Yo soy de los que no enseñan las cartas
después del amor.
No me gusta enseñar cómo he perdido.
No me gusta que se sepa que con esas cartas
no debí arriesgar.
No me gusta que piensen
que también en esto
vendo trozos de vida antes de haberlos vivido.

Yo no enseño las cartas.
Que quepa la posibilidad
de que no haya perdido,
de que hasta a la persona que más daño me ha hecho
la deje ganar
para que no nos una el sentimiento de no haber podido.

Suelto las cartas bocabajo y me voy.
Y así vivo,
jugando demasiado para ver si un día gano,
pero sabiendo que pase lo que pase
seré yo el que saldrá vencido.

Algún día llegará la persona que entienda
que aposté todo lo vivido
para que ella lo apostara también
y sin mirar las cartas
se viniera conmigo.

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¿Te ayudo a subir? ¿Puedes?
Yo he subido aquí mucho.
Me subo cada vez que no entiendo nada,
lo cual me pasa a menudo.
No suelo subir con nadie.
Vengo cuando estoy enfadado con el mundo,
cuando no entiendo por qué quiere tener a alguien como yo
que se lo debe todo, pero que no quiere seguir siendo suyo.
Mira qué vistas. ¿No te parece
que se ve todo más claro desde aquí, desde el futuro,
sin la presión de tener que vivir,
viendo los supuestos fragmentos de nuestras vidas todos juntos?

¿Te quieres bajar ya?
Yo suelo estar más tiempo cuando subo.
Me gusta quedarme mirando cómo no pasa nada.
Pocas veces me aburro.
Pero lo entiendo:
no es cómodo ver cómo es todo de absurdo.
Yo por eso cuando bajo trato de olvidarlo
y, si no puedo, disimulo.

Vuelve a subir cuando quieras.
A veces viene bien saber lo que es uno,
viene bien irse al final del todo
para entender que todos los puntos son como el último.
Yo hoy me quedaré un rato más,
pero estoy bien; es solo que a veces me asusto,
me creo demasiado que avanzamos al vivir
y no entiendo que no hasta que no vengo y me subo.

Tú me has hecho ser lo que siempre he querido ser
pero no sabía cómo.
No era decir cosas distintas,
era decir lo mismo, pero de distinto modo.
No era olvidar todos mis sueños,
era saber soñar también con los ojos.
Podía ser como siempre había querido:
bastaba con no sentirme más solo,
bastaba con que dejara de pensar cosas malas
yo que siempre encuentro maneras de tener la razón en todo.

Me enseñaste a partir la vida
porque es más fácil de manejar en trozos.
Me enseñaste que es más fácil ordenarla
por objetivos que por sueños rotos.

Me has hecho ser lo que siempre he querido ser
sin cambiarme, dejándome que me diera cuenta solo,
queriéndome simplemente
porque el que se siente querido puede siempre con todo.
Tenía las herramientas y las esperanzas para ser feliz,
pero faltaba que llegaras tú
y que creer en mí me enseñara cómo.

Y así me enseñaste que bastaba con mi corazón para ser feliz,
que no hacía falta otro.
Y así ahora soy quien siempre he querido ser,
así por fin he comprendido que siempre lo he tenido todo,
que solo me faltabas tú,
que me faltabas tú solo.

En el autobús leyendo a Simic

Haber llegado antes.
A veces en la vida tratamos a la gente nueva
mal.
Porque estamos cansados de esperar quizá,
estamos cansados ya del viaje.
Porque nos molesta ser siempre los primeros
que llegan a todas partes.

Haber llegado antes.
A veces tratamos a la gente como a quien se sube al autobús
y no le dejamos el sitio
por haber llegado tarde.
No entendemos en ese momento
que no es lo mismo que en misa o en una conferencia.
En la vida cada uno se nos sube en su parada.
No tiene por qué venir desde el principio.

Pero nosotros, que encima somos buenos,
no les dejamos el sitio
porque nos enfada que hayan llegado tarde.
Nos enfada incluso que quieran sentarse a nuestro lado
donde hemos puesto las bolsas con los sueños.

Y decimos: «Haber llegado antes».
Y no pensamos que la gente en la vida
llega cuando tiene que llegar.

Puedo inventar poemas.
Y me salen bien. Son bonitos.
Pero no se pueden comparar
con los que te escribo a ti. Son muy distintos.
Porque contigo es como si le dieras una patada a un balón
y la estallaras porque por un hueco la válvula se había salido.
Tú tocas el alma de mis cosas.
Es como si me mantearas cuando escribo.
Es como verlo todo estando muerto,
pero seguir vivo.
Es como no entender nada al escribir,
pero entenderlo todo cuando ya está escrito,
como sumergirme en las profundidades del amor
y no entender qué he hecho hasta que no he salido.
Contigo es más sencillo encontrar
el camino que he creído tomar cada vez que he escrito.
Contigo sé mucho mejor lo que me pasa.
Sé quién he intentado ser siempre,
contigo.