Hoy te quiero
como si no te fuera a volver a ver.
Y eso es quererte a la desesperada,
como si no hubiera nada más en el mundo,
como si el viento pesara,
como si un día bastara
para saber lo que es la vida.

Hoy te quiero
como si no fuera a volverte a ver,
como habría querido a los que se fueron
sin despedirse,
con esas ganas que a uno se le quedan
de haber sabido el día antes que se irían.

Por eso hoy te quiero
como si no te fuera a volver a ver.
Te quiero en un momento
como no he querido a nadie en una vida.
Te quiero
y no me importa saber
que algún día será cierto
que dejaré de verte para siempre.
Porque hoy ya te quiero
como si nunca más te fuera a volver a ver.

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Y con este quejarme escribiendo
de que todo es en vano,
con estos paradójicos poemas
que no hacen más que dejar claro
que las cosas más bonitas
son las que se nos escapan de las manos,
no para cambiar el mundo
ni para mejorarlo
no para hacer que sea menos triste
ni para sentirnos más humanos,
no para que el mundo sea mejor,
sino para que siga siendo felizmente extraño.

Con este quejarme escribiendo
de la inanidad en la que vagamos,
con este quejarme escribiendo
sigo demostrando
que no importa lo vano que sea todo
que no importa que sea todo vano.
Lo que importa es que seguimos aquí
y que eso no tiene por qué ser malo.

¿Será por fin ella la que viene
desde entonces cuando todo era distinto?
¿Será ella por fin?

¿Traerá ella el secreto
de todas esas noches
en las que algo me faltaba;
en lo que yo pensé que era morir?

¿Será ella la que tiene esa respuesta
que no he leído en tantos sitios?

¿Es ella
por la que tuve la desgracia
de tener que vivir?

Sí. Será ella.
Es ella por fin.

¡Qué raro
cuando todo era esperable
pero nada era esperado!

¡Qué raro
cuando se nos muere alguien!

¡Qué raro
cuando se nos para el corazón
y seguimos respirando!

¡Qué raro
cuando olvidamos nuestra propia muerte
porque hay otra que nos hace más daño!

¡Qué raro cuando una persona sin más desaparece,
pero queda de ella con nosotros
—y hasta puede verse—
algo!