Se puede poner la cara con forma de sonrisa
sin estar sonriendo.
Se puede abrir los brazos y apretar
sin estar dando un abrazo.
Se puede estar leyendo un libro bueno
y no querer seguir leyendo,
respirar sin oler,
dejarse llevar,
dar patadas al aire
y sentirse solo rodeado de palabras, de libros,
de historias que no quieres que sucedan,
pero que ya ves que van sucediendo
a tu alrededor,
y que eres el eje que no gira,
pero el eje de otro mundo,
de otra soledad,
de otra vida.
Y puedes poner cara en forma de sonrisa
sin estar sonriendo,
y, aun así, sonreír.
Pero eso nadie lo ve
y, por eso, nadie te sigue leyendo.

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Yo pensaba que la gente que se enamora locamente
en verdad no quería,
que era irracional idolatrar de esa manera,
que era confundir el amor con la vida.
Creía que había que encontrar el equilibrio,
no perder la perspectiva,
entender que se puede amar, sí,
pero también hay que vivir,
que si no amar es mentira,
que si no amar es un sueño
que probablemente acabe siempre en pesadilla.

No veía entonces
en qué fallaba mi teoría.
La había basado en parejas
en las cuales uno no quería.
Pero, si dos personas se enamoran locamente,
con que cada uno ponga una mitad bastaría,
pues con dos mitades de amor se ama mucho
y se vive mucho con dos mitades de vida.

¿Cómo lo descubrí?
Porque cuando me enamoré locamente de ella
empezó a ser más racional mi vida.

A veces me disgusto con la vida
y quiero pensar que no sirve para nada.
A veces me gustaría que se demostrara que somos un error
y decírselo a todos los que se ríen a la cara.
A veces siento que no hay solución,
que no merece la pena buscarla,
que la mejor manera de disfrutar de la vida es olvidándola.

Esas veces miro al cielo
y se me meten para dentro las lágrimas
y me voy sintiendo más feliz
cuanto más voy sintiendo que no soy nada.
Pero me asusta la alegría.
Me asusta que la felicidad se parezca tanto a la ignorancia,
a no hacer nunca preguntas
por si nadie sabe contestarlas.

Entonces bajo la vista y miro al suelo
y voy recuperando mi amarga esperanza.
Me quedo un momento callado
y sonrío al ver que se me cae una lágrima.

La vida tiene un precio
que no puedes pagar continuamente
Felipe Benítez Reyes

Puede que siempre hayas podido permitírtelo,
incluso que hayas invitado a otros a vida,
pero sabías que en algún momento
tus ahorros se acabarían.
Derrochaste mucho, fuiste generoso,
hacías lo que creías que debías.
No entendías que la gente no entregara como tú
tanto amor como de jóvenes sentíais.

Y te quedaste atrás,
dejaste de poder pagar la vida.
Y te asustaste.
Pero llegó ella
con tanta vida contenida.
Y encontraste ese billete entre las páginas del tiempo,
ese beso que guardaste, por si acaso, un día,
esa lágrima olvidada,
esa forma de ser tan tuya que creíste que nunca volvería.
En el fondo sabías que en algún momento
no podrías permitirte la vida
y guardaste ese poco
aun suponiendo que no valdría.

Pero llegó ella
y te enseñó a gestionar tu alegría,
te enseñó que no está mal ser generoso,
que el precio de las cosas no funciona igual que el precio de la vida,
que en el amor cuanto más se gasta
más se confía,
que la vida así te da más préstamos
y como mucho te los pide de vuelta en forma de poesía.