Es solo una milésima de segundo.
Y pasa como con esa llamada
que no da tiempo a localizar.
El alma toca la esencia de la vida,
pero no le da tiempo a mirar.
No le da tiempo a encontrar la palabra
que pueda traerla a nuestra realidad.
Solo a veces si dos palabras precisas
justo en ese momento se llegan a juntar
se puede entender una pizca de esa esencia,
de la verdad.
Y es difícil, pero hay poetas
que consiguen quedarse allí un poquito más
y así les da tiempo a juntar más palabras
y así consiguen a veces acertar.
Cuando eso pasa no hay alma
a la que sus palabras no consigan llegar.
Y esa milésima de segundo
se convierte para siempre en muestra clara
de la eterna belleza de la humanidad.

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Las palabras escuecen más que las lágrimas…
y la ausencia y el olvido.

El alma aprendió a llorar
pero no aprendió a olvidar lo que se ha ido.
El corazón fue haciendo caso a las palabras
que el recuerdo le susurraba al oído.

Ni las palabras pueden aliviar
el dolor de un corazón herido.

Con la ausencia se arrugó el alma
y el corazón entró en los días
en los que ya no importa nada.
Los párpados se fueron cerrando
rodeados por cientos de lágrimas,
dejaron de ver lo que un día
puede que se llamara esperanza.

Y la soledad acecha
al que está enfermo de nostalgia.
Y el enfermo cree
que la soledad es la única esperanza.

Puede que dolieran,
sí, puede que escocieran aquellas lágrimas,
pero no hay arma tan poderosa contra el corazón
como la poesía, como las palabras…
como los versos que uno mismo se escribe
para intentar comprender por qué
ya no importa nada.

Quizás esta sea la noche propicia para llorar
Después de tanto tiempo…
Quizás sea esta la noche para recordar,
para acordarme de quién era, de quién fui, de quién soy ahora.
Seguramente sea esta la noche propicia,
pero mi alma no llora.

Quizás esta sea la noche propicia para rezar.
Después de tanto tiempo…
Quizás sea esta la noche para recordar,
para acordarme de que un día no me encontré solo en la naturaleza.
Seguramente sea esta la noche propicia,
pero mi alma no reza.

Quizás esta sea la noche propicia para amar.
Después de tanto tiempo…
Quizás sea esta la noche para recordar,
para acordarme de todas las chicas a las que besé.
Seguramente sea esta la noche propicia para amar
pero mi alma no sabe a quién.

Siento vuestras pasiones en mi mano
y tengo miedo de romperlas en pedazos.
Por eso intento que mis versos
os consuelen convirtiéndose en abrazos.

Que mis palabras sean las promesas
que se cumplen,
que se sienta al leerlas que se besa
a la amada que se escapa y huye.

Siento vuestras vidas en la palma
y las acaricio suavemente con los dedos
porque posarme silencioso en vuestras almas
es todo lo que con mi poesía puedo.

Y así trato de abrazar vuestras pasiones
con versos simples y rimas cotidianas
porque las poesías que estremecen corazones
son las que llegan más humildes y humanas.

¿Qué sabrá ella de las puertas
que hay cerradas en mi alma?
¿Qué sabrá
de los caminos que hay en su interior?
¿Qué sabrá de mi vida
y de todo lo que he muerto?
¿Qué sabrá ella
que no sepa yo?

¿Sabrá quizás que algunas veces quise
parpadear para siempre, imitar a una flor?
¿Sabrá quizás que no siempre fue tan fácil
arrancar por las mañanas las lágrimas del colchón?

¿Sabrá quizás que hay puertas que no importa para abrirlas
si nunca nadie las cerró?
¿Sabrá quizás
que algunas de las puertas que cerré esos días
en verdad no las cerraba yo?

Lo sabe, sí lo sabe.
¿Cómo iba a estar aquí, si no,
sentada en esa parte de mi alma
donde tanto tiempo tardé en sentarme yo?

¿Cuántas veces me dará tiempo a decirte que te quiero?
¿Cuánto dura la vida?
¿Cuántos días exactos estaré a tu lado?
¿Cuánto durará esta alegría?

Mejor no contar las horas.
Mejor no hacer cálculos en días.
Porque el amor tiene ese don extraño
de hacer que todo acabe durando más de lo que parecía,
de que las horas que pasaron en segundos
al recordar se claven en el alma como días,
como noches en que no estuve a tu lado
aunque en mi pecho apoyada te dormías.

Por eso es mejor no calcular el tiempo ahora,
que no quiero perderte un día
y ver que también  perdí la cuenta:
que llegué a quererte más de lo que creía.

2015-05-25 14.47.47

Odia mirar el mar porque es inmenso.
Su infinito camino le estremece
y a cada ola el dolor en su alma crece
inundado de aquel piélago intenso.

Odia mirar el mar porque está solo.
La irónica soledad de sus vientos
toa su corazón entre lamentos
y le deja en sí mismo solo, solo.

Odia mirar el mar porque es del cielo:
estrellas que cayeron azuladas
a la arena amarilla, enamoradas
de su color, luciérnagas de hielo.

Odia mirar el mar porque hace ruido
y le abrasa el silencio de la nada
y obliga a su memoria abandonada
a recordar aquel naufragio. Olvido.

Odia mirar el mar porque es reencuentro
con lo que olvidó una noche de brisa,
con las lágrimas que escondió su risa
y con lo que debió sacar de dentro.

Odia mirar el mar porque otras veces
paseaba con su amada por la arena,
librando a las estrellas de su pena
y alimentando de amor a los peces.

Odia mirar el mar porque está muerto.
Muerto está y siembra muerte a navegantes
que, de su perversidad ignorantes,
no dejaron sus vidas en el puerto.

Por eso tira piedras a sus olas,
porque ellas se llevaron a su amada
de espuma de azucenas encerrada
dejando a las estrellas solas, solas.

Por eso lanza gritos destrozados,
porque el mar robó al cielo los luceros
y sus ojos, que no eran marineros,
murieron en el piélago ahogados.

Odia mirar el mar porque no hay nada.
Nada en su soledad ni en su mentira.
Se marcha desolado, ya no mira
las aguas que mataron a su amada.

Y, odiándose a sí mismo y sin pensar,
vuelve como si nada con las rosas,
que un día le advirtieron virtuosas
que no se enamorara nunca del mar.

No hay nada más terrible para mí
que un viaje.
Y entonces ahora pienso:
¿Para qué inventaron
los vuelos, las esperas,
las ganas de llegar muy lejos,
el ansia de llegar a conocer personas
que solo conoceré
porque quisieron ellos.
¡No más viajes, por favor!
Que voy sintiendo
que mi alma no da más de sí
en este mundo tan pequeño.