No me digas que te has muerto, ¿vale?
Déjame vivir con esa ilusión.
Deja que siga apuntándome cosas
para preguntarte cuando volvamos a estar juntos los dos.

No me digas que te has ido para siempre,
que ya empiezo a sospecharlo yo.
Dime, no sé, que han retrasado tu vuelo,
que hay una complicada avería en el avión.

No me digas que ya te es imposible quererme,
deja que lo note poco a poco en lo bajito que va sonando tu voz.
Pero, de verdad, no me digas que ahora ya te es imposible quererme
ni que te has ido para siempre, ni que la muerte te llevó.

¿Por qué va a ser menos el amor de ahora
solo porque ya no den golpes los latidos de tu corazón?
¿Qué tontería es esa?
¿Acaso se reduce a golpes y pensamientos el amor?

No me digas que te has muerto, ¿vale?
Que no quiero caer en la tentación
de pensar que todo se acaba un día porque somos
solo carne que mientras se mueve está viva
y luego ya no.

Me da miedo quererte por si un día te pierdo.
Las rosas del camino me espantan con su llanto.
Temo verme obligado a escribirte una elegía,
y a despedirme con un poema estrangulado.
Querría no quererte, con miedo hasta los huesos.
Las piedras del granizo estallan contra el campo.
Estás tan alejada, que puede que estés muerta:
una voz invisible lo dice susurrando.
El futuro me ahoga, repleto de agonía;
me cubre silencioso su diabólico manto.
Me escondo de mi mente para que tu recuerdo
no sumerja su cuerpo en mi dolor desangrado.
Tengo tanta certeza de que me olvidarás,
que no sé por qué te escribo estos versos desolados.
Los dejarás perdidos en un cajón sin llave
que jamás será abierto de nuevo por tus manos.
El sol no nacerá una mañana oscurecida,
pues lo habrán apagado mis penas y los astros.

Me da miedo quererte por si un día te pierdo.
Los pájaros aúllan llenándome de espanto.
Mis labios dejarán ya de pronunciar tu nombre.
Los pétalos irán cayendo suaves del tallo.
Hoy parece la luna mirarme con tristeza,
como si fuera cierto lo que estoy imaginando.
El río se llevó las piedras de la ribera,
las piedras que algún día juntos acariciamos.

Me da miedo quererte por si un día te pierdo.
Eso debe de ser por lo que te quiero tanto.

Porque te escribiré el poema más triste un día,
porque me alejaré a los lugares solitarios,
porque me olvidaré de tus ojos y tus labios,
te quiero mucho más que a mi vesánica vida.

En esos días en que siento
que el amor no sirve para nada,
que la muerte no sirve para nada,
que nada sirve para nada,
que vivimos por error,
que tal vez nuestra vida
es un espejo en nuestros ojos.

En esos días en que siento
que ni tú me sirves para nada,
que la gente muere porque sí,
y que no importa.
En esos días…

En esos días pienso
que quizás lo mejor es olvidarse
y tratar de distraerse
en esta vida que no importa cuándo acabe
porque morir no sirve para nada,
en esta vida en la que amar mientras
empieza a parecerme
una aburrida distracción
que no lleva a ninguna parte
aunque a veces consiga
que llegue a pensar que tal vez
hay algo que no entiendo
y es eso por lo que quizás
puede ser que merezca la pena seguir viviendo.

Ya no.
Con lo fácil que era hacerlo bien.
¿Fácil?
Pero si es que yo no soy así.
¿Por qué cambia tanto querer?
¿Cambia o saca lo que soy?
No es fácil hacerlo bien.
Es imposible.
Siendo como soy.
Siendo como somos.
Por eso hay que encontrar a la persona
con quien no importe hacerlo mal
si es que queremos querer
si es que queremos hacer bien
lo que de manera irremediable se hace mal.

Me das el tiempo que te sobra
y yo a ti el tiempo que no existe.
Lo que no es posible lo convierto en verso,
pero a ti demasiadas cosas te parecen imposibles.
Hay cosas que te digo y te da igual no comprenderlas.
Yo investigo si no entiendo lo que dices.
Hay demasiadas cosas que me has hecho aprender de la vida,
debería empezar otra vez a vivir para entender bien cómo vives.
Y aun así dices que no sabes si soy yo lo que buscas
y yo creo que es porque no consigo darte todo lo que pides.
Tal vez si a mí no me sobrara tanto tiempo,
si no supiera que las cosas más bonitas son las que parece que no existen,
si no inventara tantos sentimientos
para entenderme cada vez que estoy triste,
si no quisiera saber tanto de la vida,
si no tratara de creerme siempre todo lo que me dicen.
Tal vez
si volviera a aprender a reírme,
si me parara a pensar por qué te quiero realmente,
si pudiera distinguir lo que necesitas de lo que creo que me pides,
tal vez entonces te faltaría tiempo para darme,
o tal vez yo sabría que no eres tú por la que merece la pena
inventar cosas que no existen.

