sin luna, sin nostalgia, sin pretextos
Mario Benedetti

Antes eran rellenos.
Ahora son adornos
las estrellas, las luciérnagas y las flores.
Yo también caí en el empeño de que una sea la correcta
que tenemos todos cuando somos jóvenes.
Y la llené de estrellas,
la llené de luciérnagas y flores
para que se adaptara a mis promesas,
a mis sueños, a mis recuerdos, a mis temores.

Ahora no es difícil verlo,
cuando la experiencia ha vivido lo suficiente para sacar conclusiones:
las estrellas se apagan, las luciérnagas mueren,
se marchitan las flores.
Hay algunas que tardan más tiempo,
pero a todas les pasa justo después de que uno se enamore,
en el momento exacto en el que ya no distinguimos
promesas de tentaciones,
falta de amor en ella
de nuestros errores,
días de insomnio,
de reconciliadoras noches,
lo importante que es ella para nosotros
del miedo al daño cuando nos abandone,
los rellenos que le hemos puesto
de lo que en verdad su amor supone.

Antes eran rellenos.
Ahora son adornos.
Por eso dejé de culparme de haber marchitado en las manos
tantas flores,
de haber apagado luciérnagas y estrellas,
de haber estropeado tantos amores.

Los rellenos siempre caen
aunque no se vea porque las reconciliaciones no dejan pensar por las noches,
Los rellenos caen
y los recuerdos no valen porque proceden de la misma persona que los pone.
Los rellenos siempre caen.
Lo comprendí cuando chocaron de frente con tu nombre
y los usé de adornos
por no tirarlos y que les volviera a dar mal uso otro enardecido joven.

Después de nadar entre las olas,
después de contar inútilmente las estrellas que caben en el cielo
cuando estoy a solas,
después de tanta luciérnaga,
de tanta excusa para no aceptar
que uno no quiere de verdad hasta que no entiende por qué se enamora.
Después de tanta lágrima
que ya no sé si lloraba aposta,
como me siento ahora
es como si estuviera en una colchoneta
tumbado plácidamente sin que me importen las olas,
como cuando de pequeño me quedaba a gusto solo,
pero esta vez sin estar a solas,
como cuando las luciérnagas, las estrellas o las flores dan igual
porque solo son rellenos para el que en verdad no se enamora.

En una colchoneta, sí, con la plácida calma
del que es feliz por fin en el ahora
y aunque sabe que en un tiempo tiene que volver a andar
de momento cierra los ojos cinco minutitos más aposta.

En una colchoneta, sí, contigo…
Ya volveremos a la orilla cuando sea la hora.

Por las noches ya no cantan
los pájaros en mi cuarto.
Se oyen los coches que pían
de vez en cuando.
Por las calles de mi cama
no pasan flores ni carros.
Solo pasan transeúntes
de vez en cuando.
Yo los oigo mientras sueño
y los sueño mientras paso
por las calles que me crecen
en el cráneo.
Y los mezclo con fantasmas
de cascabeles y nardos.
Yo quisiera oler las flores
de esos campos.
Se me cansan las pestañas,
se me cansan de andar años,
No me basta con mi calle
¡quiero arrancarme el asfalto!
Oigo el ruido por las noches
de la ciudad bostezando.
Tiene una señal que dice
¡Prohibido besar mis labios!
Por la calle de mi cama
pasan pétalos llorando
cada dos en una moto
sin el casco.
No me basta con mi calle
¡Yo quiero probar el pasto!
Quiero ser antes, no ahora,
¡quiero lijarme las manos!
Por la calle de mi cama
sigue quedando algún árbol.
Se me van cayendo almohadas
mientras ando.
En la calle de mi cama
siempre me acabo acostando
bajo sábanas de trigo
sobre colchones de asfalto.
Y me duermo, sí, me duermo
y horas después me levanto
cubierto entero de polvo
como un libro, amordazado.