Ahora ya que todo pasó.
Ahora ya que ni nos echamos de menos,
que ya tenemos fotos con otros y no pasa nada.
Ahora que todo es distinto, pienso:
¿Para qué sirvió todo?
¿Qué sentido tuvo aquello?
¿De qué sirve el amor
que solo dura un tiempo?
¿Es verdad como pienso ahora
que no fue amor verdadero?
¿Es posible encontrar
el amor eterno?
¿Son los amores más puros
solo los que recuerdan los muertos?
¿Cómo es posible verse tan distinto
en tan parecidos recuerdos?
¿Es que al acabar con alguien
renacemos?
Ahora que ya todo pasó,
ahora que hablo de ti y no me inquieto,
ahora que tiene razón quien decía
que todo lo curaría el tiempo.
Ahora con menos tristeza que entonces.
Ahora pienso:
¿Fue aquello en verdad necesario
para que ahora sea todo perfecto
o podría haber llegado al mismo sitio
directo?
No lo sé.
Solo espero
haber acabado ya el camino
y saber que todo, da igual qué,
fue para esto.
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En respuesta, quizás, a «Se deja de querer»
de José Ángel Buesa.
Lo malo es que no se deja de querer en un momento.
Se sigue queriendo.
No importa saber que estar juntos
es el único camino que no lleva al amor verdadero.
Se sigue queriendo,
y eso es lo malo,
que se siguen conociendo las reacciones de la otra persona
ante los recuerdos.
Y se sigue sabiendo
lo que la otra persona opinará
de las últimas noticias, de los últimos sucesos.
Eso es lo malo,
que el amor se confunde fácilmente con seguir queriendo,
y seguir queriendo a veces,
incluso aunque los dos sigan queriendo,
puede no ser más que el contradictorio temor,
el miedo,
de que en la espera de acabar con esa inútil relación
se vaya con otro nuestro amor verdadero.
Se deja de querer, sí,
pero a veces es peor seguir queriendo.
¡Cómo echarás de menos cuando me haya marchado
mi voz que tantas veces callaron tus palabras!
La recordarás siempre con el corazón roto
y lamentarás no haber sabido aprovecharlas.
¡Cómo desearás oír mi voz ronca de nuevo
rozando tus oídos con dulzura escarlata!
Sonará su falso eco por las noches
y tú lo apartarás de tus sueños asfixiada.
¡Cómo echarás de menos cuando me haya marchado
mi voz que despreciaste cuando aún eras mi amada!
Y yo te gritaré desde mi soledad triste
sabiendo que ya no me queda por perder nada.
¡Cómo lamentarás no haberme escuchado
en esas dulces noches de olvido solitarias!
Y yo arrojaré a la hoguera del recuerdo
las palabras que no te dije porque tú hablabas.
Ya no hablarás con otros por miedo a no escucharles
y por miedo a dejar sola otra vez tu alma.
Y yo ya no hablaré por miedo a recordarte
cuando me escuche atentamente mi nueva amada.
¡Cómo me echarás de menos cuando me haya ido!
¡Cómo añoraré que tu dulzura me callara!
Y en el mar de tu voz me ahogaré sin resistencia
y el eco de mi voz te ahogará desesperada.
Llorarás perdida las noches de silencio
y yo escribiré versos las noches que me hablabas.
Y todo porque no supimos darnos cuenta
que en mi silencio y en tu voz la vida nos juntaba.
Porque ya olvidé mis recuerdos
y comprendí que no eran nada
Porque ya lo entregué todo
y me quedé hasta sin ganas
Porque ya he amado antes
No quiero enamorarme
Porque ya tuve mi tiempo
y ya no hay nada que me valga
Porque ya pertenecí a alguien
y me vendió en una subasta
Porque ya he amado antes
No quiero enamorarme
Porque sé que nada vuelve
y tú no fuiste el primero en encender la llama
Porque sé que no es posible
que te ame como amaba
Porque ya he amado antes
No quiero enamorarme
Pero tú me diste algo
que me dejó destrozada
Me demostraste que nunca
había estado enamorada
Y como no había amado antes
no dudé en enamorarme
Incomprendido en el mar
como una piedra más.
Alejado del cielo
y, bajo el cielo, solo.
Solo bajo el mar.
Incomprendido en el mar
como una estrella más.
Reflejado en el agua
y, en el agua, llorando
lágrimas de sal.
Incomprendido en el mar
como un suspiro más.
Volando por la brisa
y, en la brisa, cantando
sin poder amar.
Incomprendido en el mar
como un náufrago más.
Olvidado en las olas.
Ellas la secuestraron.
Nunca volverá.
Incomprendido en el mar
como agua.
Nada más.
Hay vidas en las que uno se despierta torpe.
Debe ser lo que me ha pasado a mí.
Siento que a diferencia de otros
yo no he aprendido bien a vivir.
Sigo con las mismas dudas de siempre,
el mismo extraño anhelo de sobrevivir,
incluso me enamoro con más fuerza que entonces,
como si esta vez no fuera como siempre a sufrir.
