¡Qué pequeño soy
cuando no valgo para nada!
¿Por qué entonces no desaparezco?
Si soy el umbral
entre la muerte y el nacimiento.
¿Por qué sigo aquí?
Si soy lo justo para sentir
que sobro y que molesto
y que es mejor para todos
si desaparezco.

¡Qué pequeño soy!
¡Qué pequeño!
¡Qué ganas de desaparecer!
Pero es que no valgo ni para eso.
Tan pequeño soy
que no me puede caber nada dentro,
pero algo tiene que haber
para que yo pueda sentirme tan pequeño.

Y ese algo es la esencia de todo,
la esencia que solo ven los pequeños,
los que podrían llegar a desaparecer por los demás,
los que asumen siempre que la culpa es de ellos,
los que consiguen que a pesar de todo,
el mundo siga pareciendo bueno,
los que hacen que tanta gente se sienta grande
gracias a que ellos son tan pequeños.

Time for heroes
The Libertines

Ya es hora de que venga un héroe
alguien en quien creer,
alguien que nos oriente.
Ya es hora de que venga un héroe
con principios verdaderos,
alguien que no se deje influir por la opinión de la gente.
Ya es hora de que venga el que demuestre
que es posible ser feliz,
que se puede,
que ser bueno es la mejor opción
para afrontar la muerte,
que al que es bueno no le importa
que otros sean diferentes,
que al que es bueno de verdad
no le importa sentirse diferente.
Ya es hora, sí,
ya es hora de que venga un héroe,
uno verdadero que haya escuchado a los demás
y sepa adónde llevan realmente las corrientes,
que sepa que el pasado
si no se mira bien nos hace débiles.
Ya es hora de que alguien ilumine
a los que agachan la voz entre los gritos de la gente.
Ya es hora de que venga
y que despierte
a quien se durmió pensando
que mejor era callar para siempre.
Ya es hora de que venga y diga
lo que otros no se atreven.
Ya es hora de que venga…
perdón,
ya es hora de que vuelva a venir
un héroe.

A una muchacha quizás muerta

Déjenme recordarla
José Ángel Buesa

Hoy te cogería de las manos suavemente
y te besaría como aquellas veces.
Olvidémonos de las promesas que no se cumplieron
Hoy hace justo cuatro años que sonó un “te quiero”.
Recordemos solamente ese instante
como si no hubiera pasado nada después ni nada antes.
Recordemos nuestros ojos en aquel momento,
sin un rasgo de dolor ni una gota de lamento.
Dejemos a un lado las noches absurdas
de dos almas que se quieren y no están juntas.
Recordemos. Solamente recordemos.
Cada uno en su cuarto o donde estemos.
Y así, otra vez, unidos por aquel te quiero,
quizás volvamos a encender la llama del amor verdadero
y, aunque sea de otros, porque ya no podemos amarnos,
quizás otra vez volvamos a enamorarnos.

No es nada raro. En la vida las cosas pasan:
la gente muere, los amores fracasan.
Y, a pesar de todo, el corazón sigue palpitando
como si no se diera cuenta de lo que está pasando.
Y seguimos sufriendo sin sentido
lo que debió caer en su momento en el olvido.
No hay nada que evite que estas cosas sucedan.
Los olores más amargos son los que se quedan,
como una lágrima en la tinta de un te quiero perdido,
como el olor de la tarde en que asumí
que ya te habías ido.

Y yo que decía
que el amor son solo hormonas,
que no hay enamorados,
que el amor es una droga.

Y ahora ya comprendo
que sí, son solo hormonas,
pero amar es encontrar
algún día a la persona
con quien las hormonas concuerden,
con la que encajen todas.

Y puede que esa unión,
sea tan solo una cuestión de hormonas,
pero también la música son solo
golpes en cuerdas
que despiertan notas.

Lo esencial es que la unión
despierta en el mundo cosas
que no sería posible
que despertaran solas.

