Ahora ya que todo pasó.
Ahora ya que ni nos echamos de menos,
que ya tenemos fotos con otros y no pasa nada.
Ahora que todo es distinto, pienso:
¿Para qué sirvió todo?
¿Qué sentido tuvo aquello?
¿De qué sirve el amor
que solo dura un tiempo?
¿Es verdad como pienso ahora
que no fue amor verdadero?
¿Es posible encontrar
el amor eterno?
¿Son los amores más puros
solo los que recuerdan los muertos?
¿Cómo es posible verse tan distinto
en tan parecidos recuerdos?
¿Es que al acabar con alguien
renacemos?
Ahora que ya todo pasó,
ahora que hablo de ti y no me inquieto,
ahora que tiene razón quien decía
que todo lo curaría el tiempo.
Ahora con menos tristeza que entonces.
Ahora pienso:
¿Fue aquello en verdad necesario
para que ahora sea todo perfecto
o podría haber llegado al mismo sitio
directo?
No lo sé.
Solo espero
haber acabado ya el camino
y saber que todo, da igual qué,
fue para esto.
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Hoy siempre será mañana
Wislawa Szymborska
Es que mañana
ya no será el día siguiente.
Las cosas tienen sentido como mucho
cuando suceden.
Es que mañana
hoy ya no será nada,
a pesar de nuestra desviación genética
de recordar las cosas pasadas.
Es que mañana
es la presunción del hombre
de cercar el tiempo,
como si el tiempo no fuera el motivo de todas las decepciones.
Es que mañana
puede que ya esté muerto
y no cambiará nada,
solo se desestabilizarán algunos planes y recuerdos.
Es que mañana no existe
y el ahora es tan pequeño, que si pensamos
es por esa perversión de la materia
de unirse para ser algo.
Cojamos sin pensar una millonésima parte de un segundo
o un átomo.
Y dejemos que el tiempo gire a nuestro alrededor
sin poder inyectarnos ya ni futuro ni pasado.
Yo pensé que superar algo
era solo dejar pasar el tiempo
como con una picadura
o como una toalla que se seca con el viento.
Yo pensé que superar algo
no era más que dejar de pensar en ello,
distraerse con la vida,
ir recordando poco a poco
lo que se hacía cuando se tenía más tiempo.
Por eso cuando apareció en sus ojos
la misma silueta que el día que le di aquel beso
tuve la misma sensación
que cuando me caigo en un sueño.
Y entonces comprendí que superar algo
no es solo seguir estando despierto,
no es solo sentarse a esperar,
es andar, andar y caerse al suelo.
Y que es mejor si el tiempo pica
y que es más rápido secarse si hace mucho viento
y que no está mal si nos distrae la vida
con recuerdos.
Solo así
habría podido superar aquello
y al verme reflejado en su mirada
me habría visto igual, pero más viejo.
En respuesta, quizás, a «Se deja de querer»
de José Ángel Buesa.
Lo malo es que no se deja de querer en un momento.
Se sigue queriendo.
No importa saber que estar juntos
es el único camino que no lleva al amor verdadero.
Se sigue queriendo,
y eso es lo malo,
que se siguen conociendo las reacciones de la otra persona
ante los recuerdos.
Y se sigue sabiendo
lo que la otra persona opinará
de las últimas noticias, de los últimos sucesos.
Eso es lo malo,
que el amor se confunde fácilmente con seguir queriendo,
y seguir queriendo a veces,
incluso aunque los dos sigan queriendo,
puede no ser más que el contradictorio temor,
el miedo,
de que en la espera de acabar con esa inútil relación
se vaya con otro nuestro amor verdadero.
Se deja de querer, sí,
pero a veces es peor seguir queriendo.
¿De verdad fue así? ¿Eso fue todo?
¿Tanto me costaba perdonarte?
¿Por qué los recuerdos siempre actúan
cuando ya es demasiado tarde?
¿Solo porque no te escribí
o porque a ti no te llegó el mensaje?
¿Tanto poder tienen las palabras?
¿Tanto puede influir una frase?
No creo que fuera así. Algo más hubo.
Algo nos tuvo que pasar antes.
O quizás es que para quererse
no basta con admirarse.
No entendimos que los defectos
son inevitables
y que por eso las reacciones
son lo más importante.
Tuvo que ser eso. Por eso me marché,
a pesar de que creo que llegué a perdonarte.
Por eso no te escribí.
Por eso no te llegó el mensaje.
Por eso los recuerdos
actúan tan tarde.
Y es mejor, porque tienen el defecto
de elegir solo las mejores partes,
porque no entienden de la vida,
porque son parciales
y siempre al que recuerda
es al que declaran culpable.
De verdad fue así. Eso fue todo.