Hay días en los que uno se despierta torpe
como si hubiera perdido habilidades al dormir.
Hay días en los que uno piensa demasiadas cosas
y hasta tiene peor letra al escribir.
Son vidas en las que uno se tropieza con las cosas
como si las hubieran puesto aposta ahí.
Son días en los que uno se queja
de todo lo que ha sido siempre así.
Entonces uno siente que la vida puede
seguir consistiendo simplemente en vivir
y que el que cambia es en verdad uno:
que hay días que no asume su manera de existir.
Como las olas, que a golpes van
acercándose a mis chanclas
y las rozan poco a poco
y las arrastran luego lentamente
hasta acercarlas a otras olas
para expulsarlas después.
Como las olas,
que tras ese jugueteo con mis chanclas
finalmente las engullen
y las van llevando adentro
más y más lejos de la orilla
hasta hacerlas desaparecer.
Como las olas,
que aunque empujan hacia fuera
engullen hacia dentro.
Como las olas.
Así es el amor.
Y yo
como unas chanclas en la orilla,
aceptando que me arrastren,
con la sola resistencia
de unos surcos en la arena,
de unos surcos que son solo
caricias que enseguida
las olas borrarán.
Si esta noche pudiera decirte lo que siento,
llamarte por teléfono y susurrarte al oído
palabras tan lejanas como tu amor del mío,
no estaría escribiendo estos versos que te escribo.
Es verdad que el amor dura solo un segundo
pero su espera es tan lenta… como el olvido.
Y en una de esas noches largas en que lo espero
he deseado tenerte como el día de aquel beso,
en que antes que nosotros, nuestros labios primero,
conocieron lo más profundo de sus secretos.
Y yo aquí ahora, solo, asumiendo que olvidaste
que, escondido en aquel beso, el amor se derramaba,
empiezo a darme cuenta de que nunca lo supiste,
que no lo comprendiste, que no es que lo olvidaras.
Te creíste una más, otro rollo de entre tantos.
No sabías que a veces los hombres también nos enamoramos.
Si esta noche pudiera decírtelo al oído,
decirte que te quiero, jurar que no te olvido,
hacerte comprender que después de tanto tiempo
mis labios aún te esperan cada noche intranquilos.
Si esta noche llamarte tuviera algún sentido
no estaría escribiendo estos versos que te escribo.
Lo sé. Debí decírtelo después de aquel beso
pero a veces el amor tarda en hacer efecto.
Si ya es muy tarde, créeme que lo comprendo,
comprendo que lo dudes, que no creas que lo siento…
La verdad es que a veces yo tampoco me lo creo.
Si pudiera llamarte y decirte lo que siento…
Si fuera tan fácil hablar como escribir versos…
Sé que ya no me quieres, si acaso me has querido,
sé que me dirás que no si hablo contigo.
Solo soy para ti el que te besó en aquel sitio,
al que besaste aquella noche después de haber bebido.
Y ni el día después, ni tras tanto tiempo perdido
te habrían importado estos versos que te escribo.
Por eso, aunque esta noche me atreviera a llamarte,
no te llamaría, para no enamorarme
como la noche aquella en la que me besaste
y al oído con tu dulce voz me susurraste.
¡Bah! ¡Para qué engañarme!
Si para no enamorarme te escribo y no te llamo
es porque todavía estoy enamorado
y al escribirte intento que la espera dure menos,
la espera de tu amor, porque te quiero.
Era imposible.
Era como empezar un videojuego nuevo
otra vez.
Era imposible.
No había hueco.
Yo me había hecho ya
demasiado viejo.
Era imposible.
Aún sigo sin entenderlo.
Fue como el problema que después de muchas vueltas
con facilidad, sin saber cómo, se acaba resolviendo.
Como el mueble
que en giro extraño pasa por un minúsculo hueco.
De repente yo era joven
y los años se expandieron.
De repente empecé a jugar otra vez,
de repente nos queremos hace tiempo.
Y es imposible aún, pero ahora es cierto.
Eres lo poquito de posible que hay en todo lo imposible
y…
¡y te quiero!
Nunca, nunca otros besos te besarán así
Sara Hübner
¡Cuánta gente advierte a quien le deja
que no encontrará un amor tan grande en otros!
Habla su corazón enrabietado
de que le dejen solo.
¡Cuánta gente amenaza al despedirse
con irse para siempre!
Pero se deja, simulando olvido,
el corazón por si vuelve.
¡Cuánta gente termina convencida
de que solo su amor fue el verdadero!
Y puede ser verdad,
pero lo cierto
es que da igual si fue el mejor:
el que realmente gana es siempre el tiempo.
¡Ay! ¡A cuántos encandila el tiempo!
¡Con qué facilidad se curan muchos solo con vivir!
El tiempo nos sabe decir siempre
exactamente lo que queremos oír.
Pero más valdría detenerse.
Comprender que solo ama el que sabe esperar,
al que no le importa haber desperdiciado amor con otros
porque eso no era realmente amar.