(Van pasando los años…)
Para los recuerdos lo lejos es imposible.
El tiempo llama a gritos pero no hay manera
de volver al otro lado.
La vida está partida
en momentos del pasado.
Los que se fueron no vuelven
y los que vuelven es que en verdad nunca se marcharon.
Los latidos lo marcan:
Silencio. Latido. Silencio.
Eso da igual para los que nunca se enamoraron.
Silencio. Mujer. Silencio.
Pasado. Latido. Pasado.
En la mano una sombra. Un temor en el pecho.
Ojalá nunca me hubieran besado.
Todo. Latido. Todo.
Todo termina acabando.
Como la vida, como las fotos de mi cuarto,
como las cosas que un día veo
y al siguiente creo que he soñado.
Los recuerdos están tan lejos…
Nadie ha logrado alcanzarlos.
Pero se siguen viendo, se siguen viendo
allí al otro lado
y siguen sonando y siguen oliendo
y siguen teniendo algo que contarnos,
siguen teniendo sabor a vida,
sabor a poder recuperarlos.

Silencio. Latido. Silencio.
Giro la cabeza. Cierro los ojos. Ando.
Me pongo la mano en el corazón.
Noto que me falta algo.
Son más largos los latidos
del que no está enamorado,
del que no tiene la vida partida
en mil pedazos,
del que no tiene millones de recuerdos
y trata de alcanzarlos.

La vida es Silencio. Latido. Silencio. Silencio. Silencio…
El silencio acaba siendo cada vez más largo,
hasta que ni siquiera los recuerdos
son capaces ya de despertarnos.

Demasiado tarde para amarte.
Los ojos son estrellas que se quedan quietas
y que solo se mueven cuando ya no arden.

Demasiado tarde para amarte.
Las tardes suelen ser más cortas que la vida
y, sin embargo, fue muy larga aquella tarde.

Demasiada tarde para amarte.
Demasiada al amar a quien la vida aleja
por alguna razón que solo el polvo sabe.

Demasiada tarde para amarte.
Los ojos son estrellas que no dicen nada.
No dicen nada pero parece que hablasen.
Los ojos son estrellas que solo se mueven
cuando, en verdad, ya es todo demasiado tarde.

Te marchaste sin decir lo que esperaba
como una nube pasajera que no llueve.
Huiste por aquellos caminos de nieve
por los que hace tiempo contigo paseaba.

Flotando en el aire se quedaron los besos
que yo, sin dudarlo, te habría regalado;
y esos mismos labios que te habrían besado,
esos mismos labios te maldicen posesos.

No se encontrará tu mirada con la mía.
Las horas serán días y los días años,
y ya mis labios siendo errantes ermitaños
buscarán una ermita para el nuevo día.

Créete que después de tan duro contratiempo
mi alma se ha internado en el mundo de la muerte
y aquel corazón que te pareció tan fuerte
hoy es carne débil marchita con el tiempo.

10.8.01 (17 años)

Todo eran sonrisas
hasta que ella vino
con sus ojos enormes
a mirarlo todo,
a enseñarme que la vida
no es solo lo que tengo alrededor.

Todo eran sonrisas
hasta que ella vino
a sacarme las lágrimas
que escondía en mi interior.

Todo eran sonrisas;
no hay más que ver las fotos.

Sí. Todo eran sonrisas
hasta que ella vino aquella noche
a empeorarme a mejor.

Todos maduraron.
Yo me divertí durante demasiado tiempo.
Huí de los reclamos de la vida
pero la vida no se cansó de seguir pidiendo.
Todo lo que fui tragando
no pensé que se fuera a quedar dentro.
Ahora parece que voy madurando
y voy entendiendo de qué va esto.

Todos maduraron demasiado pronto
o acaso es que yo fui el más lento.
Cuando descubrí la farsa de mi alegría
ya tenía muchas lágrimas al descubierto.
Me había dado cuenta de que la vida puede ser muy triste
si en vez de tener sueños tenemos sueño
y acabamos madurando como todos
y caemos del árbol sin recuerdos.
Todos maduraron demasiado pronto
dejando de un lado sus sueños,
cansados de una vida que no apetece,
mirando hacia atrás y viéndome riendo,
viendo al que maduró el último,
al que maduró más lento,
al que sigue ilusionado con cosas imposibles
y sigue confundiendo la vida con los sueños.