
Por eso duelen más que los demás.
Porque aprietan
y uno no sabe si expulsarlos
como triste aire que cree que tiene un sitio adonde ir
o tragarlos
y esconderlos en el cuarto
donde los sentimientos saltan ilusionados
cada vez que oyen pasos fuera.

Entre el corazón y la garganta,
en esa parte que no está preparada
para guardar cosas para siempre,
en esa parte que no se ha adaptado
a la condición del ser humano de amar a medias.

Hay voces de niños que me recuerdan algo,
quizás que la vida no es tan lineal como decían…
Tal vez no es verdad que se cambia,
solo se pesa más
y se va más despacio,
aunque se cae más deprisa.

Esas voces de niño no me recuerdan nada,
porque no son de niño.
Son mis sueños,
que ponen esa voz
para ver si de una vez me doy cuenta
de que no se cambia,
que se puede seguir luchando por lo que uno quería,
cuando la voz se pone grave
y parece que se cae más deprisa,
aunque se va más despacio.

esas frases que nadie como yo te dirá
José Ángel Buesa

Me pasa con todo.
No solo con el amor.
No es que me moleste el éxito de otros,
es que siento que yo podría hacer lo mismo, pero mejor.

Ese mismo beso te lo habría dado cogiéndote la mano
y haciendo que te retumbara el corazón.

Esa palabra tan bonita
te la habría dicho mucho antes yo
y hasta te habría explicado su origen
y la habría rodeado de versos con mi voz.

Ese anillo… Buah, ese anillo.
Yo te habría dado uno menos caro, pero con más valor.

Y eso es lo que me pasa con todo.
Y no solo con el amor.
Y todo porque no me cabe en la cabeza
que para cada uno es distinto lo mejor.

Que a ti te intimida que te cojan tan pronto de la mano
y te duele cuando te retumba el corazón.

Y no te gusta que te digan que te quieren con poemas
porque al recitar es verdad que cambia un poco la voz.

Que para ti cualquier anillo que él te hubiera dado
a pesar de su precio habría tenido el mismo valor.

Claro que era eso. No le dabas a algunas cosas
la misma importancia que yo.
Y por eso a mí me importó tanto que te fueras con otro
pero a ti no.
Por eso yo sigo siendo uno
y tú eres ahora dos.

Porque tú entendiste que cada uno tiene su manera
de entender lo que es mejor.
Y yo no entendí que no siempre es lo mejor lo que uno quiere,
pero él sí lo entendió.

Dominamos la física.
Tiramos un calcetín
y cae justo
donde queremos que caiga.
Nos sentamos en el lugar exacto de una silla
con el centro justo
entre nalga y nalga.

Dominamos la física.
Aparcamos sin problemas muchas veces,
le damos la velocidad precisa
a las cosas que hace falta.
Nos aprendemos de memoria
largas listas de palabras.

Dominamos sin duda la física.
No hay más que observar una pantalla.
Encendemos la luz cuando queremos.
Nos secamos con una toalla.
Nos tapamos si hace frío
y nos bronceamos en la playa.
Hacemos rimas consonantes
y el oído disfruta al escucharlas.
Incluso hacemos canciones con la boca
y sacamos ritmos
de los objetos con menos gracia.

Dominamos la física. No hay duda.
Y muchas ciencias más. También la magia.
Sí. Controlamos muchas cosas;
hasta el más inútil es capaz de controlarlas.
Pero aún hay algo que nos falta dominar,
después de tanta noche a ello dedicada.
Todos lo sabemos:
nos falta, sin duda, dominar el corazón,
pero ahí nadie se salva.

Se acaba el verano
otra vez
cada año lo mismo
aunque distinto cada vez.
Da igual que se presente un buen otoño,
da igual que no haya ya nada que perder,
siempre tengo ese tonto día de verano
con la pesada sensación de tener que volver a nacer.
Siempre hay algo que me ata al pasado,
una cuerda que no rompo porque sería demasiado fácil de romper,
una carga donde lo que más pesa
es todo lo que me ha salido hasta ahora bien.

Se acaba el verano
y es normal que tenga sed,
estoy lejos del mar,
lejos de donde el presente es más fácil de entender.
La naturaleza entera
mira al cielo para ver cómo empieza ya a llover,
cómo empiezan ya los días
en los que se va mostrando nuestro verdadero color de piel,
esos días que tanto me abruman ahora,
pero que son en los que al fin y al cabo te empecé a querer,
esos mismos días en los que puedo volver a hacer cosas distintas
otra vez.

Se acaba el verano y es triste,
pero no tanto como cuando llueve y no se sabe por qué

¿Por qué me ha tocado a mí ver cosas
que otros parece que no ven?
¿Por qué estoy tan seguro de que otros se equivocan
y, sin embargo, no hago más que intentarles creer?
¿Por qué me callo siempre cuando gritan?
¿Por qué soy tan fácil de convencer?
¿Por qué me hicieron ver las cosas
como si estuvieran hechas de papel?
¿Por qué les digo solo lo que quieren
y me adapto a sus maneras de ser?
¿Por qué sigo dejándoles creer que sienten
y que saben cómo es mejor en verdad ser?
¿Por qué por dentro solo hago caso a las preguntas
que nadie ha sabido nunca responder?

Soy el llamado a convencer al mundo
pero sé que es el mundo el que me va a convencer.
Soy como el que sigue hablando solo
cuando ya todo lo suyo se le fue.
Soy como el que ve cosas desde lejos
que, incapaz de cambiarlas, preferiría no ver.
Soy como el que grita bajo el agua,
o al que le sigue gustando un poema aunque esté arrugado el papel.
Soy como el que cree que son malos sus regalos
porque siempre se le rompe el papel al envolver.
Soy como el que ve pasar los años
y solo ve en ellos señales de que en verdad no era él.
Soy el que siempre ha esperado ser alguien
que en verdad no se ha atrevido nunca a ser.

Por eso, para librarme del cargo de conciencia escribo de reojo
poesías que simulo que no quiero que se lleguen a leer,
como el que quiere aparentar querer que muera
dejando abandonado en medio del bosque a su bebé.