Era mentira, ¿verdad?
No te fuiste.
Fue otra de esas cosas que me invento
los días grises.

Era mentira, ¿verdad?
Sí que me quisiste.
No siempre hay que hacerle caso
a las cosas que otro dice.

Era mentira, sí.
Por eso aquí sigues,
aunque sea ahora en mis recuerdos,
aunque sea todo cierto y me olvides.

Pero es mentira, claro que es mentira,
porque un día me pediste
que te quisiera para siempre
y yo te quise.

Como mínimo has hecho
que me vea igual todos los días.
Aún recuerdo los domingos
cuando en el yo de entre semana no me reconocía.
No entendía cómo podía estar
tan distraído con la vida,
cómo podía estar sin recordar que me faltaba algo
durante cinco días.
Era como si fuera otra persona,
como si no fuera yo. No lo entendía.
Me daba rabia dejarme llevar de esa manera
por la alegre e inconsciente rutina.

Pero ahora tú como mínimo has hecho
que me vea igual todos los días
que los domingos no me avergüence
de esa persona que soy entre semana tan distinta
y que entre semana no tema que se acerquen
los estúpidos domingos de ajena melancolía.

Se llora por cosas por las que no merece la pena llorar.
Se llora por gente que no nos quiere.
Se llora por equivocación,
por el empeño de creer que es bueno lo que uno quiere.

Se llora en silencio.
Se llora por gente
que o no puede volver ya
o que ya no quiere.

Se llora en secreto,
como si no se permitiese,
como si supiéramos ya
que hay gente que no se lo merece.

Se llora, sí,
se llora por equivocación la mayoría de las veces.
Pero si se llora es por algo,
es quizás porque cambiar escuece.

Y si encima al cambiar perdemos algo
duele mucho más, con más fuerza duele,
porque nos quedamos solos y ya no está
quien antes, aunque fuera engañados, nos hacía fuertes.

Me pongo triste los martes.
Será una enfermedad. No sé lo que me pasa.
Tal vez alguna me dejó ese día…
pero la verdad es que no recuerdo que ninguna me dejara.
Siempre fui yo el que no supo entender
que con ser felices bastaba.
Tal vez murió alguien un martes
o quizás es el día en que recuerdo que odio las semanas,
en que recuerdo que el tiempo va pasando
y nosotros como tontos lo ordenamos como si no nos importara.
Tal vez los martes tengo más sueño que otros días.
Hasta he llegado al absurdo de pensar que hubo una Marta.

Me pongo triste los martes. No sé.
Y además sobre las 8. Es una cosa muy rara.
Me entra como agobio por el pecho
y siento que estoy malgastando mi vida haga lo que haga.

Menos mal que ahora tú los martes sabes
que tienes que estar a las 8 puntual en mi casa.
Tú que eres la única que sabe convivir
con las tristes cosas que no sé por qué me pasan.

Era imposible que conociera la tristeza de verdad.
No. Porque aún no era consciente
de lo triste que es un día sin verte.

Lloraba porque suponía que había que llorar,
por eso podía ponerme triste de repente.
Lloraba porque yo también quería tener
a alguien que me diera una excusa para dejar de ser fuerte.

Lloraba aposta, sí.
Por eso todos mis poemas de amor tenían ese regusto a muerte.

Y en cambio ahora, cuando con más razón podría ponerme a llorar
porque ahora sí sé lo que es un día sin verte,
cuando más cerca estoy de la tristeza
porque es tan fácil como que se te olvide que lo nuestro es para siempre,
cuando siento lágrimas por todo el cuerpo,
ni aposta me sale ya llorar, ni de repente.

Los que lloraban era porque no sabían
que un día basta para ridiculizar a la muerte,
que al que ama de verdad
las lágrimas le saben menos fuertes
porque van almacenando besos
y van llenando el alma de una tristeza diferente,
de una tristeza que no hace llorar,
que hace querer estar juntos siempre.

Lloraba aposta, sí. Por lo triste que creía que iba a ser quererse.

Ahora sé que querer
es lo más lejano que existe de la muerte.

(Qué raro es el cumpleaños de alguien cuando de pronto no cumple un año más)

Que quedaba algo, decía,
que quedaba algo del que muere.
¡Qué iluso! ¡Queda más!
Porque se recuerda más al que está ausente,
porque se sueña más con la persona
y parece como si los sueños tuvieran más relieve,
porque ahora ponemos más ahínco al hablarle
porque no sabemos si nos entiende.
Queda más porque hay personas tan buenas
que aun cuando se mueren
siguen dándonos la mano
si notan que la vida nos duele.
Queda más porque en su torpe bondad no se dan cuenta
de que ahora sentirles escuece,
ahora tocarles nos hace sentir más solos
porque sabemos que pueden acercarse, pero no vuelven.
Sentirles nos hace dudar
si cogerles fuerte de la mano
o dejarles ya que se vayan para siempre

No cometo faltas de ortografía
pero sí me salto los signos de puntuación
cuando escribo poesía
Mi alma tiene prisa
A diferencia del cerebro
el corazón no parece entender bien la sintaxis
No hay puntos entre versos
porque los sentimientos son solo uno
como una fue la que me destrozó
Y a pesar de que ahora tengo más tiempo del que tenía antes
para recordarla
no tengo tiempo para pararme en las comas
y distinguir si este sentimiento es de tristeza
o de pena o de amor por otra o de alegría de que por fin se fuera
Qué más da si como los planetas
y las estrellas
estos sentimientos no son más que restos
del gran sentimiento central que tenía
cuando creía en el amor
cuando era ingenuo y pensaba
que si algo estaba bien
se podía quedar así para siempre

Se acaba el verano
otra vez
cada año lo mismo
aunque distinto cada vez.
Da igual que se presente un buen otoño,
da igual que no haya ya nada que perder,
siempre tengo ese tonto día de verano
con la pesada sensación de tener que volver a nacer.
Siempre hay algo que me ata al pasado,
una cuerda que no rompo porque sería demasiado fácil de romper,
una carga donde lo que más pesa
es todo lo que me ha salido hasta ahora bien.

Se acaba el verano
y es normal que tenga sed,
estoy lejos del mar,
lejos de donde el presente es más fácil de entender.
La naturaleza entera
mira al cielo para ver cómo empieza ya a llover,
cómo empiezan ya los días
en los que se va mostrando nuestro verdadero color de piel,
esos días que tanto me abruman ahora,
pero que son en los que al fin y al cabo te empecé a querer,
esos mismos días en los que puedo volver a hacer cosas distintas
otra vez.

Se acaba el verano y es triste,
pero no tanto como cuando llueve y no se sabe por qué

Elegía a un padre que se fue despacio

Se fue yendo despacio
acostumbrando mi corazón a la tristeza.
En su larga enfermedad
nadie me dio más amor sobre la tierra.

Se fue yendo despacio,
tan despacio que aún parece que estuviera.
Tan despacio se fue
que la muerte se convirtió en su compañera.
Fue cayendo en el dolor para adecuarme
a cualquier sufrimiento que alguna vez tuviera.
Se posó suavemente en los brazos de la muerte
para que nunca en su recuerdo la temiera.

Y ahora en mis sueños
noche a noche silencioso entra
y me roba con su sonrisa tan mía
poco a poco los pedazos de tristeza.
Y para que no llore
me recuerda
cuando los dos nos guiñábamos el ojo
y nos poníamos aquella cara de extrañeza.
Y me hace vivir otra vez
los momentos que jamás pensé que volvieran
y me hace sentir otra vez
que en alguna parte, qué más da dónde,
mi padre seguirá siendo el que siempre era