Me pongo triste los martes.
Será una enfermedad. No sé lo que me pasa.
Tal vez alguna me dejó ese día…
pero la verdad es que no recuerdo que ninguna me dejara.
Siempre fui yo el que no supo entender
que con ser felices bastaba.
Tal vez murió alguien un martes
o quizás es el día en que recuerdo que odio las semanas,
en que recuerdo que el tiempo va pasando
y nosotros como tontos lo ordenamos como si no nos importara.
Tal vez los martes tengo más sueño que otros días.
Hasta he llegado al absurdo de pensar que hubo una Marta.

Me pongo triste los martes. No sé.
Y además sobre las 8. Es una cosa muy rara.
Me entra como agobio por el pecho
y siento que estoy malgastando mi vida haga lo que haga.

Menos mal que ahora tú los martes sabes
que tienes que estar a las 8 puntual en mi casa.
Tú que eres la única que sabe convivir
con las tristes cosas que no sé por qué me pasan.

¿Qué es eso de que solo quieras verme?
¿Tanto amor para luego
conformarte con eso?
¿Tanta fuerza tienen los sentidos?
¿Tan poca cosa somos?
Lo que más te apetece es verme.
Ni cine, ni cena, ni noche de pasión.
Solo verme.
Y a mí verte a ti.
Con eso basta.
No digamos más. Vernos.
Porque hay cosas
que es mejor no decirnos.
Porque hay cosas
que es imposible decir.
Vernos.

Pareidolias creo que se llaman.
Reconocer, por ejemplo, imágenes en las nubes.
Y se pueden extender a los sonidos.
Que nadie me culpe.
Yo veía en sus palabras
las formas de los sueños que desde pequeño tuve.
Tenían sus manos
la forma de las piezas con las que resolví mi primer complicado puzle.
Todo encajaba.
Hasta cuando no me quería
yo veía en sus ojos formas dulces,
sus pupilas tenían la forma del beso que no sé si me dio
cuando yo sí la besé en aquel, para mí, mágico Burger.
Por eso, tuvo que pasar un buen tiempo,
hasta que por fin lo supe.
Las cosas no duelen cuando pasan,
ilógicamente duelen cuando se descubren.
No me quería.
De pronto se me empezaron a venir encima todos los lunes.

Pareidolias se llamaban.
Esa ingenua manera de mirar las cosas que tuve.
O quizás simplemente fue que me enamoré
de alguien que cambiaba de forma con la lentitud de las nubes.

Por lo menos, desde entonces, antes de ver formas en las cosas
dejo que el tiempo las empuje
y solo esas que no cambian de forma
son a las que miro, porque sé que no confunden.
Y así esta vez sé que sí me han dado el beso,
aunque esta vez me lo hayan dado también un lunes.

Las palabras escuecen más que las lágrimas…
y la ausencia y el olvido.

El alma aprendió a llorar
pero no aprendió a olvidar lo que se ha ido.
El corazón fue haciendo caso a las palabras
que el recuerdo le susurraba al oído.

Ni las palabras pueden aliviar
el dolor de un corazón herido.

Con la ausencia se arrugó el alma
y el corazón entró en los días
en los que ya no importa nada.
Los párpados se fueron cerrando
rodeados por cientos de lágrimas,
dejaron de ver lo que un día
puede que se llamara esperanza.

Y la soledad acecha
al que está enfermo de nostalgia.
Y el enfermo cree
que la soledad es la única esperanza.

Puede que dolieran,
sí, puede que escocieran aquellas lágrimas,
pero no hay arma tan poderosa contra el corazón
como la poesía, como las palabras…
como los versos que uno mismo se escribe
para intentar comprender por qué
ya no importa nada.

No creo que sea que la sigo echando de menos.
Es más bien
la satisfacción de saber
que no todo acabó tan mal como dijimos.

Ese megusta sin venir a cuento…
Yo que la conozco
noté en ello un guiño,
una reconciliación en la distancia,
de esas que no sirven para querer volver,
pero sí para saber que no fue tan malo todo.
Como una reconciliación hacia atrás,
como un juego que se traen nuestros recuerdos entre manos,
al margen de nosotros.

Por eso sentí esa satisfacción,
la satisfacción de saber que ya todo pasó
y que ya por fin no es triste echar de menos.

La vida cansa
y cansa también
saber que vamos a morir.
Por eso, no seamos dos,
seamos uno
y unamos nuestras fuerzas
que, separados, no nos bastan
para afrontar la vida
y afrontar la muerte
que cansa cada vez más
cuanto más sentimos
que hemos tirado la vida
por pensar tanto en la muerte
cuando aún estaba lejos,
cuando estaba aún muy lejos
aunque no lo supiéramos.
Pensar en la muerte cansa,
pero cansa más haber pensado tanto en ella.
Seamos uno, pues,
y unamos nuestras fuerzas
para olvidar
y ser eternos
y para no cansarnos nunca
ahora que aún nos queda poco tiempo.

Me declaro incapaz de seguir viviendo.
O, mejor dicho,
me declaro indispuesto,
que capaces hay muchos
por lo que veo.

