Parece raro, pero es más difícil
cargar con una vida que con dos.
El amor tiene estas leyes
para las que solo la poesía ha dado a veces una explicación.
Luego se ven esas parejas
para las que es tan sencillo el amor
y uno piensa qué hace mal,
por qué en algo tan bueno no le sirve de nada buscar siempre lo mejor,
por qué le atrae esforzarse tanto,
incluso sabiendo que aquí es más fácil meter la pata por exceso de ilusión,
por qué la vida le enseña reglas a uno
que luego se dan la vuelta cuando uno se convierte en dos,
y justo cuando uno empieza a creer que entiende esas reglas
empieza a ver que la otra persona no las cumple
el corazón.
Y se queja y protesta y se resiente
y, aunque uno intenta esconder sus gritos bajo el dolor,
no se puede y al final cae todo
cuando dormirse triste era ya una feliz señal
de que se iba en la buena dirección.

Es entonces cuando uno se da cuenta
de que haberlo dado todo no ha sido al final lo peor,
que lo malo viene ahora cuando ya sin fuerzas
inesperadamente cuesta más cargar con una vida que con dos,
como si pesara el vacío,
como si los recuerdos se nos fueran agarrando al pantalón,
como si no ser queridos
fuera menos malo que ir dejando atrás el dolor,
como si un sí, da igual de qué manera,
pesara siempre mucho menos que un no,
como si fuera verdad que el olvido al fin y al cabo
es una carga más pesada que la decepción.

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