¿Qué sabrá ella de las puertas
que hay cerradas en mi alma?
¿Qué sabrá
de los caminos que hay en su interior?
¿Qué sabrá de mi vida
y de todo lo que he muerto?
¿Qué sabrá ella
que no sepa yo?

¿Sabrá quizás que algunas veces quise
parpadear para siempre, imitar a una flor?
¿Sabrá quizás que no siempre fue tan fácil
arrancar por las mañanas las lágrimas del colchón?

¿Sabrá quizás que hay puertas que no importa para abrirlas
si nunca nadie las cerró?
¿Sabrá quizás
que algunas de las puertas que cerré esos días
en verdad no las cerraba yo?

Lo sabe, sí lo sabe.
¿Cómo iba a estar aquí, si no,
sentada en esa parte de mi alma
donde tanto tiempo tardé en sentarme yo?

Dices que estás triste pero estás bien:
no se te ve preocupado.

Es que estar triste
no es del todo malo.
Es como tener un cajón vacío
y no saber con qué llenarlo.
Es como andar hacia atrás
sin saber lo que se está pisando.
Es como rascarse uno mismo
sin gusto pero en el punto exacto.
Es como besar a alguien
de quien no se está enamorado.

¿Y todo para qué?

Para empezar de nuevo
y no sentirse fracasado.
Para avanzar sin ver adónde,
pero seguir avanzando.
Para aprender a estar solos,
por si caemos enamorados.
Para saber perder a alguien
sin que nos amargue la culpa de que se haya marchado.
Estar triste no es una opción de algunos.
Estar triste no es innecesario.
Estar triste es la emoción que todos
para encajar los golpes de la vida
necesitamos.

Cuando llueve fuera
y yo leo dentro
siento como ajena
la tristeza de este mundo.
Y veo que no es tanto
el sufrimiento de mojarse.

Siento que se puede estar más triste,
siento que se puede estar más seco,
que a veces raspa el corazón
contra la vida
y no hay lluvia
que suavice el rozamiento.

Cuando está lloviendo fuera
y yo leo un libro cualquiera dentro,
me siento protegido,
pero a la vez siento
que hay muy pocas cosas en el mundo
capaces en verdad de protegernos.

Pero las hay
y, por eso,
te voy sacando de la lluvia,
a la vez que entre las líneas de cualquiera de mis libros
te voy poco a poco leyendo.

Siento que las páginas escuecen
como si fueran algo más que palabras con tiempo,
como si sentado
fuera posible viajar más lejos,
como si a las letras con los años
les crecieran más recuerdos.

Todo esto, ya ves,
sea malo o sea bueno,
es lo que siento
cuando llueve fuera
y yo leo dentro.

Siempre hay un motivo para seguir.
Lo único es que a veces es difícil encontrarlo.
¿Por qué si no iba el cuerpo a gastar
tantas lágrimas llorando?
Basta mantener la esperanza de leerse Guerra y paz, aunque seguramente al final no lo leamos.
Basta con que nuestro grupo favorito (los Libertines, por ejemplo)
saque una nueva canción después de tanto.
Siempre hay un motivo para seguir.
Siempre hay algo.
Siempre hay alguien que nos puede alegrar solo con llegar a él pensando.
Siempre hay una palabra que nos puede distraer
al intentar recordar su significado.
Siempre hay un dato asombroso que aprender,
como un bostezo en medio del llanto.
Siempre hay un motivo para seguir:
la curiosidad quizás de adónde nos lleva tanto adelanto.
Podemos creernos las peores personas del mundo,
pero siempre habrá alguien que nos vea distinto de como solemos mirarnos,
alguien que le dé la vuelta a todo,
como si un espejo pudiera abrazarnos. Cuando perdemos toda esperanza,
seguro que hay algo que estamos pasando por alto
por mucho que no queramos reconocerlo
de lo orgullosos que nos ponemos cuando lloramos.
Por eso,
cuando caigamos en el más triste de los estados
lo mejor es animarse
y pensar que algo se nos está olvidando,
que si no no lloraríamos
ni apretaríamos con tanta rabia las manos.
Es verdad que hay momentos
en que todo lo que parecía animarnos
se empieza a ver como engaños estúpidos
con los que día a día nos conformamos,
pero eso es porque en esos momentos
no somos conscientes de lo que en verdad nos mueve de esos engaños.
No son sus historias bonitas.
No son sus buenos ratos.
Es que todas esas cosas son la prueba
de que debajo de la vida hay algo,
algo con lo que no importa que un día sea bueno
y que otros nos parezca injustamente amargo,
algo que siempre da un motivo para seguir,
aunque solo sea para seguir llorando.

Nunca, nunca otros besos te besarán así
Sara Hübner

¡Cuánta gente advierte a quien le deja
que no encontrará un amor tan grande en otros!
Habla su corazón enrabietado
de que le dejen solo.