Y ya está.
Hemos pasado
la esquina más difícil de pasar.
Hemos aprendido
que decir las cosas
también es importante para amar.
Ya solo nos queda
dejar la vida pasar
que si yo me quedo pensativo
no dudes ni un segundo en protestar,
que si tú te quedas sin respuestas,
yo me quede sin ganas de preguntar,
que no queramos entenderlo todo
porque eso no es amar:
eso es intentar buscar excusas
para no vivir como los demás,
eso es intentar parar la esfera
sin quererla realmente parar,
eso es quejarse de vivir con algo
sin lo cual no nos podríamos quejar,
eso es creer que un sentimiento
es algo más que un trozo de metal.
Y ya está,
¿para qué queremos mejorar algo
que lo único que hace de esa forma es empeorar?
¿para qué queremos llenar de adornos algo
que está muy bien ya como está,
que ni es nada ni lo es todo,
pero que es algo
y ya está?

Hay personas que llegan así:
poco a poco.
Un día las ves y no pasa nada,
pero ya no vuelves a ver nada del mismo modo.
Hay personas así:
van poniendo una pequeña parte de ellos
en todo.
No irrumpen con fuerza;
pero la felicidad tampoco.
Por eso, cuando uno se enamora de ellos
no se produce ningún trastorno.
El corazón hacía tiempo
que ya lo tenía preparado todo.

Hay personas a las que se quiere así,
como si fueran una parte de nosotros,
como si hubieran estado siempre ahí,
como si nos hubieran seguido para saber cómo somos.

Y es una persona así
la que hace un tiempo me besó poco a poco,
la que me puso una parte de ella
en todo,
la que me hizo feliz porque me enseñó
que para serlo no hace falta convertirse en otro,
que todos podemos ser felices
si una de esas personas nos coge de la mano y nos enseña cómo.

Si es que hasta le has dado sentido
a mi tristeza pasada.
Para llegar a esto
me tocó sufrir.
Tenía que ver todo lo que no quería
para saber que no es un capricho quererte a ti.
Tenía que ver lo triste que puede llegar a ser todo
para que no pareciera un enamoramiento loco quererte así.

Incluso a mi tristeza futura le has dado sentido.
Cualquier pena será ya una tontería para mí.
No hay nada que pueda entristecer a la persona
a la que le ha salido bien hasta sufrir.

Y yo que creía tener poca autoestima
y aun así creí que ese beso era para mí.
¿Cómo iba a ser —pensé ya tarde—
si a mí me alejan del amor las ganas de escribir?
A golpe de verso fui dándote forma
para demostrar que el amor y la poesía no pueden convivir,
busqué cualquier excusa para sentir de otro ese beso
para que mi autoestima dejara de mirarme y de presumir.
Y es que no podía ser para mí aquel beso
y no podían mis versos de siempre ser para ti.
Tú eras la alegría de estar vivo.
Yo era la sombra de una muerte feliz.
Así conseguí hacer que aquel beso
terminara siendo un error, igual que el día en que te lo di.
Y así le di la razón a mi falta de autoestima
y pude concentrarme otra vez en mi miedo a morir.
Pero pronto cuando ya no estabas levanté la vista del papel y supe
que realmente no importaba si aquel beso era para mí,
que no importaba que no hubieras pensado en mí antes,
lo que importaba fue lo que, pese a mis intentos, conseguimos construir.
Supe entonces que mi falta de autoestima
en verdad no era más que falta de ti.
Y volví y no me costó conseguir darte otro beso.
Dijiste que es que hay cosas que es imposible destruir.
Sin embargo, en tus labios o en tu voz o en mis recuerdos
esta vez sí que supe que el beso no era para mí.
Mi autoestima entonces dijo que cualquiera si se pone puede conseguir un beso
pero que no será para él nunca si no deja que le haga feliz.

¿Sabes dónde me encontraste? ¿Lo recuerdas?
Estaba en esa barra, diciendo no creer en el amor.
Tenía la sonrisa que tienen los que lloran,
los que lloran sin lágrimas para no aguar el alcohol.
Te aconsejé no perder el tiempo con alguien
capaz de cambiarse de lado el corazón,
capaz de cambiar su forma de entender la vida
solo con que el DJ cambie de canción.

Tú no hacías ni caso a mis palabras.
Ya notaste que cuando disimulo me cambia un poco la voz.
Notaste que nunca había encontrado
alguien que me susurrara al oído siempre la misma canción,
alguien que buscara un espejo
para los días en que me cambiara de lado el corazón,
alguien que parara mis lágrimas
justo antes de que cayeran en el alcohol.

Y como notaste también que los que más lo mencionamos,
aunque sea para mal, somos los que más creemos en el amor,
supiste que era yo al que llevabas esperando tanto tiempo.
No te importó
encontrarme diciendo tonterías en una discoteca,
porque sabías perfectamente que era yo.
Me cogiste de la mano y esperaste a darme un beso
a que el DJ cambiara de canción.
Me hiciste ver que uno puede creerse muy distinto
pero que siempre, tenga el corazón donde lo tenga,
tiene la misma necesidad de amor.