Pues al final yo no era tan difícil.
Al final sabía querer igual que todos.
Soy raro, sí, y me enfado a veces,
pero nada que no vea que hacen otros.
¿Por qué no había encontrado a nadie antes?
Quizá porque nadie me había mirado de este modo.
Quizá porque hay poca gente que sepa distinguir
entre lo que dice uno y lo que siente en el fondo.
Quizá porque no supe venderme en estos tiempos,
y los que no vemos el mundo como una transacción somos muy pocos.
Quizá porque yo nunca he sabido mentir
y antes de presumir he preferido siempre emborronarlo todo.
Quizá porque siempre me he exigido demasiado
y creyéndome abocado a estropear mi mundo
he preferido estropearlo solo.
Quizá porque hasta que tú llegaste
siempre había creído que los demás me consideraban tonto.
Quizá porque solo tú entendiste que no basta con quererme,
que había que hacer que me dejara querer por otro.
Y eso no era tan difícil
o al menos no muy complicado en el fondo:
era ir limpiando cada día,
tarde a tarde, trozo a trozo,
las lágrimas grises que guardé en mi corazón
cuando cada golpe de la vida me parecía una razón más para estar solo.
No era tan difícil.
A ti desde luego te costó muy poco.
Me demostraste que quererme yo era quererte más a ti,
era querernos más a nosotros.

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Madrileño, no muy feo,
listo, bueno, con el suficiente dinero.
El menos poeta de entre los poetas
y encima de los que ponen rima a los versos.
Soy el menos indicado para tocar el alma,
pero a casi todas horas lo intento.
Siento que no encajo entre los que no encajan,
que soy demasiado normal para lo raro que me veo,
que no puedo quejarme de la vida,
que lo que me hace sufrir es porque juego demasiado con los sentimientos
y que, si se me rompe alguno,
es porque me lo merezco.

De ciudad, ni siquiera fumador,
ese al que los padres ponían como ejemplo.
Alguien que antes de quejarse de las injusticias
trata de ver las que él mismo lleva dentro.
Toda la vida sintiendo que nació para ser otro,
que su mundo era mucho más fácil que todo esto.
Toda la vida complicándome:
siendo poeta, pudiendo ser uno más
de los que felizmente nacen muertos.

No eran las peleas,
sino las reconciliaciones lo que hacía daño.
Pero yo las necesitaba, las necesitaba.
Debería empezar a sospechar de lo que es tan necesario:
puede ser crucial para la vida,
pero generalmente no es más que un engaño.
¿Era crucial para mi vida?
¿Pude vivir después de que todo hubiera acabado?
Sí,
pero todavía la estoy olvidando.
¿Alguna vez tu corazón ha llegado a olvidar
que debe seguir palpitando?
No lo sé, a veces noto
como si, desde que se fue ella, palpitara más despacio.
Ir más lento no es olvidar,
es recordar sin que el futuro haga daño.
El futuro ahora mismo
es lo único con lo que me siento a salvo.
Entonces es que viviste
cruelmente engañado.
Cada pelea te lo quería decir,
pero el problema de los gritos es que siempre quedan como los malos.
Y las reconciliaciones aprovechan
para seducirnos cogiéndonos entonces de la mano.
Y tú las necesitabas en ese momento, sí,
pero la vida es mucho más larga de lo que parece
cuando creemos que hemos acertado.
Lo suficiente para hacer comprender
por qué eran errores los aciertos del pasado,
por qué era mejor perder
cuando ganar era encerrarse en un triunfo sin resultado.
Ahora entiendo.
Por eso siempre acababa con heridas en las manos.
Hay caricias que no duelen
porque se camuflan tocando por otro lado
y para que no escuezan las cicatrices
es necesario que se sigan camuflando.
Hay que buscar entonces el amor
que sea perfecto sin ser necesario.

Tú te acuestas y me dejas así solo
en las horas en las que más sabes que pienso.
Y se pasean mundos por mi cuarto
y hasta toco la vida y solo yo la entiendo.
A veces llego hasta a olvidarme de ti.
Lo siento.
Pero es que llego a olvidar hasta que existo.
Escribo mucho y leo.
Y tú dormida como si no pasara nada,
como si no estuviera soltando versos tristes por el techo.
Al día siguiente te despiertas
y mis versos y yo disimulamos y nos posamos por el suelo,
como juguetes que cobran vida por las noches
y por el día vuelven a convertirse en juegos.

tu lengua contra el pasado
Marwan

 Si no nos conocíamos,
¿cómo te puedes llevar tan mal con mi pasado?
¿Cómo puedes hacer
que se retuerza tanto,
si yo nunca he podido con él,
con todas las veces que lo he intentado?

Si no nos conocíamos,
¿o eras aquella que siempre me daba la mano
cuando yo ya no tenía ganas de vivir,
pero notaba que alguien me llevaba arrastrando?

Si no nos conocíamos,
¿cómo puedes saber los puntos débiles de mi pasado?
¿Cómo puedes saber lo que me dijo
para que yo viera al futuro siempre como el malo?

Sí, no nos conocíamos,
pero tú ibas por el camino de al lado,
siempre cerca porque a los dos
aun sin conocernos
nos llevaban al mismo sitio nuestros pasos.