Estoy harto de aprender
las horribles cosas que he tenido que ir aprendiendo:
que es sano mentir a veces,
que no es bueno ser bueno,
que es un cobarde
el que no se atreve a dar un beso,
que hay que dedicarse a lo que uno quiera,
eso sí, cuando ya nos hayamos buscado un buen sueldo,
que hay que disfrutar de la vida,
pero más tarde, después de trabajar, que si no hay demasiado tiempo.

Y yo no puedo más.
Me declaro indispuesto.
Tengo ganas de tumbarme en la vida
y, como en el agua, hacer el muerto.
Al fin y al cabo tengo todo lo que tiene el mar,
agua y sal, las lágrimas pueden ser mi sustento.

Voy a hacerme el muerto, sí,
abriré mucho los brazos y meteré el culo para dentro.
Así es como mi madre me enseñó
que había que hacerlo
en aquella época en la que aún estaba de acuerdo con las cosas
que iba aprendiendo,
cuando todavía me quedaba ilusión por cambiar
el instinto del ser humano aplicando nuevos medios,
cuando aún me quedaban además
buenas razones para hacerlo,
cuando aún no había ganado la batalla
la parte del ser humano que, no sé si para bien o para mal, nos llevó a ser esto.

Ahora supongo que ya como todos he llegado a esa edad
en la que a todos nos dan ganas de declararnos indispuestos,
pero como somos capaces
seguimos viviendo.

sin luna, sin nostalgia, sin pretextos
Mario Benedetti

Antes eran rellenos.
Ahora son adornos
las estrellas, las luciérnagas y las flores.
Yo también caí en el empeño de que una sea la correcta
que tenemos todos cuando somos jóvenes.
Y la llené de estrellas,
la llené de luciérnagas y flores
para que se adaptara a mis promesas,
a mis sueños, a mis recuerdos, a mis temores.

Ahora no es difícil verlo,
cuando la experiencia ha vivido lo suficiente para sacar conclusiones:
las estrellas se apagan, las luciérnagas mueren,
se marchitan las flores.
Hay algunas que tardan más tiempo,
pero a todas les pasa justo después de que uno se enamore,
en el momento exacto en el que ya no distinguimos
promesas de tentaciones,
falta de amor en ella
de nuestros errores,
días de insomnio,
de reconciliadoras noches,
lo importante que es ella para nosotros
del miedo al daño cuando nos abandone,
los rellenos que le hemos puesto
de lo que en verdad su amor supone.

Antes eran rellenos.
Ahora son adornos.
Por eso dejé de culparme de haber marchitado en las manos
tantas flores,
de haber apagado luciérnagas y estrellas,
de haber estropeado tantos amores.

Los rellenos siempre caen
aunque no se vea porque las reconciliaciones no dejan pensar por las noches,
Los rellenos caen
y los recuerdos no valen porque proceden de la misma persona que los pone.
Los rellenos siempre caen.
Lo comprendí cuando chocaron de frente con tu nombre
y los usé de adornos
por no tirarlos y que les volviera a dar mal uso otro enardecido joven.

Era imposible que conociera la tristeza de verdad.
No. Porque aún no era consciente
de lo triste que es un día sin verte.

Lloraba porque suponía que había que llorar,
por eso podía ponerme triste de repente.
Lloraba porque yo también quería tener
a alguien que me diera una excusa para dejar de ser fuerte.

Lloraba aposta, sí.
Por eso todos mis poemas de amor tenían ese regusto a muerte.

Y en cambio ahora, cuando con más razón podría ponerme a llorar
porque ahora sí sé lo que es un día sin verte,
cuando más cerca estoy de la tristeza
porque es tan fácil como que se te olvide que lo nuestro es para siempre,
cuando siento lágrimas por todo el cuerpo,
ni aposta me sale ya llorar, ni de repente.

Los que lloraban era porque no sabían
que un día basta para ridiculizar a la muerte,
que al que ama de verdad
las lágrimas le saben menos fuertes
porque van almacenando besos
y van llenando el alma de una tristeza diferente,
de una tristeza que no hace llorar,
que hace querer estar juntos siempre.

Lloraba aposta, sí. Por lo triste que creía que iba a ser quererse.

Ahora sé que querer
es lo más lejano que existe de la muerte.

Yo me reiría un poco más.
Total
¿qué cuesta aparentar que te hace gracia?
¿Qué cuesta entusiasmarse?
Puede que tú ya no vayas a encontrar
la felicidad nunca.
Y nadie te culpa por ello.
Tu vida se ha empeñado
en destrozarte la sonrisa.
Pero ríete un poco más.
Total.
La mejor manera de vengarse
es devolviendo lo contrario.
Solo tienes que esconder
las rajas que al reírte
se abren,
más profundas cada día
en las comisuras de tu corazón.
Pero qué más da.
Total.
Ya tienes el corazón
lleno de rajas.
Y ya que hay que morir,
¿por qué no reírse un poco más?
¿Qué te cuesta aparentar
que la vida te hace gracia?
¿Qué te cuesta
disimular el sufrimiento un tiempo más?
Ríete todo lo que puedas.
Total.
Para divertirse un poco más,
para que sigas sufriendo,
la vida seguirá manteniéndote vivo.