¡Cuánta gente amenaza al despedirse
con irse para siempre!
Pero se deja, simulando olvido,
el corazón por si vuelve.

¡Cuánta gente termina convencida
de que solo su amor fue el verdadero!
Y puede ser verdad,
pero lo cierto
es que da igual si fue el mejor:
el que realmente gana es siempre el tiempo.

¡Ay! ¡A cuántos encandila el tiempo!
¡Con qué facilidad se curan muchos solo con vivir!
El tiempo nos sabe decir siempre
exactamente lo que queremos oír.

Pero más valdría detenerse.
Comprender que solo ama el que sabe esperar,
al que no le importa haber desperdiciado amor con otros
porque eso no era realmente amar.

Como el niño que llora
en su cumpleaños.
Bien dicho.
Como el que consigue lo que quiere
y aún siente que le falta todo.
Así estoy.
Así voy desplazándome
de una época en la que me convencí
de que lo mejor era estar solo
a una época en la que no entiendo
cómo pude estar solo tanto tiempo.

Y así estoy, bien dicho.
Como el niño al que la desazón se come
cuando por fin consigue
todo lo que quiere,
como si se perdiera todo con ello,
como si restara.
Como si el día más feliz fuera el más triste
y amar no fuera sino el comienzo
de empezar a tener miedo de perder.

¡Qué pequeño soy
cuando no valgo para nada!
¿Por qué entonces no desaparezco?
Si soy el umbral
entre la muerte y el nacimiento.
¿Por qué sigo aquí?
Si soy lo justo para sentir
que sobro y que molesto
y que es mejor para todos
si desaparezco.

¡Qué pequeño soy!
¡Qué pequeño!
¡Qué ganas de desaparecer!
Pero es que no valgo ni para eso.
Tan pequeño soy
que no me puede caber nada dentro,
pero algo tiene que haber
para que yo pueda sentirme tan pequeño.

Y ese algo es la esencia de todo,
la esencia que solo ven los pequeños,
los que podrían llegar a desaparecer por los demás,
los que asumen siempre que la culpa es de ellos,
los que consiguen que a pesar de todo,
el mundo siga pareciendo bueno,
los que hacen que tanta gente se sienta grande
gracias a que ellos son tan pequeños.

(No hay dolor que un buen pecho no resista
No hay pena que no quepa en un recuerdo
No hay mal que en un suspiro no se vaya
No hay días que no acaben con el tiempo)

A una madre, de un hijo que pierde a su padre

¿Por qué lloras? No hay nada que no pase.
Acabarás cambiando ese dolor por un beso.
Acabarán brillando las estrellas. No llores.
Desde allí te saludan las almas que murieron.

El amor no se acaba. Era mentira.
Lo único que se acaba son los cuerpos.
Pero a la noche no le importa, sigue apagando
todos los días, para que te quieran, el cielo.

¿Por qué lloras? Hay cosas que no vuelven,
pero mira a esa viuda sonriendo.
Se puso en las heridas de la muerte
tiritas de recuerdos.

Lo sé. Hay muchas veces que es terrible
vivir ciertos momentos
y no hay rincón del alma que no hayas recorrido
para buscar un poco de consuelo.

¿Por qué lloras? ¿No ves nada que tenga
un poco de sentido para ti, un destello
de esperanza en la vida al que agarrarte,
algún verso de amor, de esos que paran el tiempo?

Sí. ¿Para qué parar el tiempo ahora
si lo mejor es que siga corriendo?
Te digo que la vida da sorpresas
y todo lo que quita lo acaba reponiendo.

¿Por qué lloras? Verás qué pronto te llama un ángel
y te cumple un deseo.
Verás qué pronto llega una mirada
y se posa en alguno de tus sueños.

¿Lo ves? Ya son suspiros las lágrimas de antes.
Pronto serán bellísimos recuerdos.
Y luego acabarán siendo palabras que den
a quien como tú llore, aliento.

Dame un abrazo. No es tan malo llorar a veces.
Nadie nos prometió una vida sin sufrimiento.
Y aunque nadie nos dijo nunca por qué morimos,
tampoco nos contó por qué nacemos.

Ahora dame la mano y miremos los dos juntos
aquella estrella que ayer no brillaba en el cielo.
Quizá entiendas que los mismos por los que se sufre tanto
son los que nos dan luego la mano y el consuelo.

Ya no hay nada en el amor que sepa a nuevo
Todo lo fueron alumbrando las estrellas
y ese es el horrible problema que tienen
todas las cosas bellas.

Cuando quise darme cuenta
de por qué ya nunca amaba
esperé a ver si pasaba
de largo la tormenta.

Y a la luz de las estrellas
amé todas las poesías.
Pero me cansé de ellas…
sobre todo de las que más me conmovían.

Y así me pasó con cada cosa,
con cada palabra de amor que me dijiste
Y así me pasó con cada pétalo de rosa
y con las lágrimas que ya
no me ponen nunca triste.