¿Le debería decir:
«Oye, te seguí recordando.
No te creas que te olvidé al momento»?
¿Le debería decir:
«Sí, ahora estoy mucho mejor,
pero me costó incluso querer estar bien bastante tiempo»?
¿Le debería decir
que aprendí mucho con ella,
que quizá hasta esto se lo debo?
¿Debería decirle que ella tenía cosas buenas,
pero que ni yo ni aquellos años éramos los indicados para verlo?

O debería callarme y dejar
que la decepción siga borrando los recuerdos,
aceptar que el final fue muy triste
para tener una buena excusa que nos libre de tener que comprenderlo.

Le debería decir:
«Oye, estuvo muy bien.
Lástima que fueran tan distintos nuestros sueños.
Me habría encantado vivirlos contigo,
pero sé que juntos nunca habríamos llegado a ellos».

O tal vez debería callarme y asumir
que también ella, a pesar de todo, me olvidó hace tiempo.

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Parece raro, pero es más difícil
cargar con una vida que con dos.
El amor tiene estas leyes
para las que solo la poesía ha dado a veces una explicación.
Luego se ven esas parejas
para las que es tan sencillo el amor
y uno piensa qué hace mal,
por qué en algo tan bueno no le sirve de nada buscar siempre lo mejor,
por qué le atrae esforzarse tanto,
incluso sabiendo que aquí es más fácil meter la pata por exceso de ilusión,
por qué la vida le enseña reglas a uno
que luego se dan la vuelta cuando uno se convierte en dos,
y justo cuando uno empieza a creer que entiende esas reglas
empieza a ver que la otra persona no las cumple
el corazón.
Y se queja y protesta y se resiente
y, aunque uno intenta esconder sus gritos bajo el dolor,
no se puede y al final cae todo
cuando dormirse triste era ya una feliz señal
de que se iba en la buena dirección.

Es entonces cuando uno se da cuenta
de que haberlo dado todo no ha sido al final lo peor,
que lo malo viene ahora cuando ya sin fuerzas
inesperadamente cuesta más cargar con una vida que con dos,
como si pesara el vacío,
como si los recuerdos se nos fueran agarrando al pantalón,
como si no ser queridos
fuera menos malo que ir dejando atrás el dolor,
como si un sí, da igual de qué manera,
pesara siempre mucho menos que un no,
como si fuera verdad que el olvido al fin y al cabo
es una carga más pesada que la decepción.

Era mentira, ¿verdad?
No te fuiste.
Fue otra de esas cosas que me invento
los días grises.

Era mentira, ¿verdad?
Sí que me quisiste.
No siempre hay que hacerle caso
a las cosas que otro dice.

Era mentira, sí.
Por eso aquí sigues,
aunque sea ahora en mis recuerdos,
aunque sea todo cierto y me olvides.

Pero es mentira, claro que es mentira,
porque un día me pediste
que te quisiera para siempre
y yo te quise.

Se te oía un silbido en el corazón.
¿O era un lamento?
No era el indicio de una enfermedad.
Se notaba en el silbido un sentimiento.

¿Era grave? No lo sé.
No te dije nada, pero te abracé y te di un beso.
Yo también sé lo que es estar con la persona más querida
y aun así sentir tristeza y miedo.

Ahora pienso en ti y recuerdo con qué pena
el silbido se me metió por el cuerpo,
con esa pena tan vacía
que da el dolor ajeno,
ese dolor que recuerda que hay cosas inevitables
por mucho que otra persona vaya a nuestro lado y la abracemos.

El silbido en tu corazón me hizo recordar
la incertidumbre que todos tenemos
por cosas que al final seguramente no sean nada,
pero que ni un fuerte abrazo consigue a veces que las olvidemos.

Ya sabes que no siempre soy capaz
de decir lo que siento.
A veces ni delante de un papel
puedo.
No me pidas entonces
que te hable sin miedo,
si tus ojos tienen la forma
que tenían las puertas de mis sueños.

A veces voy a escribir
justamente lo que siento
y de repente se me olvida
como si se me hubiera escapado de dentro,
como si solo por pensarlo
me hubiera librado de ello.

Cómo no se me va a olvidar
cuando te miro y veo
que el amor de repente tiene forma
que no solo en palabras se captan sentimientos.

Cómo pretendes que pueda
decirte lo que siento,
si solo con mirarme tú haces
que se sonroje cualquiera de mis versos,
que las letras corran a esconderse
y que sepan a chicle gastado mis tequieros.

Me esperabas en tu cuarto
viendo en la noche llover.
Tu alma era una rosa
temblorosa y ya sin fe.
Le regalaste a la luna
tus lágrimas de mujer
y le dijiste vencida:
«Yo nunca le olvidaré».
La tristeza más profunda
se escondió bajo tu piel.

Al otro lado del cielo
yo te esperaba sin fe.
Intentaba distraerme
escribiendo en un papel;
pero al verlo tan intacto
me recordaba a tu piel
y escribí sumido en llanto:
«Yo nunca la olvidaré».
Las palabras empapadas
se escurrían del papel.

Tristísima noche aquella.
Tristísimo cielo aquel.
Los dos dijimos a un tiempo:
«Nunca te volveré a ver».
Y la luna apagó sus pupilas
y dijo: «Nunca os olvidaré».

Las palabras escuecen más que las lágrimas…
y la ausencia y el olvido.

El alma aprendió a llorar
pero no aprendió a olvidar lo que se ha ido.
El corazón fue haciendo caso a las palabras
que el recuerdo le susurraba al oído.

