Hay días en que me siento
como si alguien hubiera dicho que no se puede escribir poesía
y yo metiera la pata
escribiendo las más optimistas.

También me siento así
las pocas veces en que siento alegría
y salgo a la calle
y justo nadie está contento ese día.

No es que quiera estar triste,
es que siempre he sentido lo que creía que debía
y me he equivocado tantas veces
que no quiero arriesgar más mi poca alegría.

La guardo para cuando esté seguro
de que ha llegado el día,
de que he encontrado a la persona
que estará contenta cuando le dedique mi más optimista poesía.

 

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Se llora por cosas por las que no merece la pena llorar.
Se llora por gente que no nos quiere.
Se llora por equivocación,
por el empeño de creer que es bueno lo que uno quiere.

Se llora en silencio.
Se llora por gente
que o no puede volver ya
o que ya no quiere.

Se llora en secreto,
como si no se permitiese,
como si supiéramos ya
que hay gente que no se lo merece.

Se llora, sí,
se llora por equivocación la mayoría de las veces.
Pero si se llora es por algo,
es quizás porque cambiar escuece.

Y si encima al cambiar perdemos algo
duele mucho más, con más fuerza duele,
porque nos quedamos solos y ya no está
quien antes, aunque fuera engañados, nos hacía fuertes.

¿Cómo se puede vencer
a la terrible idea de que se va a morir?
De muchas formas:

Cantando,
con la extraña felicidad
de saber que se está vivo
y no saber por qué.
Con esa sonrisilla maliciosa
del que cree que no merece lo que tiene
pero disfruta con ello.

Escribiendo, leyendo.
Comprobando que todos tuvieron la muerte al fondo
y la vencieron,
dejándose caer en lo bonito que es hacer cosas
sin ningún motivo,
porque sí,
porque estamos vivos.

Riendo, sobre todo riendo,
como el loco que se ríe
atravesado por flechas.
Así se ve lo poco que importa cualquier idea
y más la idea de la muerte,
que es la única que ya no sabremos si era cierta,
y si lo sabemos
querrá decir que la muerte
solo es un paso
de un lado a otro
donde ya no haremos caso
a las locas ideas
inventadas por el hombre
para hacer más épica la vida,
aunque ello haya implicado
temer a la muerte.

¿Cómo vencer a la muerte?
Cantando, riendo,
sabiendo que no se pierde nada.
Y si se siente que se pierde
es porque todo lo que aparenta ser un final
suena a derrota.

Yo la venzo escribiendo
porque así se ve más claramente
que todo no es más que palabras en un papel
y que el precio de disfrutar de la vida
es ser conscientes de que se muere
y el precio de amar
es que el final sea siempre triste y duela.

Si hemos decidido ser así
aceptemos lo que venga
riendo
porque al fin y al cabo ya se sabe
que los más tristes finales
son los que han tenido las historias más bonitas,
los que demuestran
que da igual cuándo llegue
porque por el mismo precio
nos dan la posibilidad de vencer cualquier dolor
y de completar con recuerdos
las historias que se acaban demasiado pronto.

Has vuelto.
Yo sé que no, pero has vuelto.
Te noto en una idea
que me llega justo a tiempo.
Te noto sin que estés,
en todos mis recuerdos.

Algunos dirán que no,
que no vuelven los muertos.
Claro que no vuelven como ellos piensan.
Eso podría dar hasta miedo.
Como vuelven es de la forma perfecta
para ayudarnos sin quitarnos méritos,
como volveríamos cada uno de nosotros
para seguir queriendo.

No. No. No.
No más frasecitas ingeniosas
que no hacen más que seguir mareando la perdiz.
O, al menos, no solo esas frases,
esos versos sin fecha de nacimiento,
sin lugar de origen porque están en todas partes.
Hace falta escribir con ganas
o no escribir.
Escribir creyendo haber hallado la manera
de curar un pensamiento,
de encontrar por fin de dónde viene el ruido
y no taparlo con ingeniosas —a veces— melodías,
con juegos de palabras.

No. No. No.
Eso solo sirve para seguir igual de felices,
en esa felicidad dicharachera
supuestamente ingenua, pero tan soberbia
como el que desprecia todos los momentos
que los poetas del pasado
han dedicado a entender la realidad por nosotros,
por la ciencia
y por todos los que siguen insistiendo
en que se nos puede describir con palabras,
con versos viajeros.
Es hora de empezar a mirar los huecos
supuestamente vacíos
de los que en nuestra mayor parte estamos hechos.

Eso es.
Somos el medio por el que se manifiesta lo transparente.
No sé si será gracias al lenguaje
o si el lenguaje no hace más que dejarlo patente.

No sé cómo lo hemos hecho,
si nos eligieron o si surgió de repente.
No lo sé, pero somos la pantalla
en la que se ve lo transparente.
A veces está distorsionado,
a veces no se entiende,
pero así al menos se sabe
que está presente.

