Este va a ser mi verano, sí,
porque el sol no va a ser nada
a tu lado.
Porque tú vas a ser mi color de piel,
tus besos van a ser mi bronceado
y el mar nos va a hacer recordar
que aprendimos a mantener las lágrimas en un lugar apartado.
Pasearemos por la orilla
como ahora por la vida paseamos,
sabiendo que está todo en su sitio
y que, si empieza a hacer calor, nos damos un baño.

Este va a ser nuestro verano, sí.
Van a ser tres meses de abrazo,
vamos a escribir tantas sonrisas y tequieros en la arena
que tendrán que venir bastantes otoños para poder borrarlos.

No me cabe la menor duda:
va a ser nuestro verano.
El tiempo nos irá arrancando trozos de piel,
pero ni siquiera eso
podrá hacer que nos soltemos de la mano.
Va a ser nuestro verano,
vas a ser mi verano.
Y así cuando te enteres de que eres mi vida
sabrás que ya estamos preparados.

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He dicho muchas cosas.
He hablado del amor.
He creído capturar sentimientos
y algunas veces al leerlos hasta he sentido un poco de emoción.
Me he ido librando de las penas.
Eso, si me he acordado de que al escribir se me calma un poco la voz.
Pero no he sabido condenar palabras al olvido,
para que no me recordaran inútilmente lo que ya acabó.

Ahora, en estos tiempos en que todo encaja,
cuando por fin escribir no es solo vaciar el corazón,
cuando no hay tema que me asuste,
cuando puedo llorar sin tenerme que pedir luego perdón.
Ahora siento al escribir una emoción parecida
a la que sentía al leer los versos más tristes que la vida me arrancó.
Y veo que no era tristeza, que no era pena
ni dolor,
que hay un sentimiento de existencia
más profundo al fondo del corazón.
Es un sentimiento que tienen las personas más felices,
pero también las personas que están tan tristes como llegué a estarlo yo.
Ese sentimiento puede parecer malo o bueno
dependiendo de la situación,
dependiendo de si no saber para qué estamos
se toma como la respuesta que se guarda un malvado dios
o si lo tomamos en cambio como un interesante y libre
signo de interrogación.
Lo malo es que a veces no podemos elegir cómo mirarlo.
Pero sí podemos elegir nuestra reacción;
igual que cuando nos hacen una pregunta
podemos contestar… o no.

Lo bonito es saber que hay un secreto
al fondo del corazón
y que somos capaces de verlo
si somos capaces de ver más allá del dolor.
Porque las cosas nos pueden doler mucho,
puede ser incluso injusto que a nosotros nos pasen tantas desgracias y a otros no,
pero sentir ese dolor demuestra
que estamos en disposición
de ser felices si entendemos que a cualquier pregunta del mundo
se puede responder que sí, pero también que no,
y que decir que no no siempre es malo
por mucho que la pregunta nos la haga el corazón.

Yo he dicho muchas cosas,
hasta he hablado mal del amor
y he sufrido posiblemente demasiado
porque hay penas a las que hasta que no estuve a tu lado no supe decirles NO.
No entendía que decirle no a la muerte, a los recuerdos,
a algunos versos, a la vida que ya se acabó
no es olvidarlos para siempre,
es dejarlos como estaban
cuando la muerte se los llevó,
igual que el que vive lejos de alguien querido
y aunque lo nota no sufre
porque no sabe en verdad que hace ya tiempo que murió.
La vida, pase lo que pase, es siempre vida mientras dura
y a cualquier cosa que demuestre lo contrario basta con decirle: NO.

Ahora ya que todo pasó.
Ahora ya que ni nos echamos de menos,
que ya tenemos fotos con otros y no pasa nada.
Ahora que todo es distinto, pienso:
¿Para qué sirvió todo?
¿Qué sentido tuvo aquello?
¿De qué sirve el amor
que solo dura un tiempo?
¿Es verdad como pienso ahora
que no fue amor verdadero?
¿Es posible encontrar
el amor eterno?
¿Son los amores más puros
solo los que recuerdan los muertos?
¿Cómo es posible verse tan distinto
en tan parecidos recuerdos?
¿Es que al acabar con alguien
renacemos?
Ahora que ya todo pasó,
ahora que hablo de ti y no me inquieto,
ahora que tiene razón quien decía
que todo lo curaría el tiempo.
Ahora con menos tristeza que entonces.
Ahora pienso:
¿Fue aquello en verdad necesario
para que ahora sea todo perfecto
o podría haber llegado al mismo sitio
directo?
No lo sé.
Solo espero
haber acabado ya el camino
y saber que todo, da igual qué,
fue para esto.

Yo pensé que superar algo
era solo dejar pasar el tiempo
como con una picadura
o como una toalla que se seca con el viento.

Yo pensé que superar algo
no era más que dejar de pensar en ello,
distraerse con la vida,
ir recordando poco a poco
lo que se hacía cuando se tenía más tiempo.

Por eso cuando apareció en sus ojos
la misma silueta que el día que le di aquel beso
tuve la misma sensación
que cuando me caigo en un sueño.