Ni las palabras pueden aliviar
el dolor de un corazón herido.

Con la ausencia se arrugó el alma
y el corazón entró en los días
en los que ya no importa nada.
Los párpados se fueron cerrando
rodeados por cientos de lágrimas,
dejaron de ver lo que un día
puede que se llamara esperanza.

Y la soledad acecha
al que está enfermo de nostalgia.
Y el enfermo cree
que la soledad es la única esperanza.

Puede que dolieran,
sí, puede que escocieran aquellas lágrimas,
pero no hay arma tan poderosa contra el corazón
como la poesía, como las palabras…
como los versos que uno mismo se escribe
para intentar comprender por qué
ya no importa nada.

Ya apagaron las luces de las calles
que paseaban cogidas de mi mano.
Yo sigo paseando a veces solo
buscando algún recuerdo en el asfalto.

Ya apagaron las luces de las calles
el triste amanecer del que ya ha amado,
el triste corazón que añoró un beso
que jamás, en verdad, le habían dado.

Ya apagaron las luces de las calles
por las que yo iba siempre enamorado,
por donde iba pensando que era amor
lo que solo era andar por el asfalto.

Ya apagaron las luces de esas calles…
Ni siquiera sé ya por dónde ando.
Ni siquiera me saben a recuerdos
las lágrimas de ayer que voy pisando.

Si esta noche pudiera decirte lo que siento,
llamarte por teléfono y susurrarte al oído
palabras tan lejanas como tu amor del mío,
no estaría escribiendo estos versos que te escribo.

Es verdad que el amor dura solo un segundo
pero su espera es tan lenta… como el olvido.
Y en una de esas noches largas en que lo espero
he deseado tenerte como el día de aquel beso,
en que antes que nosotros, nuestros labios primero,
conocieron lo más profundo de sus secretos.

Y yo aquí ahora, solo, asumiendo que olvidaste
que, escondido en aquel beso, el amor se derramaba,
empiezo a darme cuenta de que nunca lo supiste,
que no lo comprendiste, que no es que lo olvidaras.

Te creíste una más, otro rollo de entre tantos.
No sabías que a veces los hombres también nos enamoramos.
Si esta noche pudiera decírtelo al oído,
decirte que te quiero, jurar que no te olvido,
hacerte comprender que después de tanto tiempo
mis labios aún te esperan cada noche intranquilos.

Si esta noche llamarte tuviera algún sentido
no estaría escribiendo estos versos que te escribo.

Lo sé. Debí decírtelo después de aquel beso
pero a veces el amor tarda en hacer efecto.
Si ya es muy tarde, créeme que lo comprendo,
comprendo que lo dudes, que no creas que lo siento…
La verdad es que a veces yo tampoco me lo creo.

Si pudiera llamarte y decirte lo que siento…
Si fuera tan fácil hablar como escribir versos…

Sé que ya no me quieres, si acaso me has querido,
sé que me dirás que no si hablo contigo.
Solo soy para ti el que te besó en aquel sitio,
al que besaste aquella noche después de haber bebido.

Y ni el día después, ni tras tanto tiempo perdido
te habrían importado estos versos que te escribo.
Por eso, aunque esta noche me atreviera a llamarte,
no te llamaría, para no enamorarme
como la noche aquella en la que me besaste
y al oído con tu dulce voz me susurraste.

¡Bah! ¡Para qué engañarme!
Si para no enamorarme te escribo y no te llamo
es porque todavía estoy enamorado
y al escribirte intento que la espera dure menos,
la espera de tu amor, porque te quiero.

Siempre hay un motivo para seguir.
Lo único es que a veces es difícil encontrarlo.
¿Por qué si no iba el cuerpo a gastar
tantas lágrimas llorando?
Basta mantener la esperanza de leerse Guerra y paz, aunque seguramente al final no lo leamos.
Basta con que nuestro grupo favorito (los Libertines, por ejemplo)
saque una nueva canción después de tanto.
Siempre hay un motivo para seguir.
Siempre hay algo.
Siempre hay alguien que nos puede alegrar solo con llegar a él pensando.
Siempre hay una palabra que nos puede distraer
al intentar recordar su significado.
Siempre hay un dato asombroso que aprender,
como un bostezo en medio del llanto.
Siempre hay un motivo para seguir:
la curiosidad quizás de adónde nos lleva tanto adelanto.
Podemos creernos las peores personas del mundo,
pero siempre habrá alguien que nos vea distinto de como solemos mirarnos,
alguien que le dé la vuelta a todo,
como si un espejo pudiera abrazarnos. Cuando perdemos toda esperanza,
seguro que hay algo que estamos pasando por alto
por mucho que no queramos reconocerlo
de lo orgullosos que nos ponemos cuando lloramos.
Por eso,
cuando caigamos en el más triste de los estados
lo mejor es animarse
y pensar que algo se nos está olvidando,
que si no no lloraríamos
ni apretaríamos con tanta rabia las manos.
Es verdad que hay momentos
en que todo lo que parecía animarnos
se empieza a ver como engaños estúpidos
con los que día a día nos conformamos,
pero eso es porque en esos momentos
no somos conscientes de lo que en verdad nos mueve de esos engaños.
No son sus historias bonitas.
No son sus buenos ratos.
Es que todas esas cosas son la prueba
de que debajo de la vida hay algo,
algo con lo que no importa que un día sea bueno
y que otros nos parezca injustamente amargo,
algo que siempre da un motivo para seguir,
aunque solo sea para seguir llorando.