Así es como aprendí a olvidarte
y aprendí a esperar
a quien hasta discutiendo supiera amarme.
Y tú no tenías la culpa.
Por eso no me costó perdonarte.
El que ignora los recuerdos
sabe que nunca hay culpables.
Pero sí hay cómplices
cuando el delito es amarse,
cuando la culpa es de los dos
porque el móvil es el mismo por las dos partes,
cuando el futuro es el presente,
cuando los recuerdos son reales
y están desde el principio ahí
y por eso no van a actuar ya nunca tarde.
Me gusta la gramática.
Y por eso me gusta la poesía.
O al revés.
Me gustan las palabras milimétricas,
las que con precisión miden
la longitud de la garganta,
el tamaño de mi corazón,
la nitidez de los matices,
las deícticas terribles diferencias
entre los pronombres «tú» y «yo».
Me gusta la poesía.
Y por eso me gusta la gramática.
O al revés.
Me gusta controlar
todos los rasgos que se esconden
detrás de los símbolos escuálidos
a quienes confío mi alma,
a quienes dejo mis recuerdos
como unos padres a su hijo
en su primer día de guardería, fuera de casa.
Por eso me gusta la gramática.
Por eso me gusta la poesía.
Porque cuanto más froto mi tiempo sobre ellas
más nítido veo el reflejo
de lo que se esconde en su interior,
en mi interior,
en mi gramatical ternura,
en las minúsculas sintáctico-semánticas partículas
de mi poético y a simple vista inexistente
instinto de amor.
O al revés:
amor por el instinto
de los poéticos sintagmas
que me permiten disfrutar de la tristeza de ser yo.
Fíjate qué tontería:
comprar un aguacate en un supermercado.
No podría haber nada más insulso,
nada más liviano.
Pero al paso de los días
hasta eso puede volverse terriblemente amargo.
¿Por qué me habré acordado justo de eso?
No lo sé.
Quizás algo que haya visto me lo ha recordado.
Lo cierto es que cualquier situación,
cualquier pequeña estupidez del pasado
recuerda amargamente
lo imposible que es aprovecharlo,
y devuelve esa terrible sensación
de ver que realmente al final
ni un aguacate se puede conservar para siempre en la mano.
Hay vidas en las que uno se despierta torpe.
Debe ser lo que me ha pasado a mí.
Siento que a diferencia de otros
yo no he aprendido bien a vivir.
Sigo con las mismas dudas de siempre,
el mismo extraño anhelo de sobrevivir,
incluso me enamoro con más fuerza que entonces,
como si esta vez no fuera como siempre a sufrir.
Hay días en los que uno se despierta torpe
como si hubiera perdido habilidades al dormir.
Hay días en los que uno piensa demasiadas cosas
y hasta tiene peor letra al escribir.
Son vidas en las que uno se tropieza con las cosas
como si las hubieran puesto aposta ahí.
Son días en los que uno se queja
de todo lo que ha sido siempre así.
Entonces uno siente que la vida puede
seguir consistiendo simplemente en vivir
y que el que cambia es en verdad uno:
que hay días que no asume su manera de existir.
¿Qué sabrá ella de las puertas
que hay cerradas en mi alma?
¿Qué sabrá
de los caminos que hay en su interior?
¿Qué sabrá de mi vida
y de todo lo que he muerto?
¿Qué sabrá ella
que no sepa yo?
¿Sabrá quizás que algunas veces quise
parpadear para siempre, imitar a una flor?
¿Sabrá quizás que no siempre fue tan fácil
arrancar por las mañanas las lágrimas del colchón?
¿Sabrá quizás que hay puertas que no importa para abrirlas
si nunca nadie las cerró?
¿Sabrá quizás
que algunas de las puertas que cerré esos días
en verdad no las cerraba yo?
Lo sabe, sí lo sabe.
¿Cómo iba a estar aquí, si no,
sentada en esa parte de mi alma
donde tanto tiempo tardé en sentarme yo?
Dices que estás triste pero estás bien:
no se te ve preocupado.
Es que estar triste
no es del todo malo.
Es como tener un cajón vacío
y no saber con qué llenarlo.
Es como andar hacia atrás
sin saber lo que se está pisando.
Es como rascarse uno mismo
sin gusto pero en el punto exacto.
Es como besar a alguien
de quien no se está enamorado.
¿Y todo para qué?
Para empezar de nuevo
y no sentirse fracasado.
Para avanzar sin ver adónde,
pero seguir avanzando.
Para aprender a estar solos,
por si caemos enamorados.
Para saber perder a alguien
sin que nos amargue la culpa de que se haya marchado.
Estar triste no es una opción de algunos.
Estar triste no es innecesario.
Estar triste es la emoción que todos
para encajar los golpes de la vida
necesitamos.