Odia mirar el mar porque es inmenso.
Su infinito camino le estremece
y a cada ola el dolor en su alma crece
inundado de aquel piélago intenso.

Odia mirar el mar porque está solo.
La irónica soledad de sus vientos
toa su corazón entre lamentos
y le deja en sí mismo solo, solo.

Odia mirar el mar porque es del cielo:
estrellas que cayeron azuladas
a la arena amarilla, enamoradas
de su color, luciérnagas de hielo.

Odia mirar el mar porque hace ruido
y le abrasa el silencio de la nada
y obliga a su memoria abandonada
a recordar aquel naufragio. Olvido.

Odia mirar el mar porque es reencuentro
con lo que olvidó una noche de brisa,
con las lágrimas que escondió su risa
y con lo que debió sacar de dentro.

Odia mirar el mar porque otras veces
paseaba con su amada por la arena,
librando a las estrellas de su pena
y alimentando de amor a los peces.

Odia mirar el mar porque está muerto.
Muerto está y siembra muerte a navegantes
que, de su perversidad ignorantes,
no dejaron sus vidas en el puerto.

Por eso tira piedras a sus olas,
porque ellas se llevaron a su amada
de espuma de azucenas encerrada
dejando a las estrellas solas, solas.

Por eso lanza gritos destrozados,
porque el mar robó al cielo los luceros
y sus ojos, que no eran marineros,
murieron en el piélago ahogados.

Odia mirar el mar porque no hay nada.
Nada en su soledad ni en su mentira.
Se marcha desolado, ya no mira
las aguas que mataron a su amada.

Y, odiándose a sí mismo y sin pensar,
vuelve como si nada con las rosas,
que un día le advirtieron virtuosas
que no se enamorara nunca del mar.

Ya, pero ¿por qué eso es
una respuesta?
¿Qué significado tiene
que alguien te quiera?

Sigues sin saber por qué has nacido,
aún te sorprende que la gente muera.
Sabes todavía que no sabes nada
y no encuentras por ahí nadie que sepa.
Sueñas despierto por las noches todavía
y sigues dudando de las estrellas.
Te despiertas cada día esperando algún milagro
antes incluso de acordarte de ella.

Ya, soy consciente de que sigo
sin encontrar la respuesta,
pero la cuestión es que ahora
hago las preguntas de otra manera.
Y aunque sigo no sabiendo nada,
sé al menos que no es solo inexplicable lo que hay ahí fuera,
sé que quizás el amor
es lo que une todo aquello para lo que no hay respuesta.

Estaré así un tiempo distraído.
Por lo menos mientras esté a mi lado ella.

Soneto para mi candidatura de Hechos de talento

Si piensas que estoy hecho de talento,
y notas de mis versos la ternura,
si ves mis blogs reclamos de cultura
y crees que en mi función soy un portento.

Si no quieres tener remordimiento,
pasando de un lingüista de esta altura.
Si crees que no hay mejor candidatura…
¡No joas y vota!, que es solo un momento.

Mas vota solo si es verdad que sientes
que el mío es el mejor perfil que ves,
que luego igual ves otro y te arrepientes.

Solo cuando por fin seguro estés,
búscame entre otras caras sonrientes
en hechosdetalento.es

Amar es empezar a tener miedo.
Está claro.
Es que los días sin ti empiecen
a ser horriblemente largos.

Es descubrir que las horas
son distintas
según quién esté a nuestro lado.

Amar es empezar a sentir
agujetas en sentimientos olvidados,
en sentimientos que o ya no importan
o nunca nos importaron.

Amar es distraerse para mal.
Está claro.

Me conociste
en la peor época de mi vida,
en la que más ocupado estaba,
en la que menos tiempo tenía de vivir.

Me conociste en la peor época,
cuando menos sentimientos paseaban por mi mente,
cuando menos tiempo tenía
para ocuparme de ti.

Era la peor época de mi vida, sin duda,
la época en la que solo te escribía
lo que me daba tiempo a escribir.

Sí, no pude disfrutar contigo.
No di lo mejor de mí.
Parecía sin duda
la peor época de toda mi vida.
Y lo era probablemente.
Sí, lo era…
hasta que te perdí.

Tengo miles, miles, miles.
Tengo miles de versos a mis espaldas.
Versos que me acorralan.
Versos que me miran.
Versos que me estremecen.
Versos que me olvidan.
Versos que renacen.
Versos que me horripilan.

Tengo miles de versos a mis espaldas
y cientos de poesías.
Y todos se pueden encerrar
dentro de tus pupilas.

el antiguo poeta

Salió el poeta al fin de su madriguera
con los ojos ardiendo de poesía.
Buscó a los otros.
Nadie respondía a aquellos nombres.
Se le derramaron en la mano los versos que traía,
como agua en la arena,
como ruido en la melodía.
Cruzó las calles que rimaban
y aquellas que habían perdido la rima en las alcantarillas
Se fueron enfriando los caminos de sus ojos,
la melancolía.
Le secaron la lengua las palabras del polvo,
la triste decepción del que no entiende la poesía.
Cantó en las escasas farolas
que aún conservaban encendidas sus bombillas.
Pero no volvió
a la madriguera
ni a escribir en aquel cuaderno de lo que él había llamado poesía
No volvió a firmar en verso
y tiró en cada papelera
como los trozos de una tarjeta de crédito,
cada una de sus rimas
Y siguió para siempre recorriendo calles,
asumiendo lo que había,
asumiendo que después de todo los poetas eran otros
y no era poesía
lo que por las noches con estúpidas y ridículas palabras
en hojas demasiado blancas escribía.