Y entonces comprendí que superar algo
no es solo seguir estando despierto,
no es solo sentarse a esperar,
es andar, andar y caerse al suelo.

Y que es mejor si el tiempo pica
y que es más rápido secarse si hace mucho viento
y que no está mal si nos distrae la vida
con recuerdos.

Solo así
habría podido superar aquello
y al verme reflejado en su mirada
me habría visto igual, pero más viejo.

Porque ya olvidé mis recuerdos
y comprendí que no eran nada
Porque ya lo entregué todo
y me quedé hasta sin ganas
Porque ya he amado antes
No quiero enamorarme

Porque ya tuve mi tiempo
y ya no hay nada que me valga
Porque ya pertenecí a alguien
y me vendió en una subasta
Porque ya he amado antes
No quiero enamorarme

Porque sé que nada vuelve
y tú no fuiste el primero en encender la llama
Porque sé que no es posible
que te ame como amaba
Porque ya he amado antes
No quiero enamorarme

Pero tú me diste algo
que me dejó destrozada
Me demostraste que nunca
había estado enamorada

Y como no había amado antes
no dudé en enamorarme

Fíjate qué tontería:
comprar un aguacate en un supermercado.
No podría haber nada más insulso,
nada más liviano.
Pero al paso de los días
hasta eso puede volverse terriblemente amargo.
¿Por qué me habré acordado justo de eso?
No lo sé.
Quizás algo que haya visto me lo ha recordado.
Lo cierto es que cualquier situación,
cualquier pequeña estupidez del pasado
recuerda amargamente
lo imposible que es aprovecharlo,
y devuelve esa terrible sensación
de ver que realmente al final
ni un aguacate se puede conservar para siempre en la mano.

Cuando llueve fuera
y yo leo dentro
siento como ajena
la tristeza de este mundo.
Y veo que no es tanto
el sufrimiento de mojarse.

Siento que se puede estar más triste,
siento que se puede estar más seco,
que a veces raspa el corazón
contra la vida
y no hay lluvia
que suavice el rozamiento.

Cuando está lloviendo fuera
y yo leo un libro cualquiera dentro,
me siento protegido,
pero a la vez siento
que hay muy pocas cosas en el mundo
capaces en verdad de protegernos.

Pero las hay
y, por eso,
te voy sacando de la lluvia,
a la vez que entre las líneas de cualquiera de mis libros
te voy poco a poco leyendo.

Siento que las páginas escuecen
como si fueran algo más que palabras con tiempo,
como si sentado
fuera posible viajar más lejos,
como si a las letras con los años
les crecieran más recuerdos.

Todo esto, ya ves,
sea malo o sea bueno,
es lo que siento
cuando llueve fuera
y yo leo dentro.

Siempre hay un motivo para seguir.
Lo único es que a veces es difícil encontrarlo.
¿Por qué si no iba el cuerpo a gastar
tantas lágrimas llorando?
Basta mantener la esperanza de leerse Guerra y paz, aunque seguramente al final no lo leamos.
Basta con que nuestro grupo favorito (los Libertines, por ejemplo)
saque una nueva canción después de tanto.
Siempre hay un motivo para seguir.
Siempre hay algo.
Siempre hay alguien que nos puede alegrar solo con llegar a él pensando.
Siempre hay una palabra que nos puede distraer
al intentar recordar su significado.
Siempre hay un dato asombroso que aprender,
como un bostezo en medio del llanto.
Siempre hay un motivo para seguir:
la curiosidad quizás de adónde nos lleva tanto adelanto.
Podemos creernos las peores personas del mundo,
pero siempre habrá alguien que nos vea distinto de como solemos mirarnos,
alguien que le dé la vuelta a todo,
como si un espejo pudiera abrazarnos. Cuando perdemos toda esperanza,
seguro que hay algo que estamos pasando por alto
por mucho que no queramos reconocerlo
de lo orgullosos que nos ponemos cuando lloramos.
Por eso,
cuando caigamos en el más triste de los estados
lo mejor es animarse
y pensar que algo se nos está olvidando,
que si no no lloraríamos
ni apretaríamos con tanta rabia las manos.
Es verdad que hay momentos
en que todo lo que parecía animarnos
se empieza a ver como engaños estúpidos
con los que día a día nos conformamos,
pero eso es porque en esos momentos
no somos conscientes de lo que en verdad nos mueve de esos engaños.
No son sus historias bonitas.
No son sus buenos ratos.
Es que todas esas cosas son la prueba
de que debajo de la vida hay algo,
algo con lo que no importa que un día sea bueno
y que otros nos parezca injustamente amargo,
algo que siempre da un motivo para seguir,
aunque solo sea para seguir llorando.

No puede ser como darle a un interruptor
sin más.
No puede ser morirse de repente,
dejar de estar en un instante
que de pronto nuestra propia vida ya no nos recuerde.
No puede ser.
No puede.
Debe haber una puerta secreta,
una puerta que nos lleve
a escondidas de la gente a otro lugar
donde pase al fin a ser recuerdo nuestra muerte,
donde todo siga igual,
donde lo único diferente
sea haber perdido el miedo
a que nos apague un día un interruptor
de repente.