¿Le debería decir:
«Oye, te seguí recordando.
No te creas que te olvidé al momento»?
¿Le debería decir:
«Sí, ahora estoy mucho mejor,
pero me costó incluso querer estar bien bastante tiempo»?
¿Le debería decir
que aprendí mucho con ella,
que quizá hasta esto se lo debo?
¿Debería decirle que ella tenía cosas buenas,
pero que ni yo ni aquellos años éramos los indicados para verlo?

O debería callarme y dejar
que la decepción siga borrando los recuerdos,
aceptar que el final fue muy triste
para tener una buena excusa que nos libre de tener que comprenderlo.

Le debería decir:
«Oye, estuvo muy bien.
Lástima que fueran tan distintos nuestros sueños.
Me habría encantado vivirlos contigo,
pero sé que juntos nunca habríamos llegado a ellos».

O tal vez debería callarme y asumir
que también ella, a pesar de todo, me olvidó hace tiempo.

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Yo soy de los que no enseñan las cartas
después del amor.
No me gusta enseñar cómo he perdido.
No me gusta que se sepa que con esas cartas
no debí arriesgar.
No me gusta que piensen
que también en esto
vendo trozos de vida antes de haberlos vivido.

Yo no enseño las cartas.
Que quepa la posibilidad
de que no haya perdido,
de que hasta a la persona que más daño me ha hecho
la deje ganar
para que no nos una el sentimiento de no haber podido.

Suelto las cartas bocabajo y me voy.
Y así vivo,
jugando demasiado para ver si un día gano,
pero sabiendo que pase lo que pase
seré yo el que saldrá vencido.

Algún día llegará la persona que entienda
que aposté todo lo vivido
para que ella lo apostara también
y sin mirar las cartas
se viniera conmigo.

No me trates por quererte
como tratarías a alguien para que no te quisiera.
Me tendrás para siempre, sí,
pero haz que no me arrepienta.
Sabes que lo seguiré dando todo por ti,
pero haz que yo también me lo crea.

No me trates por quererte
como me tratarías para que no te quisiera,
que yo te trato a ti por quererte
mejor de lo que me trato a mí los días de menos tristeza.
Te he perdonado siempre, sí.
Es imposible que puedas conseguir que no te quiera,
pero haz que no intente convencerme
cada noche en la que te duermes un poco menos cerca.

No me trates por quererte
como si no quisieras que te quisiera,
que yo quiero quererte siempre
y sé que tú también
aunque a veces me trates como si no quisieras.

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¿Por qué te da pena
no haber estado conmigo cuando estuve triste?
¿No te das cuenta de que ahora estás,
ahora que era más fácil que todo empezara a confundirse?

Sí, lo pasé muy mal.
Te habría abrazado como cuando uno aún cree que es evitable despedirse.
Mis lágrimas te habrían parecido granizo
de lo fuerte que lloré para entender lo que es morirse.
Pero no importa. Eso pasó.
Parece que fue suficiente con lo que hice.
Conseguí estirar la pena para que, aun durando más,
cada día fuera una dosis asumible.
Y cuando ya empezaba a ser demasiado larga,
cuando ya estaba harto y empezaba a arrepentirme,
cuando cada día era una prueba más de lo tonto que es vivir,
apareciste.

Por eso, que no te dé pena
no haber estado conmigo cuando estuve tan triste.
Tenía que superarlo yo solo
para que tú llegues ahora con fuerzas para revivirme.

Lo pasé mal, sí.
Te diría que fue terrible.
Pero que no te dé pena.
Quédate con que no hay nada imposible.
Quédate con que estás con la persona que te querrá para siempre
porque ni la muerte fue capaz de destruirle.

Invéntame.
No me pidas que sea como quieres.
Invéntame.
Hazme una creación tuya.
Que yo sepa cuándo quieres que haga algo,
que no lo intuya.
Invéntame.
Que todo sea por ti,
que nada haga que sufras.
Si ves que no puedo contentarte,
invéntame,
que por ti puedo desaparecer de nuevo
para que me descubras.

Un día digo una cosa
y otro día digo otra.
Parece que no me aclaro con mis poesías.

Es que es precisamente eso,
hay que explorar todas las partes de la vida.
Hay que taparse la nariz a veces
y escribir aquello a lo que ni de pequeño te atrevías.
Hay que pegar patadas a todas las paredes
para saber cuál no estaba ahí cuando las lágrimas
todavía sonreían.
Hay que odiar y amar,
hay que meter mucho la pata algún día.
Hay que dejarse llamar toda una noche
y poner la excusa de que con la oscuridad no se oía.
Hay que decir completamente lo contrario de lo que uno piensa
para saber cómo somos cuando destrozamos todo lo que nos esclaviza.
Hay que contradecirse, pellizcarse,
reírse con las pesadillas.
Hay que volverse loco leyendo un libro
y dar miedo por tener demasiado grande la sonrisa.

