¿Por qué me ha tocado a mí ver cosas
que otros parece que no ven?
¿Por qué estoy tan seguro de que otros se equivocan
y, sin embargo, no hago más que intentarles creer?
¿Por qué me callo siempre cuando gritan?
¿Por qué soy tan fácil de convencer?
¿Por qué me hicieron ver las cosas
como si estuvieran hechas de papel?
¿Por qué les digo solo lo que quieren
y me adapto a sus maneras de ser?
¿Por qué sigo dejándoles creer que sienten
y que saben cómo es mejor en verdad ser?
¿Por qué por dentro solo hago caso a las preguntas
que nadie ha sabido nunca responder?

Soy el llamado a convencer al mundo
pero sé que es el mundo el que me va a convencer.
Soy como el que sigue hablando solo
cuando ya todo lo suyo se le fue.
Soy como el que ve cosas desde lejos
que, incapaz de cambiarlas, preferiría no ver.
Soy como el que grita bajo el agua,
o al que le sigue gustando un poema aunque esté arrugado el papel.
Soy como el que cree que son malos sus regalos
porque siempre se le rompe el papel al envolver.
Soy como el que ve pasar los años
y solo ve en ellos señales de que en verdad no era él.
Soy el que siempre ha esperado ser alguien
que en verdad no se ha atrevido nunca a ser.

Por eso, para librarme del cargo de conciencia escribo de reojo
poesías que simulo que no quiero que se lleguen a leer,
como el que quiere aparentar querer que muera
dejando abandonado en medio del bosque a su bebé.

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