Es eso y no otra cosa
lo que debería preocupar a la gente,
lo que habría que estudiar
para entenderlo completamente.

Eso es.
Por eso la poesía a veces duele.
No porque hable de amores perdidos
o de la muerte,
sino porque habla de cosas que creemos atrapar
pero que aún se nos resbalan y se pierden,
porque nos invita a creer,
pero aún le falta una prueba concluyente,
el verso que se pueda ver
aunque todas sus palabras sean transparentes.

Dicen que el amor puede a la distancia,
que puede al tiempo.
¿Es que entonces
nuestro amor no es verdadero?
Siento que cada día que pasa
estás menos cerca, pero igual de lejos:
Siento que se me acaban las formas
de decirte que te quiero,
cosa que jamás me pasaba
cuando estábamos juntos con las formas de darte besos.
Siento que tú también te cansas
de que haya pantallas siempre en medio.
Siento que los días empiezan a ser normales
y que empiezo a estar cómoda en ellos.
Empiezo a recordar cómo sobreviví
los días antes de que me arrancaras los recuerdos.
Siento que no vuelves
y que cada vez duran más los días que nos vemos.
Siento que tu nombre empieza a recordarme a ti
en vez de acariciarte como antes al momento.
¿Es que acaso nuestro amor
no es verdadero?

Sí lo es.
Hemos vencido a la distancia y al tiempo.
Me ves menos cerca
porque me he subido a las estrellas a lanzarte besos.
Ya no encuentras formas de decirme que me quieres
porque solo hay una forma: cada vez que te veo.
No me cansa que haya pantallas entre medias.
Tu corazón se notaba igual con las costillas en medio.
Los días te empiezan a parecer normales
porque uno también se acostumbra a lo perfecto,
a lo perfectos que siguen siendo los días
ahora que sabemos arrancar malos recuerdos.
Y no duran más porque sean aburridos
sino porque en las estrellas pasa más despacio el tiempo.
Por eso mi nombre llega a veces tarde.
Pero es que aquí no hay que hacer caso a lo que vemos.
La distancia está haciendo que entendamos
que las palabras vuelan más despacio que los sentimientos
y que intentar entenderlo todo con palabras
hace que siempre nos sintamos lejos.

¿Aún no sabes si nuestro amor
es verdadero?
Yo lo que no sé es cómo alguien puede saber lo que eso es
sin haber estado cerca de ti y lejos.
Cerca de ti el tiempo no importa porque está parado
y lejos de ti lo acelero yo con mis sentimientos.
La distancia es igual de pequeña a tu lado
que lejos de ti, porque te quiero
y cuando se quiere el corazón late tan fuerte
que no hay costilla ni pantalla ni distancia que pueda detenerlo
que le impida ocupar
el mundo entero.
Y así no tiene que volver nunca a tu lado
porque siempre te tuvo dentro.

¿Estaríamos mejor cerca? Sí, seguramente,
pero no seríamos conscientes, quizás,
de lo mucho que nos queremos.

Y si te mueres tú ¿qué?
Si te mueres tú todo lo que te he dicho se caerá de la cama
y no podré levantarlo.
Y no habrá persianas que romper
porque el mundo le dará la vuelta a mi cuarto
y todo dejará de tener sentido para mí
porque tú eres la única parte de mi vida que no es decorado,
la única razón para seguir en la vida
aunque se vea lo falso que es todo cuando se mira por debajo.

Si te mueres tú no vuelvas, no preguntes,
que tendré tantas lágrimas
que no habrá para contrarrestarlas suficientes abrazos.
Me verás creer que es un invento que el mundo sea bueno
y me verás refugiarme en el pasado.

Pero no me quieras porque no pueda soportar que un día mueras,
quiéreme porque aun cuando muera
sabré seguir haciendo que el mundo para ti no sea malo.

Y si me muero ¿qué?
No me quieras porque el mundo sea bueno.
Quiéreme aunque el mundo sea malo.
No digas que el amor es esto:
refugiarse de la vida y del pasado.

Y si me muero ¿qué?
¿Y si me caigo de la cama y ya no me levanto?
¿Y si el viento rompe las persianas?
¿Y si estalla la puerta de mi cuarto?
No me quieras para que te abrace y te proteja.
Una simple lágrima podría destrozar mi abrazo.
No me quieras para olvidar con el futuro,
que pronto empezará a abultar más el pasado.
Quiéreme porque solo yo en el mundo
soy capaz de abrocharte el cinturón desde mi lado,
de darle la vuelta a la vida
para que puedas verla por debajo.
Así si me muero…
si me muero, verás que la muerte también es parte del decorado.

No me quieras porque sea bueno
ni porque le sepa atar los cordones a tu pasado.
Quiéreme porque sé ver las costuras de la vida
y puedo así reconocer lo verdaderamente malo.
Así si me muero no te pasará nada
porque entenderás la vida y entenderás qué tenían de especial mis abrazos.
Así si me muero entenderás que el mundo es demasiado bueno
a pesar de ser demasiado malo.