 

Así se estira todo de tal forma
que es luego más fácil caber en la vida
y podemos ser normales sin que nos rocen
los zapatos que nos obligan a ponernos el primer día
para que no notemos con los pies descalzos
que la vida casi siempre por debajo está bastante fría.

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Me voy a vengar escribiéndote.
Te vas a enterar a base de palabras
Vas a ver que no estar conmigo
es perder la oportunidad de entender el alma.

Voy  a desmontar con versos a aquellos
que se atrevan a destruirme al rozarte en la distancia.
Voy a encontrar todas las letras que nos unen
para que inevitablemente sientas que me pronuncias al pronunciarlas.

Me voy a vengar escribiéndote.
Te voy a lanzar tantos versos a la cara
que tendrás que quererme
tendrás que reconocer que no es verdad
que escribir no valga para nada.

Me voy a vengar.
Lo siento, pero voy a hacer trampas.
Ya que el amor no entiende de personas,
tendré que convertirnos en palabras.

Tú lo has querido.
Yo te di todo lo que sé que hacía falta.
Pero te aliaste con la vida.
No sabías que a la vida siempre la destrozan las palabras.

Esta es una de esas noches
en las que la poesía me aplasta.
¿Quién soy yo para escribir?
¿Quién me creo yo para poder hablar del alma?

Esta es una de esas noches
en las que solo el amor me respalda,
en las que si no fuera porque existes
pensaría que después de mí no quedaría nada.

Esta es una de esas noches
en las que lo bueno naufraga,
en las que escribo con la mano dormida
mientras el corazón mira de reojo ya a la cama.

Es una de esas noches
en las que la vida se acaba,
un libro más que termina
una oportunidad menos
para no tener que arrepentirme mañana.

Esta noche
solo el amor me respalda;
solo él me da la razón
de que estuve triste porque hacía falta.

No me gusta el amor con excusas.
No me gusta que me sepas explicar bien
por qué me has dejado de querer un rato.
No me gusta porque me lo creo,
porque perdonar me es muy fácil cuando estoy enamorado.
Y lo malo es que al final no es perdonar,
es llegar a un acuerdo para que el orgullo esté callado.
Y eso luego sale
y es un motivo más para sentir que sigo sin aprender con los años.

No me gusta tener que entenderlo todo y sonreír;
prefiero sonreír porque estamos de acuerdo en algo,
prefiero que entendamos juntos la vida,
por mucho que el tiempo siempre opine lo contrario.
No me gusta que lo compliques todo
y que no sea al menos para darle esquinazo a tu pasado.
No me gusta que puedas controlar cuándo me quieres,
que quererme no te lleve agarrada de la mano.

No me gusta porque desde que te quiero
ni se me ocurre dejarte de querer un rato.
No me apetece.
Si te quiero es porque solo soy feliz cuando estoy a tu lado.
Si tú pones excusas
será porque no has encontrado en mí lo que yo en ti sí he encontrado.
Pero de momento me creo tus excusas,
que tengo que dejar de quererte antes de aceptarlo,
antes de aceptar que no eres tú,
que tenía razón otra vez mi miedo a intentarlo.
Debo dejar de quererte antes, sí,
es lo necesario,
no vaya a ser que las lágrimas vuelvan a impedirme entender
que encontrar no siempre es llegar a lo que se estaba buscando.

Y yo qué sé si se puede cambiar la vida,
pero vamos a intentarlo.
Vamos a ser los que siempre hemos sido
nada más cerrar la puerta de nuestros cuartos.
Vamos a darle la vuelta a todo.
Total, ¿qué más puede pasarnos?
Hagamos que la vida se amolde a nosotros.
¿Por qué tenemos que ser nosotros los que nos amoldamos?
Pero no te creas que es porque sé que se puede.
Yo nunca lo he intentado.
Nunca había encontrado a nadie por quien mereciera la pena
estallar el futuro contra la cara del pasado.

Vamos a intentarlo, sí,
y que la vida ni se entere de que la hemos cambiado.
Vivamos como siempre hemos querido
y veamos si teníamos razón cuando llorábamos.
Cambiemos la vida a nuestro gusto,
que no nos asuste amenazándonos con separarnos,
que no tenga autoridad en nuestro mundo,
donde la primera regla es ir siempre cogidos de la mano.

Y yo qué sé si se puede
o si como siempre estoy desvariando,
pero solo por haber escrito esto
sé que ya he conseguido arrinconar a la vida un rato.